PUBLICIDAD FRENTE A TESTIMONIO

 

Llevamos unos cuantos días en los que la publicidad de la Iglesia Católica nos machaca cada poco tiempo en la radio y en la televisión. Una publicidad que subraya la labor de algunos profesionales eclesiales invitándonos a colaborar con los fines de nuestra Iglesia. Una publicidad que destaca la cara alegre de unas personas que ayudan a los demás y que, por tanto, son útiles para la sociedad y merecen ser apoyados.

 

Confieso que este tipo de propaganda no me gusta nada, precisamente por eso, porque es “propaganda”. Como si fuéramos un producto comercial a vender en el mercado en competencia con otros productos. Ya no me gustaban las campañas que se organizaban y organizan de cara a conseguir aumentar los ingresos de la Iglesia Católica en la declaración de la renta de mayo y junio. La nueva propaganda me gusta todavía menos porque trata de “comernos el coco” como toda propaganda y utiliza para ello la labor abnegada de muchas personas.

 

Hace poco un conocido teólogo se lamentaba, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, de que los obispos en lugar de dar testimonio lo que hacían era montar espectáculos. Pues lo mismo se me ocurre decir con motivo del tema sobre el que escribo: en lugar de dar testimonio lo cambian por la publicidad. ¡Menudo cambio!

 

Seguramente se me objetará que la dinámica de la sociedad actual lleva a eso, que si no te haces propaganda te desconocen, que si no aireas tus logros no se enterará nadie, y que un producto para “venderse” necesita acompañarse de una publicidad repetitiva que logre que se vaya introduciendo en la mente de los posibles “consumidores”. Bueno, pues me parece lamentable en nuestro caso.

 

Desgraciadamente ésta es una consecuencia más del absoluto dominio del conservadurismo más extremo que domina en los órganos directivos de la cúpula eclesial. Por un lado, es palpable una vez más la falta de imaginación de sus publicistas (manifestada en tantos carteles con motivo de jornadas especiales, carteles que se te caen de las manos por su decadente y limitadísima estética) y, por otro, queda claro que no se intenta ser sal de la tierra sino acomodarse sin más cuestionamiento al orden socioeconómico actualmente vigente. El capitalismo es el que pone las reglas y el mercado el que determina quién vale y quién no.

 

De todas formas, tampoco hay que sorprenderse porque la fórmula elegida (el 0’7%) al establecer la cantidad que el Estado da a la Iglesia Católica para su mantenimiento y fines obliga a esta última a tratar de conseguir como sea aumentar el número de contribuyentes que marquen la casilla de nuestra Iglesia. Repito, una vez más, que se trata de vender un producto. Ahí hemos llegado.

 

Mientras tanto, muchos de nuestros dirigentes eclesiásticos parecen navegar por otras aguas muy distintas a las de las bases. Parece que no les importan lo más mínimo nuestros esfuerzos pastorales y organizativos para ir avanzando hacia una Iglesia más en la línea de Jesús y su Evangelio. Nos utilizan en la publicidad pero se olvidan de nosotros al tomar decisiones, al reorganizar las pastorales, al escribir tantos de sus infumables documentos. No tienen para nada en cuenta nuestros pequeños pasos. Pero si se trata de conseguir dinero para financiar su Iglesia, hacen las fotos que hagan falta.

 

Y reducen a una Jornada recaudatoria el Día de la Iglesia Diocesana. Parece como si lo importante fueran los sobres que se reparten a los “fieles” para que éstos apoquinen. No aprovechan, en cambio, la ocasión, para que todos los católicos, en clima de oración, hagamos una profunda reflexión y revisión de las estructuras de la Diócesis, Obispado, Vicarías, Arciprestazgos, Parroquias, grupos y movimientos, pastorales y estructuras burocráticas, ingresos y pobreza evangélica. Parece que esto no les interesa a muchos jerarcas, tal vez porque los primeros sujetos a revisar serían ellos mismos.

“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos. Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima. Ninguno padecía necesidad, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los Apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades” ( Hechos 4,32-35).

Un abrazo.

Pepe Nerín

4.11.2011