EL PRIMER CINE
[Mi tío Cándido Baselga, fallecido hace 29 años, fue testigo directo del primer cine que se instaló en Barbastro a comienzos de siglo, precisamente al lado de su casa. Esto es lo que escribió sobre esta cuestión]
El grato rumor corrió como la pólvora entre los colegiales. En el recreo no se hablaba de otra cosa, y durante las clases el pensamiento estaba más pendiente del rumor que de la explicación del profesor. Se decía que los colegiales iban a presenciar una sesión del primer cine llegado a Barbastro. Esto colmaba de alegría y expectación a la grey estudiantil.
Aunque no puedo precisar fecha, fue aproximadamente en uno de los tres primeros años del presente siglo cuando los barbastrenses satisficieron su gran curiosidad y contemplaron el primer cine. Se había instalado en el paseo del Coso ocupando su cuarta parte en la dirección procedente de la carretera de Huesca. Un barracón bien construido en cuya entrada ostentaba un llamativo piano eléctrico adornado con varias figuras metálicas y gran profusión de lámparas de color. Delante de él una mesita rectangular con los talonarios de las entradas que entregaba y cobraba una señora maquillada en extremo y con bastantes años encima. No había taquilla. El piano sonaba ininterrumpidamente atrayendo a un público ansioso de conocer aquel reciente invento. Unos toscos carteles anunciaban las películas proyectadas. Recuerdo el título de dos de ellas por ser las primeras que vi en mi vida: "El primer cigarro de un colegial" y "Alí-Babá y los cuarenta ladrones".
La entrada en el local se efectuaba por dos estrechas puertas situadas a ambos lados del piano. Una de ellas conducía a las localidades de preferencia, provistas de sillas, y la otra a las de general, provistas de bancos. Me parece recordar que la entrada a preferencia costaba cincuenta céntimos y la general veinticinco.
Contaba la empresa con un infatigable explicador, complemento indispensable en aquel primer período de cine, cuyas imágenes tan sólo estaban dotadas de movimiento pero no del divino don de la palabra. En su defecto, ésta era sustituida por la amena e ingeniosa charla del explicador, que no solamente se permitía explicar al público el argumento de la película sino que lo aderezaba con graciosas frases de su cosecha, lo cual, a veces, divertía al público tanto como lo representado en la pantalla.
Cuando la empresa comprendió que los barbastrenses habían desfilado casi todos por su sala y que la señora del maquillaje permanecía bastante ociosa ante los talonarios, tomó la determinación de levantar el campo y arrancar el vuelo hacia otras localidades desconocedoras del cine.
Esta experiencia debió dejar buen sabor de boca pues no transcurrió mucho tiempo sin que se instalara un segundo y nuevo cine, pero no con carácter transeúnte sino fijo, estable para recreo y disfrute de los barbastrenses que lo estaban añorando. Tampoco se trataba de un barracón ocupando un paseo público, por muy bien montado que estuviera, sino que fue instalado en la planta baja de un espacioso edificio deshabitado ubicado entre el punto de partida de la carretera de Huesca y el del camino o calle que conduce a la plaza de toros, o sea en el extremo de uno de los lados del Coso. Este cine fue bautizado con el nombre de "Salón frío" cuyo letrero resplandecía iluminado sobre la entrada principal. No había piano eléctrico ni era necesario para atraer la atención del público, pero había una pequeña taquilla ante la cual se formaban largas colas. Manteníanse las dos clases de localidades, preferencia y general, con sillas y bancos respectivamente.
El público se había transformado. No era el tímido y respetuoso que desfiló ante la primera pantalla contemplada en Barbastro. Si entonces mostróse cohibido, después soltó los frenos dando rienda suelta a la incultura acaparada por determinados espectadores. Sólo faltaba que el explicador, novato en su profesión. titubeara.
Cándido Baselga Paúl.