Progresistas: una mayoría en minoría
Carlos
Mulas Granados, El País 16/06/2009
La
mayoría de los ciudadanos, en España y en casi todo el mundo, prefiere las políticas
progresistas, pero no se moviliza en su defensa. Según el último European Election Survey, un 58% de los europeos se autodefine de centro
izquierda, pero en las elecciones del pasado 7-J los partidos conservadores han
obtenido un 15% más de escaños que los socialdemócratas. ¿Cómo explicarlo?
La mayoría
cree que el Estado debe actuar para proteger a los más débiles y que la
religión no debe interferir en la política; defiende la promoción activa de las
minorías y acepta nuevas formas de familia; otorga un papel importante al
Estado en educación, sanidad, seguridad o dinamización
económica, y sospecha de la capacidad de las grandes corporaciones para
comportarse como deben sin controles públicos. Pero los partidos progresistas
no logran persuadirles de que les voten con un mensaje sólido vinculado a
valores ampliamente sentidos. En esta crisis económica es evidente: los
progresistas ponen "las políticas" y los conservadores se llevan
"la política", es decir, los votos, como Antonio Estella
ha escrito aquí mismo recientemente.
¿Por qué los
conservadores sacan la mejor tajada electoral? Pues porque aunque formuladas
con franqueza sus políticas no tendrían apoyo general, su relato de
"fuerza, seguridad y libertad" suena bien. En general, los
conservadores ya no discuten los logros políticos y sociales defendidos y
conquistados por sus adversarios a lo largo de la historia (el derecho a votar,
a trabajar dignamente, al subsidio de desempleo, a la educación y la sanidad
públicas, a la libertad de expresión, etc.), e incluso se han apropiado de
algunos de ellos. Ahora se presentan como "centristas" y combinan su
histórica defensa de la bandera nacional, la familia tradicional y la política
de ley y el orden con un aura, más mítico que real, de gestión eficaz de la
economía.
El retrato
que haría de sí un neoconservador es el de un centrista compasivo, hombre o
mujer de principios claros y moral sólida, buen gestor económico, amante de la
libertad individual y riguroso en la defensa de la
seguridad. Enfrente estarían los progres:
izquierdistas trasnochados, empeñados en defender la salud y la educación
públicas de inexistentes enemigos, que llaman a la lucha de clases, la
nacionalización, el libertinaje, la desaparición de la religión, el aborto, la
subida de impuestos, el despilfarro, la promoción de la pereza, la tolerancia
con los criminales y la falta de principios morales.
Esta
caricatura ignora la herencia de los pensadores de
¿Cómo
superar esta caricatura grosera e interesada del progre? Tal vez
ayudaría la acuñación de un nuevo término que deshiciera tal simplificación y
recogiera la esencia del nuevo pensamiento progresista del siglo XXI. De hecho,
bajo el término neoprogresista se comienzan a agrupar distintos
pensadores y políticos en los foros mundiales.
Un neoprogresista
no acepta la contraposición clásica entre libertad e igualdad, porque la
verdadera libertad se logra promoviendo la igualdad. Ama la libertad más que
los conservadores, pero no sólo la del "dejar hacer, dejar pasar".
Porque, ¿cómo puede llegar a ser libre un niño que no accede a la mejor
educación posible a causa de la pobreza de sus padres? ¿Cómo puede ser libre
una persona con discapacidad si no se garantiza desde el Estado que pueda
circular como cualquiera por las calles? ¿Cómo puede una mujer ser libre si no
se garantiza su igualdad cuando trabaja? ¿Cómo puede un país ser libre si no se
le protege de los abusos del mercado y no se favorece su nivelación?
La búsqueda
de esa verdadera libertad es lo que motiva las dos grandes políticas que hoy
distinguen un programa progresista de uno conservador: la protección y la
capacitación (lo que en inglés se llama empowerment).
Un neoprogresista
cree en la necesidad de dar seguridad a los niños, a los mayores, a los
débiles, a las minorías, a los pobres... porque no cree que las desigualdades
tengan un origen natural, sino un origen social que puede mitigarse. No se
trata de proteger a los trabajadores frente a los empresarios, ni a los parias
de la tierra y los descamisados contra los terratenientes y los nobles. Se
trata de proteger a todos los ciudadanos de los excesos de un mercado sin
normas y sin control.
Protección,
sí, pero también capacitación, porque con ella se libera el potencial de los
individuos y disminuye la necesidad de protección. Así adquiere sentido la
regulación frente a una "libertad" mal entendida: para equilibrar las
desigualdades, para que el porvenir del planeta no quede hipotecado por la
ambición desmedida de unos cuantos, para que la generación de hoy no condene a
las siguientes. Bajo los nuevos conceptos de "economía virtuosa",
"recuperación verde" y "sociedad sostenible", los neoprogresistas
están agrupando las políticas que marcarán el futuro.
Para
capacitar hay que invertir y habilitar recursos públicos: es decir, cobrar
impuestos. Sin avergonzarse. Reniegan de los tributos quienes no creen en lo
público. Pero mucha gente necesita de la acción pública... y máxime en tiempos
como los actuales de crisis financiera y económica.
De estos
temas y enfoques se debate en los diferentes foros de think-tanks progresistas de todo el mundo celebrados en los
dos últimos años en Londres, Washington, Santiago de Chile... o en el que,
dentro de unos meses, se celebrará en Madrid. La idea que va emergiendo de
tales intercambios de ideas es que una mayoría de ciudadanos firmaría un
manifiesto con estos principios y apoyaría las políticas que de ellos se
derivan. Ahora el reto está en comunicarlos bien.
Los neocon llevan décadas promoviendo sin pudor ni
complejo sus ideas, defendiendo "la libertad, la fuerza y la
seguridad", y presentándose como portentosos gestores que acabarían con
los funcionarios y las instituciones públicas supuestamente inoperantes. La
crisis en que nos encontramos ha demostrado que estaban equivocados, pero su
habilidad comunicativa ha conseguido distraer a la ciudadanía de la
responsabilidad plena que sus políticas tienen en la actual situación.
Los neoprogresistas
deben neutralizar la demagogia conservadora y acertar a comunicar su visión
esperanzada de futuro. Si no lo hacen, verán como se imponen de nuevo el miedo,
el desprestigio de lo público, la llamada al poder duro más peligroso.
Un ambiente en el que los conservadores se mueven como pez en el agua, pero que
nos abocará a la asunción resignada de la formación y estallido de burbujas
insostenibles, con la consiguiente ampliación de las desigualdades. El desafío
es grave y urgente.
Obama,
Zapatero, Sócrates, Brown, Rudd,
Bachelet, Lula y sus pocos colegas progresistas aún
en el poder han de contarnos su relato con claridad: protección y capacitación
para la igualdad y para una verdadera libertad. También para la paz, la
seguridad y el desarrollo sostenible. Y deben hacerlo con determinación ante
cada reto. El más inmediato es el de superar un estereotipo aún vigente, un
estereotipo que puede haber pesado en los resultados del 7-J en el conjunto de
La mayoría
estaría con ellos si desplegaran un discurso cohesionado, emotivo y movilizador. Como lo hicieron antes cientos de líderes que
lucharon para que las mujeres y los hombres fueran libres, para que se
sintieran seguros y para que fueran capaces de construirse un futuro mejor. Los
neoprogresistas, si decidimos asumir este término, son herederos de una
larga y épica historia de libertad, derechos y protección que hoy deben
reivindicar más que nunca.