Jairo del
Agua, Religión Digital, 23.11.10
(¡Perdonadme!
Me ha vuelto a salir muy largo. Sin embargo sólo he garrapateado unas sencillas
reflexiones para una petición real de una persona real. Con ellas completo lo
expuesto en mi anterior meditación "Boda o comedia". ¡Ojalá nos sirva para acercarnos comprensivamente a este
punzante problema de nuestro tiempo!)
Mi
querido Andrés: Me cuentas el dolor que te causa no poder comulgar. Estás
excomulgado por tu condición de "católico divorciado vuelto a
casar". Así llevas muchos años y, a veces, la culpabilidad te corroe
las entrañas. Quieres ser fiel a la doctrina de
Las
normas generales no siempre se pueden aplicar a todos. Por encima de las normas
está la "conciencia profunda" y la "aspiración"
a vivir unido al que quieres seguir sinceramente. A mí me parece una
contradicción prohibir la utilización de todos los medios para conseguirlo (los
sacramentos especialmente).
Claro
que, antes de nada, conviene distinguir dos clases de divorcio:
1)
El divorcio por capricho que empuja a no aguantar lo más mínimo y dar
rienda suelta a la satisfacción corporal y sensible. El voluble egoísmo junta y
separa. La pareja no es más que un instrumento para mi satisfacción. Cuando no
sirve a mis propósitos la tiro o la sustituyo como sustituyo un sofá demodé.
Los que hemos rebasado los cincuenta conocemos perfectamente la insidiosa
tentación de cambiar a nuestra cincuentona por dos de veinticinco. Desde mucho
antes ya nos persigue ese diablo bizco que sólo mira lo apetitoso para el
instinto. Supongo que a ellas les pasa tres cuartos de lo mismo. Tengo la
impresión de que éste es el divorcio que condena el Evangelio. Pero no es
tu caso, ni el de la mayoría de católicos de buena voluntad que se ven abocados
a una ruptura no deseada.
2)
El divorcio por necesidad, para seguir viviendo, porque la yunta con quien
camina en dirección contraria es mortífera. Hubo un error de inicio, se
formalizó una boda legal pero no real, allí no había unidad, ni amor verdadero,
ni compatibilidad, ni consciencia suficiente. Como mucho fue un precipitado
fogonazo de juventud provocado por carencias afectivas, inmadurez, instinto y
ceguera. Ni estabas preparado, ni supiste prepararte, ni vislumbraste las
espeluznantes consecuencias de tu equivocación. ¿Me voy aproximando a tu caso?
Con la mano en el corazón: ¿Condenarías a alguien a permanecer anclado en el
error toda la vida? ¿No existe posibilidad de rectificación para los
matrimoniados por error? ¿O les condenarías a vagar separados y solos por las
estepas de la vida? Tal vez las respuestas a estas preguntas te ayudarán a
comprender y comprenderte.
Aclarada
esta diferencia esencial, vayamos ahora a las ataduras doctrinales que te
mantienen excomulgado. Puede que
En
situaciones extremas e irresolubles los católicos deberíamos acudir a la propia
Iglesia para que analice y resuelva si hubo o no matrimonio verdadero. Ya sabes
mi opinión: "hay muchas más nulidades de las que se solicitan y
declaran". Los católicos acudimos a los ágiles tribunales civiles y
huimos de la parsimonia eclesiástica. Lo uno no quita lo otro. El sentido común
me dice que si me casé por
Me
cuentas que, en tu caso, no tienes posibilidad real de acudir a esa solución,
que eres un "divorciado católico" de tantos, que llevas con
dolor la situación en que te hemos colocado. Pero eso es compatible con
procurar
En este
momento te sientes atado por el texto que me envías: "6. Cuando los
fieles divorciados vueltos a casar se separan, o viven en plena continencia,
pueden ser admitidos nuevamente a los sacramentos" (1). Esa es la
norma, ciertamente. Ahora dime qué solución prefieres: ¿Separarte de tu
actual esposa o vivir con ella en total continencia?
No sé a
quién se le ocurrió esa redacción pero basta leer para darse cuenta que repugna
al sentido común. Y lo digo así, abiertamente, para que nuestros dirigentes se enteren
que
Con el
afán de tenerlo todo atado, normalizado y cuadriculado, nos han construido una
torre doctrinal enorme, mayor que la de Babel, sin la mínima concesión a la
conciencia, al discernimiento o al raciocinio personales. Somos una Iglesia
ferroviaria que ha dejado de ser camino (alegres pasos, libres y autónomos,
hacia la felicidad auténtica) para convertirse en una interminable y compleja
red de rígidos raíles. Sobre ellos circulan los fieles herméticamente
encerrados en vagones precintados con obligatorias consignas, debidamente
fiscalizados por autoridades rigurosas e inamovibles, desfasadas de su tiempo
generalmente, con atuendo de brujos más que de apóstoles.
No
me extraña que nos asalte, a veces, esa sensación de falta de oxígeno y vida.
Nos enseñan:
- "sometimiento" en vez de "discernimiento",
- "cumplimiento" (cumplo y miento) en vez de "seguimiento",
- "erudición" en vez de "conversión",
-
"rito" en vez de "vida
interior".
En
nuestras catequesis (e incluso en la formación de nuestros curas) se memorizan
cuadrículas y cánones pero no se forman conciencias, ni se camina hacia la
maduración personal real. La fidelidad propuesta es obediencia ciega a las "voces
externas", en vez de escucha y docilidad a la "voz
interior" del dulce Huésped que nos anida. ¡Perdóname si exagero!
La
gente de nuestro tiempo, sin embargo, ama el aire, la libertad, la naturaleza,
la solidaridad, la racionalidad, la creatividad y el progreso. ¿Cómo se
preguntan por qué se vacían las iglesias, llenas de caducas rutinas? A pesar
de todo, me duelo pero no me escandalizo. Sé que nuestra Iglesia está dirigida
por hombres falibles que hacen lo que pueden y suplen sus carencias dándose más
importancia de la que tienen: "Si el Señor no construye la casa, en
vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan
los centinelas" (Sal 127). Y no te confundas, amigo mío, no defiendo
una Iglesia blandengue, sin columna vertebral, sometida al capricho de cada
cual. Ése sería el otro peligrosísimo extremo. Suspiro por una Comunidad
caminante, que proponga y no imponga, que anime y nunca rechace, que promueva
la libertad, la maduración, la conciencia y los carismas personales, que crea visceralmente en el Espíritu, el gran olvidado.
Pero
volvamos a tu caso. En los temas complejos, como éste, no es fácil conciliar la
norma general con las necesidades particulares. Los dirigentes tienden al
rigor y los fieles deberíamos anclarnos en la comprensión y la misericordia.
Sigue siendo verdad que "el sábado es para el hombre y no el hombre
para el sábado" (Mc 2,27). Por eso, amigo y
hermano mío, hay que acudir a la sincera conciencia personal, piloto de la vida
concreta de cada uno. Tienes la obligación de buscar la luz que te guíe y
alimente. No puedes "alienarte", sin más, a lo que otros
dicten. Nadie tiene el derecho de imponerte caminos que te restan vida o
repugnan a tu inteligencia. Los apóstoles hubieran pasado hambre -como tú
ahora- si hubieran cedido al legalista rigor de los fariseos.
Por lo
que me has contado deduzco que en tu primer matrimonio ("no-matrimonio")
hubo una nulidad plena (tu conciencia te lo descubrirá si te miras con
sinceridad). Me parece que no sabías lo que hacías y los hechos posteriores lo
demuestran. Además no puedes pedir la "nulidad oficial"
porque tus circunstancias no lo permiten. ¿Puedes pensar que el Señor te quiere
ATRAPADO en esa especie de tierra de nadie y alejado de sus sacramentos?
Desde
luego, yo creo en un Dios que me atrae y me quiere cerca, en cualquier
circunstancia, por encima de cualquier norma, aunque haya tenido un accidente
de vida o haya cometido un garrafal error al emparejarme. Mis aspiraciones
interiores no pueden ser retenidas por ningún código humano. Abandonaría la
gruta del destierro, como los leprosos, y me acercaría al Jesús que comprende,
cura y nunca rechaza. No entra en mi cabeza cómo en su Iglesia se puede
legislar institucionalizando el rechazo a unos hermanos por la desgracia de
haberse equivocado en una opción de vida, tomada -casi con seguridad- con
inconsciencia cierta.
Te
recomiendo que leas y releas este texto: "¿Quién podrá separarnos del
amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la
desnudez, el peligro, la espada?... Porque estoy persuadido que ni la muerte,
ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes ni las
futuras, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura
alguna podrá separarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús,
Señor nuestro" (Rom 8,35).
Continúa
después con este otro: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino
los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores"
(Mc 2,17). Después discierne si debes o no debes
acercarte a los sacramentos. Una cita más: "Si tu mano derecha te
escandaliza, córtatela y tírala..." (Mt
5,30). E igualmente: "Si las normas generales te separan de Él,
tíralas y quémalas...".
¡Perdóname
si algo de lo que digo te perturba! Ya sabes que sólo se critica lo que se
ama porque "no hay mayor desprecio que no hacer aprecio".
Mi amor a mi Iglesia me hace desear apasionadamente su transformación y
conversión, empezando por uno mismo naturalmente. Me has pedido sinceridad y
ahí la tienes.
Una
única advertencia: Que las decisiones de tu conciencia no causen escándalo a
otros más débiles o ignorantes. Por tanto sé prudente a la hora de actuar. Se trata
de vivir lo más cerca posible del Dueño de la vida sin causar escándalo a los "niños"
de mayor o menor edad.
Sé
consciente de que estas letritas no agotan el tema del divorcio, ni interpretan
tu situación, ni pretenden que las sigas. Sería salirte de una alienación para
meterte en otra. He pretendido simplemente darte algunas pistas para que
puedas tomar tus propias decisiones. Si te sirven, me sentiré pagado. En
todo caso, no dejes de buscar al Señor y dejarte encontrar por Él. Me parece
que no puedes consentir que "la falta de unos papeles" (los
de la nulidad) te alejen del Señor. Eso sería un disparate.
Un
abrazo inmenso Andrés. Que el Dios de
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(1) De