QUE NO NOS LA SECUESTREN
(15.10.2005)
Regresaba de mi parroquia el otro día en plenas Fiestas del Pilar cuando me topé con un amigo, antiguo alumno mío, que me comentó en tono somarda: "Los cristianos tienen copado el Centro". Se refería a la procesión del Rosario de Cristal que en aquellos momentos se desarrollaba por el Casco Antiguo de Zaragoza. Me temo que lo que tienen copado es especialmente la derecha, la social y política.
Sin entrar a juzgar una procesión con amplio seguimiento y devoción popular, aunque con elementos que desbordan lo específicamente religioso (imagen del Alcázar de Toledo, señoras exhibiendo elegantes mantillas y peinetas, etc.), me embargó una profunda tristeza, pena y desasosiego al constatar, una vez más, que el personal en general ha acabado por identificar a la Iglesia con las posturas conservadoras o incluso ultras. Hubo tiempos en que esto no fue ni mucho menos así. Al final del Régimen Franquista eran precisamente los ultras quienes atacaban a la Iglesia, a los obispos, a los curas, a los cristianos de a pie comprometidos desde su fe política y socialmente. Algunos airados contra el Cardenal de Madrid le gritaban aquello de "Tarancón al paredón" (hoy es inconcebible que se lo digan a un obispo) tras el asesinato de Carrero Blanco. Y cuando se oían intervenciones desde el ala conservadora de la jerarquía se comentaban con el añadido de que se trataba de una minoría "preconciliar" dando casi sus últimos coletazos.
En aquellos tiempos eran frecuentes los encierros de los obreros en iglesias o edificios religiosos para celebrar reuniones y asambleas en defensa y reclamación de sus derechos. Muchos curas fueron multados o encarcelados por levantar su voz contra las injusticias sociales. Cantidad de cristianos compartieron luchas, persecuciones y cárcel con no cristianos por su militancia y su solidaridad. Ahora todo parece haber dado un giro de 180 grados. ¿O no es así?
Las voces de cristianos que por lo general suelen oirse, las imágenes que vemos por televisión, los escritos o manifiestos que se propagan, tienen un tono bastante distinto. Ya no se trata, normalmente, de protestar contra las injusticias que se cometen contra otros ni de reclamar los derechos de los más débiles. Ya no se trata de defender al obrero, al parado, al pobre sino más bien de defender lo que se consideran derechos de la Iglesia o de los católicos. Ya no se trata de exponerte y arriesgarte con posibilidad de ir a la cárcel o de pagar una fuerte multa, sino de ocupar la calle, presionar a los poderes públicos para obtener mayor poder o influencia en nuestra sociedad e instituciones, tratar de imponer nuestras propias ideas morales, sociales o políticas a los demás. Antes eran los cristianos de a pie los que se juntaban con otros por la calle y tenían que escapar por piernas de los ataques de la policía franquista. Ahora hasta los obispos participan en manifestaciones, son jaleados por sus incondicionales, posan para los fotógrafos y luego se van tranquilamente a sus residencias oficiales. Y como tema de fondo siempre el de la "familia", el modelo de familia que se considera cristiano y que se presenta como "atacado" desde todos los ámbitos de esta sociedad considerada materialista y atea, sobre todo cuando el Gobierno de España está "ocupado" por políticos de un talante diferente al tradicional, a los que no se duda en insultar desde los medios de comunicación, sean civiles o eclesiásticos.
A propósito de esto último, y tal y como recomiendo a mis alumnos que lean y escuchen opiniones distintas a las suyas como un medio muy sano de autocrítica, conecto muchas noches una emisora de radio de reciente creación y con una tertulia algo intermitente en la que a lo largo de una hora no parecen tener otra intención que la de poner de chupa de dómine al Presidente del Gobierno adjudicándole todo tipo de maldades y perversas intenciones (que, por lo que les oigo, ellos conocen muy bien). Basta cualquier noticia para retorcerla y dirigirla contra este pobre señor (no exagero nada si afirmo rotundamente que como mínimo lo nombran dos veces por minuto), y de paso arengar a las masas para que se "levanten" y pongan fin a este desastre que se nos avecina y que va a acabar con la patria, la religión y la familia.
En ocasiones llegan nuevos dirigentes, nombrados a dedo, a organismos oficiales y se sienten legitimados, en función de no se sabe bien qué iluminación divina o contacto directo con Dios, la Virgen o los santos, o de la camarilla muy humana que los rodea en esta tierra, se sienten legitimados, repito, para "proponerte" o "invitarte" a que te vayas (es decir, para echarte) de la institución por la simple razón de que les molestas por ser crítico (es decir, por distinguir entre lo que es válido y lo que no lo es), aunque no tengan alternativas (y te lo confiesan así) ni en nuevas ideas ni en nuevas personas. Simplemente les "molestas" y puerta. No les dejas tranquilos en su comodidad ni conciliar el sueño y "pierden" mucho tiempo pensando en tí. Hablo por experiencia propia.
En ocasiones se toman represalias muy duras, que escandalizan a los creyentes de a pie, contra sacerdotes que han optado por otro camino, como ha ocurrido recientemente en una diócesis vecina. A veces se alcanzan niveles de histeria. El que esto escribe, en virtud de la libertad de conciencia que ahora algunos tanto pregonan y reclaman para ellos, tuvo que aguantar la irritación de quien pretendía que les prestara el templo como plataforma de recogida de firmas para un tema bastante discutible, e incluso fue llamado a consultas desde altas esferas eclesiásticas. Hay fuerte algarada y rasgarse las vestiduras con unos temas (matrimonio, educación, enseñanza de la religión...) que merecen declaraciones solemnes de la Conferencia Episcopal, mientras los problemas de más impacto entre la población (como ha sido y es el de la desesperación de los emigrantes pobres en África) son tratados en todo caso por algunos de los obispos geográficamente más cercanos, es decir, del sur, y con un cierto retraso, todo hay que decirlo, aunque su tono y contenido sean válidos y no sean suficientemente aireados por los medios de comunicación que previamente habían criticado su silencio.
¿Qué está ocurriendo, amigos? ¿Es que la Iglesia no puede ser ese lugar de acogida, de puertas abiertas, de reflexión serena, de encuentro de distintos, de diálogo, de escucha de la Palabra de Dios para intentar discernir sus caminos (no los nuestros), de solidaridad con los pobres, de elaborar proyectos que beneficien a éstos, de darnos ánimos y esperanza, de crecer como personas y como creyentes, de comulgar con el Cristo que se ha hecho humilde y puesto a la cola como uno de tantos? ¿Por qué se quiere convertir en una fortaleza inexpugnable?
Leo estos días las intervenciones en el Sínodo a propósito de la Eucaristía y tengo que reconocer que muchas de ellas se centran en aspectos rituales o reflejan una espiritualidad y una teología alejada de la realidad de la gente utilizando un lenguaje que no tiene nada que ver con el del pueblo. Hoy, sin embargo, he recogido la intervención del Responsable General de los Hermanitos de Jesús como un soplo de aire fresco y la he colocado en la última sección de esta página. En ella no hay mirada hacia dentro sino hacia fuera, como la de Jesucristo que nunca se miraba al ombligo.
¿Qué futuro eclesial nos aguarda? Muchos días no nos lo ponen fácil bastantes de nuestros hermanos, obispos o no, y se necesita mucha moral para seguir adelante, o, mejor, mucho ponernos en manos del Espíritu. Parece como si la Iglesia hubiera renunciado a comunicar la Buena Noticia de Dios a los que no comulgan con sus actuales ideas. Parece que la consigna sea encerrarse, ser menos si es preciso, pero "seguros", "obedientes", como un ejército tradicional dispuesto para la lucha. ¿Qué tiene esto que ver con el Evangelio? Yo creo que de éste podemos sacar cantidad de propuestas y proyectos para colaborar con otros en la renovación de esta sociedad que tampoco parece saber a ciencia cierta a dónde va o a dónde quiere ir, más allá del consumo, de la innovación técnica y el vivir a cuerpo de rey.
Jesucristo nos propone un nuevo estilo de vida basado ante todo en seguirle a Él en su Espíritu reflejado en el amor a los demás y en las bienaventuranzas. Gracias a Dios muchos cristianos, laicos y clérigos, hombres y mujeres, se han comprometido en esta línea, aunque normalmente no salgan en los periódicos ni tengan influencia en la estructura oficial. Pero otros parece que quieran secuestrarnos la Iglesia para reafirmar de este modo sus particulares posiciones ideológicas.
Pepe Nerín