Religión Digital, 19.03.11
Es justo y necesario rendir público homenaje a los
sacerdotes españoles en el Día de San José. A todos esos curas que se dejan
la piel y la vida en el tajo pastoral. A los que están atentos al latido de su
pueblo. A los que consuelan y secan las lágrimas de dolor, angustia y
desesperación de su gente. A los que predican a diario a Cristo Resucitado,
esperanza de los oprimidos. A los que imparten los sacramentos, que ayudan a la
gente sencilla a conectar su alma a Dios. A los que se ofrecen a acompañar y
servir a los más pobres. A los que quedan en el campo y no se van, aunque los
pueblos se queden sin gente. A los que no aspiran a puestos en las curias ni a
prebendas de ningún tipo. A los que hacen lo que pueden con sencillez y
humildad, sin creerse los dueños del rebaño.
A todos esos curas (y son decenas de miles) que comparten
la vida del pueblo, con sus penas y alegrías,
en barrios, ciudades y pueblos de España. A todos los que son capaces de casar
en sus vidas y en las vidas de los fieles a ellos encomendados los dos palos de
la cruz: el horizontal del compromiso y el vertical de la contemplación.
A todos los curas que, a veces, están solos. Muy solos. A
los que sufren por lo que han dejado atrás. A los que van perdiendo a sus
padres. A los que se hacen mayores en solitario. A los que no ven el relevo
adecuado para continuar su labor. A los que sufren por la deriva involutiva de
A todos los que les duele la jerarquía y sus
pronunciamientos continuos del no, de la cruzada, de la descalificación del
otro, de la trinchera. A los que acompañan a los enfermos, a los que comparten
lo poco que tienen con los pobres, a los que hablan con la gente, a los que
están siempre dispuestos a echar una mano. A los que se levantan ante los
caciques. A los que defienden a los inmigrantes sin papeles. A los que se
recorren cientos de kilómetros para atender a sus pueblos solitarios. A los que
buscan poner paz en las rencillas. A los que no exigen derechos ni reclaman
servicios.
A todos esos curas que rezan a diario, de rodillas, ante
Dios y ante el pueblo. A los que sirven sin ser servidos. A los que quieren,
sin, a veces, ser queridos o suficientemente valorados.
Gracias hermanos. Gracias a todos y al colectivo en
general. A pesar de algunas manzanas podridas, que siempre hay. Gracia spor vuestra vida entregada, en el silencio y el amor, a
los demás. ¡No desfallezcáis! Os necesitamos y os queremos mucho. Más de lo que
os lo demostramos. ¡Que Dios os bendiga, hermanos sacerdotes!
José Manuel Vidal