A PUERTA CERRADA



El señor inspector miraba escrupulosamente cada detalle. El rostro, aunque amable, no esbozaba la más mínima sensación de benevolencia.

-Estoy aquí para ayudaros, no pretendemos fastidiar a nadie. Hay cosas en las que debéis reparar. Por ejemplo, este hueco de la ventana debería estar protegido con una redecilla para que no se colaran las moscas - decía mientras él apuntaba y yo miraba el minúsculo huequecito por el que podía entrar alguna mosca despistada en la despensa de la Casa de Colonias.

-Los grifos -dijo- no pueden estar así; deben poder ser abiertos con un monomando a la altura del codo, de esta forma facilitaremos que la higiene culinaria sea permanente…

Ah, las cámaras frigoríficas -comentó impasible mientras yo miraba absorto qué es lo que podía ocurrirles- en cada cámara debe haber un termómetro que indique la temperatura para que ésta sea siempre la correcta.

Poco a poco iba llenando la hoja de una rutinaria revisión de la Casa pirenaica en la que dos días después íbamos a vivir una experiencia de aventura y de fe con 40 chicos y chicas de 16 años acompañados de seis educadores.

-Debe haber un dosificador de jabón -añadió- garantiza mucho más la limpieza de los encargados de la cocina. Por cierto…¿supongo que tendrán el carnet de manipuladores de alimentos?

-Sí, claro -balbuceé- ya un poco aturdido. El inspector continuaba.

-Los platos deben estar recubiertos con un gran plástico que impida que tengan polvo. Por otra parte, la fruta no debe estar en el suelo de la despensa, debe estar levantada… Se me olvidaba -abrió la cámara- la fecha de entrada de la carne debe estar consignada en la bolsa de la misma para saber perfectamente cuánto tiempo lleva en el frigorífico.

Lo apuntó todo minuciosamente. Firmó la hoja, dejó una copia y, amablemente, se despidió. Enseguida empezamos a buscar todo lo que necesitábamos para que los jóvenes estuvieran bien atendidos y las condiciones de higiene y seguridad -tal vez excesivamente escrupulosas- fueran cumplidas perfectamente.

A la misma hora en nuestra ciudad había otro local que se llenaba de jóvenes; un bar de la zona de la Catedral. Siguiendo una reciente costumbre, los chavales pagaron 1.000 pts. para disfrutar durante una hora de todo el alcohol que pudieran beberse. La puerta del bar, siguiendo el ritual, fue cerrada a cal y canto; comenzó entonces la fiesta. El alcohol de garrafón empezó a funcionar y a los cinco minutos los efectos ya aparecieron en todo su esplendor. Mareos, vómitos, desmayos…Una niña se encerró en el baño y ya no apareció hasta que se acabó la hora bañada en sudor y en lágrimas. Dos veces llegó la ambulancia y se llevó a dos chavales con comas etílicos. La empresa hizo un negocio redondo, casi 100.000 pts. en una hora de poca clientela (de 6 a 7 de la tarde). Los chavales, que habían entrado esperando celebrar el fin de curso, acabaron tristes y engañados. El afán de dinero, una vez más, había exprimido lo más hermoso de nuestros jóvenes ofreciéndoles una diversión cargada de mentiras.

Era a mediados de Junio, el mismo día en que inspectores de sanidad visitaban la Casa de Colonias.

Ignoro si al bar de marras le habrá ido algún inspector y les habrá largado lo de la redecilla, los grifos, las cámaras y demás… Mucho me temo que no. Me da la sensación de que los educadores y educadoras que quieren entregar su vida a los jóvenes deben someterse a una serie de exigencias de la que se exime a los propietarios de muchos bares que explotan miserablemente a nuestros chavales. Es una lástima, a lo largo de la historia los jóvenes han sido siempre explotados, han sido los gobiernos, los fascismos, los ejércitos, o las dictaduras; hoy son algunos bares los que, con una sutileza perversa y con la connivencia callada y cobarde de la Administración, explotan -en una nueva dictadura- a nuestros jóvenes.

No acabo de entender por qué a los que amamos a la gente joven y no buscamos ningún beneficio económico de ellos se nos marca tan de cerca, mientras que los que emborrachan y envilecen a los jóvenes tienen patente de corso para hacer cuanto les venga en gana.

Pienso en los organizadores de esas fiestas a puerta cerrada. Siento una auténtica náusea por una actividad tan mezquina. Sepan, amigos, que siempre encontrarán en la Iglesia de Jesús hombres y mujeres que entreguen su vida por la liberación de los jóvenes… respetando las inspecciones y las reglas del juego… con las puertas siempre abiertas de para en par.



JOSAN MONTULL.