¿Puede Dios ser democrático?
JUAN ARIAS,
El País, 13/04/2011
Podría
parecer una provocación, en este momento en que tantos ciudadanos están
sacrificando su vida en la defensa de la democracia y de la libertad -dos vocablos
sinónimos- en los países árabes, que nos preguntásemos si Dios puede ser
democrático.
No lo es.
Justamente, en este momento, en la nueva revolución que viven los pueblos de
Oriente, están de alguna manera presentes las tres grandes religiones del
Libro, las tres fes monoteístas de
Muchos de los
miedos en esta hora que la humanidad vive con aprensión, perplejidad y
esperanza al mismo tiempo, están impregnados de tintes religiosos. Baste
recordar el miedo a que los movimientos islámicos extremistas y
antidemocráticos puedan llegar al poder bajo la excusa de derrotar al tirano de
turno.
Israel está
perplejo. Es acusado de preferir la perpetuidad de regímenes dictatoriales,
fieles a él, en detrimento de las democracias que podrían florecer en estos
tiempos de la revolución de los jazmines. Israel es hija del Libro, de
Los cristianos
oficiales, la otra religión monoteísta, están a mi parecer, demasiado callados
ante la revolución en curso en busca de la democracia árabe. No debería
extrañar. No hace ni un año, el secretario de Estado del Vaticano, cardenal
Tarcisio Bertone, afirmó taxativamente que
El Vaticano
sigue siendo una monarquía absoluta, difícilmente permeable a los valores democráticos
modernos. Y
Y, sin
embargo, hoy, quizás más que nunca en el pasado, es cuando los seguidores de
las tres grandes religiones monoteístas -judíos, cristianos y musulmanes-
empiezan a ser sensibles a los valores modernos de la democracia, la mejor forma
hasta hoy conocida, de expresar esa verdad irrenunciable de que todos los seres
humanos son iguales y de que ninguno ha sido escogido por ningún dios para
gobernar sobre los demás; muchos sacrifican sus vidas en la defensa de este
principio sacrosanto de que todos somos igualmente libres.
Como en la
antigua Grecia democracia era sinónimo de libertad, también hoy ese binomio es
indivisible. Y ese es el gran interrogante de todos los creyentes de hoy, cómo
conciliar su fe, que se funda en el absolutismo religioso, en que el poder se
regala pero no se participa libremente, con los principios irrenunciables de
los valores democráticos en los que el poder está en el pueblo, es de todos y
no de alguien que se lo apropia.
En estas
horas, sería importante que los seguidores democráticos, de las tres religiones
que intrínsecamente no lo son, hicieran un esfuerzo para intentar conciliar las
exigencias de su fe con el rechazo a los tiranos y tiranías, admitiendo que la
peor de las democracias es mejor -yo diría más divina- que la mejor dictadura
castradora de libertades.
Hice, como
enviado primero del desaparecido diario Pueblo y, después, de este
diario, más de 100 viajes con los papas Pablo VI y Juan Pablo II. Visitamos
otros tantos dirigentes mundiales, dictadores y demócratas. Con tristeza tengo
que reconocer que las simpatías del Vaticano, y hasta una cierta connivencia,
era más evidente con los gobernantes y monarcas absolutos, con los dictadores
de turno, de derechas o de izquierdas, que con los regímenes democráticos
modernos. Aún recuerdo, por ejemplo, con innegable disgusto la familiaridad y
campechanía de Juan Pablo II con el dictador chileno Pinochet en su palacio,
donde se asomaron juntos desde una de sus ventanas para dar la bendición a los
fieles presentes.
El Vaticano
siempre se ha sentido incómodo con los valores de la democracia que nunca usó
ni en su pequeño Estado independiente, regalo del dictador Mussolini, ni en el
gobierno de
Y, sin
embargo, sin el apoyo de judíos, cristianos y musulmanes será difícil que el
deseo que empieza a sacudir positivamente a los países árabes en busca de una
democracia nunca conseguida, pueda convertirse en un sueño que nadie soñaba.
No sé si el
dios de las iglesias y de las religiones puede ser democrático. Sí sé que la
sangre derramada en las plazas de los países árabes en busca de democracia y
contra la tiranía es del mismo color y valor de la sangre derramada en el
madero del Calvario, la del profeta judío sacrificado por haber afirmado que
todos los seres humanos, desde los Herodes del poder a los leprosos abandonados
en las cunetas de la vida, eran iguales, porque todos tenían la misma dignidad
de hijos de Dios.
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