QUE SE ABRAN

LAS VENTANAS DEL SEMINARIO

 

            La composición interna del colectivo de seminaristas ha dado un giro copernicano en los últimos años. De ser un conjunto homogéneo, aunque menguante, de chicos de la Diócesis, con la incrustación de alguno de más edad, incluso en estado de viudez tras muchos años de matrimonio, hemos pasado a un conjunto heterogéneo de chicos de diversos países, razas y continentes, de edades más homogéneas, y con la añadidura de algún seminarista español procedente de provincias lejanas. El cambio ha sido tal que aparecen hasta diccionarios de castellano en manos de algún alumno y a los profesores nos está tocando modificar los contextos de análisis y los ejemplos utilizados.

 

            El aspecto exterior es de una gran variedad aparente, si sólo tomamos en consideración su anatomía y colorido. Pero, curiosamente, esta diversidad se reduce considerablemente si atendemos al vestuario (el tradicional jersey oscuro y poco llamativo) e incluso a los comportamientos. Correctos y con cara de buenos chavales, atienden en clase, preguntan, expresan sus opiniones, sufren más bien en silencio con los pocos suspensos académicos y se alegran considerablemente con los aprobados y no digamos con otras notas más altas.

 

            Sin embargo, algo, en mi opinión, no funciona adecuadamente. Me refiero al peligro de gueto, de vivir en una atmósfera artificial y alejada del mundanal ruido, aunque junto a ellos discurra uno de los cinturones de circunvalación más importantes de la ciudad de Zaragoza. Me apena considerablemente que jóvenes venidos desde muy lejos, bastantes de ellos con experiencia laboral en trabajos civiles y con ricas experiencias vitales, pasen meses y meses, tal vez años y años, sin entrar en contacto con otros ambientes sociales que no sean los del Seminario, los de la Basílica del Pilar y los de la parroquia a la que acuden para “hacer pastoral”. Hace unos años, y merced a una pregunta que les puse en un examen, descubrí con asombro que a mitad de curso a algunos de mis alumnos no les sonaba para nada el barrio del ACTUR en donde acababan de producirse problemas muy serios en la relación entre payos y gitanos y que habían sido divulgados ampliamente por todos los medios de comunicación. No sé qué les contarán a sus familiares y amigos, que desde otros continentes traten de seguir los pasos del muchacho en esta lejana España y desconocida para ellos Zaragoza, pero me temo que no amplíen precisamente sus conocimientos geográficos y culturales con sus relatos vivenciales.

 

            Recuerdo mis viejos tiempos cuando salí al extranjero a ampliar estudios y me sumergí en un país con una lengua enrevesada y unas características culturales muy distintas a las de la España franquista de la que yo procedía. Recuerdo que residí en un colegio internacional en donde nadie era exótico porque todos lo éramos. Recuerdo que pronto empezamos a organizarnos, a conocer la ciudad, a conectar con compañeros de colegio y con personas de fuera del mismo. Pronto empezamos a viajar, ya fuera en tren o bien en asequibles utilitarios de tercera o cuarta mano que los más pudientes entre nosotros iban consiguiendo. En nuestros viajes traspasamos las fronteras nacionales y nos aventuramos por otras tierras que nos atraían en gran medida. No nos quedamos encerrados en el viejo y remozado caserón que nos servía de residencia. Salíamos a cenar, normalmente por puestos callejeros, dado lo exiguo de nuestro presupuesto; íbamos al cine, aprovechando precios de oferta; teníamos amigos y amigas; intercambiábamos clases de idiomas con gente de otras lenguas: tú me enseñas, yo te enseño. E incluso llegamos a tomar partido ante determinadas prácticas religiosas o culturales, aportando nuestra experiencia al respecto.

 

            Qué duda cabe de que ahora los tiempos han cambiado, pero lo han hecho fundamentalmente en el sentido de una mayor globalización, de una mezcla, de una mayor facilidad en los contactos, del acceso a medios tecnológicos que nos acercan todo el planeta a la pantalla del ordenador situada en un rincón de nuestra habitación. Y son distintos también en cuanto a poner el cambio como un importante medio cultural y vital en el que nos movemos, y a considerar la flexibilidad, la capacidad de adaptación a lo nuevo, como un valor relevante, lo cual no significa renunciar a otros valores más importantes. Y, frente a esta realidad, parece producirse la retirada, el repliegue, el estar sólo allí donde nos pueden proteger las personas encargadas de nuestra formación.

 

            Yo, que no soy especialmente partidario de tener a seminaristas durante seis años en internados alejados de la realidad vital y pastoral, hago hoy un ejercicio de pragmatismo y me permito sugerir algunos criterios para que los que viven en estos recintos no queden al margen de la vida, con todas las ventajas e inconvenientes que ésta tiene. He aquí algunos de ellos muy concretos:

 

-Los seminaristas tienen que salir más y a sitios muy diversos. Salir del caparazón de la organización eclesial y adentrarse en otros terrenos incluso en los puramente laicos, que tal vez no ayuden a “hacer carrera” o “ganar puntos”, pero sí a conocer la vida y otras vidas.

-Conviene que conozcan realidades pastorales diversas, nuevas experiencias realizadas desde la base eclesial, espiritualidades con acentos diversos, aunque sus promotores no sean sacerdotes catalogados de “intachables” por los juzgadores de turno.

-Convendría que en el Seminario se realizaran “seminarios” participativos sobre la realidad del sacerdocio, sus prácticas concretas y sus múltiples acentos. Sólo hay un “modelo” de sacerdocio, el de Jesucristo; todos los demás son discutibles y perfeccionables. Lo malo es cuando se sustituye el modelo del Buen Pastor por modelos tiznados ideológicamente y en una supuesta y abusiva única dirección ortodoxa, normalmente con incidencia especial en lo cultual realizado en el templo y con unos rituales a los que hay que apegarse literalmente.

-Conviene que los seminaristas traten asiduamente con personas de diferente sexo. Lo otro es morboso y antinatural, además de profundamente empobrecedor.

-Conviene que de vez en cuando salgan a comer fuera y con gente diversa, adentrándose en los domicilios a los que han sido invitados, dialogando con sus moradores, profundizando especialmente los extranjeros en lo que es la realidad de la vida diaria en este país. Igualmente conviene invitar a comer al Seminario a personas de diversa clase y condición.

-Conviene que los seminaristas vayan al cine, estén al loro de las nuevas estéticas, disfruten con el arte, y no únicamente con el religioso.

-Conviene que se asuma en serio la diversidad, que se potencie el desarrollo de los talentos de cada uno y que no se busque la uniformidad que conduce a la frustración y a la esterilidad, no sea que se cumpla aquello de que "en la comunidad no muestres tu habilidad".

-Conviene que los formadores del Seminario faciliten todo lo anterior para que este centro, de momento inevitable, no llegue a ser una burbuja en la que acaben ahogándose unos jóvenes que generosamente han dado un arriesgado paso adelante. ¡Que no se nos quemen, por favor!

 

Pepe Nerín

5.12.2007