QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS

DEL OPUS DEI

 

Comenta nuestro reciente Nóbel Vargas Llosa en un artículo publicado el domingo día 8 en El País que el cardenal Cipriani, arzobispo de Lima, representa la peor tradición de la Iglesia, la autoritaria y oscurantista, la del Index, Torquemada, la Inquisición y las parrillas para el hereje y el apóstata. El arzobispo y cardenal, miembro destacadísimo del Opus Dei, está llevando a cabo una campaña tremenda de cara a las elecciones presidenciales peruanas del 5 de junio a favor de la hija del expresidente Fujimori que ha pasado a la segunda vuelta juntamente con el candidato izquierdista y nacionalista Ollanta Humala. Critica públicamente a quienes no apoyen a la hija del dictador, condenado judicialmente por sus atrocidades en los años 90 durante los cuales acabó con la vida de muchas personas con la excusa de la lucha antiterrorista y, junto con su segundo Montesinos, acumuló una enorme fortuna. Se opone el cardenal rotundamente a Humala y parece preferir que venga el fascismo antes que el socialismo, a pesar de que este candidato haya hecho un “Compromiso con el Pueblo Peruano” en el que se compromete a no buscar la reelección, cumplir con los tratados firmados, no estatalizar nada, respetar el derecho de propiedad y las Administradoras de Fondos de Pensiones, luchar contra la corrupción, hacer una política de apoyo social sostenida, sobre todo en educación y salud pública, para los sectores más desfavorecidos, así como estímulos y facilidades para la formación de empresas, respeto al pluralismo informativo, a la independencia de la prensa y al derecho de crítica.

 

Vargas Llosa no es ni mucho menos un izquierdista sino un liberal-conservador que fue él también candidato a la presidencia. Fue derrotado por Fujimori, cuya hija trata ahora de ganar las elecciones con la intención, se supone, de amnistiar a su padre. Pero no sólo se refiere nuestro autor al cardenal sino también a otra connotada fujimorista, también del Opus Dei, Marta Chávez, que ha amenazado públicamente al presidente del Poder Judicial, eminente jurista que condenó a 25 años de cárcel al expresidente por crímenes contra los derechos humanos.

 

De todo esto me preocupa especialmente el papel activo de estos destacados miembros del Opus Dei. Desgraciadamente miembros de una organización que, si bien representó en sus comienzos un revulsivo renovador para la Iglesia al potenciar el papel de los laicos en una Iglesia menos clerical impulsando la santificación en la vida diaria, pronto derivó hacia una clericalización mayor y a un control exhaustivo de los seglares por parte de sus sacerdotes directores espirituales, así como a una posición de la mujer claramente secundaria respecto a los varones. Pronto el fundador, muy bien considerado en los círculos de poder franquista, se estableció en Roma para tratar de conseguir un reconocimiento oficial que le iba a llevar a una gran influencia en los círculos vaticanos. Su papel desde entonces ha sido la de ponerse siempre a favor de las ideas y prácticas más conservadoras, tratando de frenar activamente cualquier movimiento de signo medianamente abierto. Sus ideas se ven plasmadas en su liturgia siguiendo al pie de la letra las rúbricas, que no las sugerencias más abiertas de las mismas, envarando al sacerdote celebrante en un corsé que ahoga su relación con los “fieles”. La imagen más clara es la del templo mariano de Torreciudad en donde el altar queda en lo alto, alejadísimo del pueblo y separado de éste no sólo por escalones sino también por una valla a modo de reclinatorio en donde arrodillarse para recibir la comunión, naturalmente en la boca.

 

La ausencia entre sus miembros de un pensamiento libre, por más que sus dirigentes hablen de la gran libertad dentro del Opus, se manifiesta en que no disponen de autores de relevancia en el campo teológico y pastoral, a diferencia de lo que sucede entre los jesuitas o dominicos, por poner tan sólo dos ejemplos en el campo teológico, así como entre los escolapios y salesianos en el campo educativo. En cambio se han orientado decididamente hacia el derecho canónico, lo cual no debe sorprendernos, ya que se trata de aprender muy bien las normas canónicas para disponer de un material que les permita hacer carrera eclesiástica, moverse muy bien y estar muy cerca del poder eclesial. Ya disponen de varios cardenales y durante el pontificado de Juan Pablo II obtuvieron nada menos que la portavocía de la Santa Sede con el laico español Navarro Valls. Se han especializado en las “normas” y persiguen implacablemente a quienes ellos suponen que se desvían de las mismas. Y no les importa acudir al chivatazo a Roma, incluso si el mismo denunciado es un obispo. Por cierto, que el importante para ellos es el Papa (siempre que sea de su cuerda, naturalmente, ya que no es igual la devoción por JPII incluso por el papa actual, que la que tuvieron hacia Juan XXIII y Pablo VI, aunque ellos protestarán por esta afirmación), mucho más que el obispo de turno de cuya pastoral diocesana pueden prescindir, aunque traten de estar presentes en sus organismos representativos (Consejo Presbiteral, Consejo Diocesano de Pastoral) muchas veces dando la impresión de ir más bien a controlar lo que pasa que a hacer propuestas de avance o solidarias con las otras organizaciones.

 

Me preocupa, queridos hermanos del Opus, vuestra actitud y vuestro papel. Y lo digo desde el respeto y también desde el cariño. En mi familia hay algunos de vuestros miembros y a mí siempre me habéis tratado con afabilidad en la distancia corta, incluso animándome cuando fui expulsado del Instituto de Aínsa por diferencias ideológicas con el Patronato del centro. En mis tiempos juveniles hubo algún discreto intento por conquistarme, seguramente porque yo sacaba buenas notas y me fui a estudiar al extranjero en donde obtuve dos licenciaturas; todos sabemos acerca de vuestro interés por las élites. Sé también que habéis estado y seguís estando muy atentos a las situaciones personales de los sacerdotes que pasan por momentos de crisis, procurando acercaros a los mismos. Pero también he podido comprobar que los “curas-curas” son los vuestros y que no aconsejáis precisamente sino todo lo contrario a vuestros miembros que vayan, por ejemplo, a confesarse con cualquier sacerdote (tiene que ser de los vuestros). Oficialmente defensores de la familia, caéis en la contradicción de que la familia que os importa verdaderamente es la familia del Opus Dei, por encima de la familia natural de cada uno de los vuestros. Hablo por experiencia. Por eso preocupan bastante los rumores acerca de que el arzobispo podría dejaros la dirección del Seminario, con todo lo que tiene de control sobre el futuro clero, así como la de la publicación oficial Iglesia en Zaragoza. Muchos tememos que os sentiríais muy inclinados a "tirar pa casa" primando vuestros intereses de grupo por encima de los generales diocesanos.

 

A los de mi generación (tan denostada, por otra parte, en los medios conservadores eclesiásticos que nos echan en cara haber aprendido teología discutible y sospechosa a base de fotocopias), a mi generación, repito, nos marcó vuestra imagen de apoyo al régimen de la dictadura franquista y, especialmente, el que movierais vuestras influencias romanas para dejar en nada las conclusiones de la Asamblea Conjunta de Obispos y Curas españoles a comienzos de los 70. Aquella asamblea supuso el mayor intento de diálogo y el mayor intento de impulsar una renovación de la Iglesia española. Pero lograsteis que desde Roma se cargaran sus conclusiones. La desilusión fue tremenda y llevó a muchos sacerdotes a dejar su ministerio. Luego os hemos visto muy atentos a subir escalones jerárquicos, a montar vuestro propio reino dentro de la Iglesia a base de conseguir el estuto de “prelatura nullius”, y al papel de freno o denuncia ya mencionado. En los últimos tiempos os vemos en competencia con otras organizaciones que incluso os han ido desbordando por la derecha, como los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación, los “kikos”, los lefrevianos, etc. Y supongo que ello os ha obligado incluso a escoraros también vosotros en esa dirección aún más.

 

¿Por qué, hermanos, por qué? Por más que releo los Evangelios no logro descubrir los fundamentos para vuestras actitudes tan cerradas. Veo a un Jesús volcado con los pobres y muy crítico con los poderosos, lo cual no observo precisamente en vosotros sino más bien todo lo contrario. Veo a un Jesús fraterno y servidor, amigo de la fiesta y solidario con los marginados, amigo de las mujeres a las cuales daba la misma consideración que a los hombres y atacando sin rubor las conductas machistas (p.e. salvando a la mujer adúltera, hablando con la samaritana, dejándose besar y abrazar por las prostituídas por hombres, con una amistad profunda con Marta y María llena de sentimiento, etc.), a un Jesús que se saltaba con decisión las normas si era para ayudar a quien lo necesitaba y que criticaba duramente la hipocresía de tanta contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, lo que se practica en lo privado y lo que se proclama en lo oficial.

 

Creo que sois gente preparada y de hecho a los candidatos al sacerdocio les hacéis que estudien igualmente una carrera civil. Pero esa preparación queda luego como truncada al no permitir la libertad de pensamiento en el terreno eclesial o teológico, aunque luego puedan pensar como quieran en el terreno científico y algunos, sólo algunos, lo hayan podido hacer en el terreno político en el que claramente os situáis a la derecha y bien derecha. No conozco actualmente a ninguno de los vuestros con ideas izquierdistas. Esa falta de libertad se os nota hasta en vuestra vestimenta, que, por cierto, cuidáis con tanto esmero y evitando las arrugas.

 

Me preocupa que el control de vuestros miembros se convierta luego en muerte civil cuando algunos (me dicen que cada vez más) tratan de abandonar la “obra”. Rompéis totalmente vuestro trato con ellos, los dejáis salir con una mano delante y otra detrás, sin más recursos, y prescribís el silencio sobre ellos, como si nunca hubiera existido o pertenecido al Opus. Sus testimonios resultan estremecedores, como resulta clarividente en este terreno la total ausencia de autocrítica entre vosotros.

 

¿Por qué, hermanos, por qué? No intento convenceros de que otra Iglesia es posible, lo que sí os digo es que creo que muchos la intentamos vivir de otra manera, no tan jurídica sino pastoral, atentos a las necesidades de la gente “normal” y priorizándolas frente a las campañas jerárquicas, menos jerárquicos y más fraternos, menos autoritarios y más demócratas, menos sumisos y más críticos, más de Jesús, del Padre y de su Espíritu, que del propio movimiento o movida. Os deseo lo mejor porque formáis parte de la Iglesia de todos, igual que yo, aunque algunos casi me nieguen esa condición por mi papel crítico. Porque convivimos en una misma Diócesis, aunque a veces parezca que más que convivir coexistimos. Porque todos somos hermanos y seguidores de nuestro hermano mayor Jesucristo. Por eso estaría muy bien que dialogáramos a “calzón quitado” para conocernos mejor y para acercarnos más. Un abrazo.

 

Pepe Nerín

10.5.2011