¿RESPONSABLES O PECADORES?

         Nos cuenta Javier Melloni en la revista El Ciervo que en la presentación de su libro “El Dios presente” (Kairós), su autor, el catedrático José Antonio González Casanova, resumió muy bien su postura ética y existencial: “Se nos formó en una cultura de la culpa. Hoy en día hemos de desarrollar una cultura de la responsabilidad”. Me viene esto a la mente porque asistí a la ponencia de nuestro obispo Manuel en las XVI Jornadas de Teología en Aragón, organizadas por el CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón) los días 8 y 9 de febrero de este año. Se trataba de la ponencia que inauguraba las Jornadas, característica que nos indica el deseo de marcar el terreno dando las ideas claves de las mismas. No es casualidad que la ponencia le correspondiera al obispo ya que en la introducción el director del CRETA dejó entrever que era el obispo el que se había ofrecido para darla, además de organizar con el director el resto de las Jornadas que incluyeron la ponencia de otro obispo (el de Tarazona, que al parecer llevó hasta el extremo las ideas del arzobispo) y del vicario general de nuestra diócesis. Todo ello daba un carácter muy oficialista a unas Jornadas de reflexión, quedando la cuarta ponencia encargada a un profesor de la Facultad de Teología del Norte de España (Burgos), Santiago del Cura, que ya había participado en Jornadas anteriores.

         Y me viene a la mente porque nuestro obispo comenzó su leída disertación citando a Paul Ricoeur, filósofo y antropólogo francés fallecido hace casi 5 años a la edad de 92 y que fue galardonado en 2003 con el premio Pablo VI. En su cita mencionó 4 ideas clave: el hombre como ser finito y culpable, así como la necesidad de mediación y sacrificio. Colocó, por tanto el obispo al pecado como centro de donde partir, el sentimiento de culpa por ello y de ahí la necesidad de un mediador que ofrezca sacrificios para “aplacar la ira de Dios”. No nos situó, por tanto, en un optimismo antropocéntrico sino más bien en una culpabilidad (¿por haber nacido?, como diría el personaje de Calderón) que necesita ponerse en manos de otro para que le quite la mancha. Nos situó, en definitiva, en una cultura de la culpa y no en la de la responsabilidad. Esta orientación marcó profundamente su conferencia y marca, como se observa en sus discursos, su mentalidad, en contraste con el talante de nuestro prelado que en las relaciones con los demás se manifiesta campechano, alegre e intenta ser incluso divertido, como incluso ocurrió a lo largo de su ponencia en la que provocó las risas complacientes, especialmente de sus más afines.

         No voy a hacer un resumen exhaustivo de la intervención del prelado, pero sí subrayaré las ideas que a mí me parecieron fundamentales:

- El sacerdocio del Antiguo Testamento era un sacerdocio ascendente, elegido por otros hombres y que iba de ellos hacia Dios, mientras que el del Nuevo Testamento lo es descendente: elegido por Dios como mediador entre Él y los hombres.

- Hay que relacionarlo intrínsecamente con Jesucristo y con la Iglesia, íntimamente relacionados entre sí, pero prioritariamente la relación se establece con el primero. Y todo ello por la configuración “ontológica” con Jesucristo cabeza y pastor, liturgo y maestro de la Iglesia.

- Ambas dimensiones, la cristológica y la eclesiológica, son necesarias, ambas se exigen mutuamente. No debe darse una acentuación unilateral como han hecho teólogos (a los que citó por su nombre) como Schillebeeckx, Hans Küng, Leonardo Boff, José María Castillo, etc. De ahí que, según el prelado, cabe estar en la Iglesia en cuerpo pero no en espíritu (con lo cual parecía poner en duda la eclesialidad de los autores mencionados y cuantos comulguen con sus ideas).

- El sacerdote es la representación sacramental de Cristo en la Iglesia. El cura procede de la Iglesia, ciertamente, está en la Iglesia (no encima de ella) pero sí al frente de la misma, precisamente por su configuración ontológica.

- La Iglesia se constituye por el sacerdocio ministerial. La Iglesia no es posible sin el sacerdocio ya que nacen juntos. No procede del sacerdocio común que caracteriza a todos los cristianos por su bautismo sino que es de otro nivel, es un sacerdocio ministerial, aunque de segundo grado junto al de los obispos que es de primero. El sacramento del orden le configura objetivamente con Jesucristo, de ahí que reciba una llamada específica a la santidad.

- La misión del sacerdote consiste en su identificación con la misión de Jesucristo. La consagración que ha recibido es para la misión, de ahí la unión entre la vida espiritual del sacerdote y el ejercicio de su misión. Ésta, más en concreto, consiste en lo siguiente: ser el ministro de la Palabra (tal como nos la transmite el Magisterio); ser ministro de la liturgia (especialmente de la eucaristía, de la que subraya su carácter sacrificial), de los sacramentos y de la oración pública de la Iglesia (amonestando sobre la obligación grave del rezo del oficio divino que no es sustituible por la oración privada ya que a través de este rezo se adecúa a la oración de la Iglesia, se une íntimamente a ella, reza con ella); y su ministerio pastoral.

- A este último, al ministerio pastoral, le dedicó unos tres minutos leídos, como final de su ponencia. Partió de la caridad pastoral que consiste en el amor a Cristo y a la Iglesia, y que se concreta en la total donación de sí a Jesucristo y de Éste a la Iglesia.  El cura debe tener un cuidado pastoral de las almas, debe prestar atención a personas, vocaciones y carismas, debe presidir en el amor. Y para ello necesita una serie de virtudes, humildad, paciencia, etc., que enumeró.

         Hasta aquí lo que yo fui captando como claves de su ponencia. Una disertación dirigida a curas, tal como indicó al comienzo de la misma, olvidándose (una vez más) de que la convocatoria era abierta y de que se encontraban en la sala también seglares, además de religiosas. Una exposición iniciada con el saludo de rigor a los obispos presentes, no recordando el nombre de uno de ellos y olvidándose de que había un tercero no en primera fila sino mezclado con el auditorio: el zaragozano José Alberto Serrano, obispo en Zimbawue.

         La impresión general, corroborada desde el principio, era la de que tenemos un obispo con una teología digamos que preconciliar, aunque intentando mostrarse en línea con el Vaticano II ya que ningún Concilio, afirmó, contradice a los anteriores. En todo caso, haciendo una lectura de este último desde las claves de Trento y del Vaticano I. Ya se sabe que todo documento, sobre todo si es amplio y con múltiples facetas (como es el caso de la Biblia y de las declaraciones conciliares) se presta a interpretaciones diversas, a elegir entre su textos lo que creemos subjetivamente más importante o que más confirma nuestras propias ideas. A todos nos pasa, incluso a los obispos. Y el nuestro pienso que, además, está muy influido por la doctrina medieval de San Anselmo tan repetida en tiempos pasados pero todavía hoy subrayada por los conservadores: la de que el pecado original fue de una gravedad infinita ya que ofendió a un Dios infinito y sólo podía ser perdonado a través del sacrificio cruento de Alguien, como Jesucristo, mediador divino, a la altura del ofendido. Gracias a la muerte cruenta de su Hijo, a quien envió al mundo para morir por nuestros pecados, como cordero expiatorio, el Dios Padre se quedó satisfecho. Es ésta una imagen de Dios tan cruel que por ella no podemos identificar a Dios como Padre sino como Juez implacable, sin sentimientos. Y esta idea de Dios nos aleja y aleja a mucha gente de Dios, en vez de acercárnoslo.

         En la disertación episcopal, apoyándose en una teología concreta, pero como todas parcial, revolotea la idea de que sólo “su” teología es la legítima poniendo en duda la validez o incluso eclesialidad de las restantes. Éste es un problema muy serio que conduce a la intolerancia y llega incluso a “arrojar” fuera de la Iglesia a quienes no piensen como ellos. Ésta es la raíz del llamado “pensamiento único” teologal que lleva a considerar sospechosos de herejía a los que no comulgan al cien por cien con ellos. Desgraciadamente desde hace unos años estamos sufriendo estas intolerancias que a veces descienden hasta los detalles más insignificantes. Un pensamiento único que lleva a una praxis igualmente única, a la uniformidad, a la disciplina militar, a un ejército en plan de batalla contra los que no piensen como ellos. Un pensamiento que se apoya en lo externo, en los ritos y gestos de un pasado que tras el Concilio Vaticano II creímos ingenuamente que quedaba superado. Y volvemos, por ejemplo, a una liturgia no de fiesta, de comunidad participante, sino de ritos sin significado para la gente actual.

         La idea del pecado lleva a la de sacrificio. No es de extrañar que la plegaria eucarística preferida por nuestro obispo sea la primera, la que más destaca el carácter sacrificial de la misa. Y como el sacrificio requiere de sacerdotes que lo ofrezcan, aunque se trate de un sacrificio único, muchas veces repetido o actualizado, el ministerio fundamental del cura tiene que ser el del culto, el de mediador entre Dios y los hombres, el que por eso mismo ocupa un escalón superior por su carácter especialmente sagrado o consagrado. El que los demás cristianos sean también sacerdotes por su bautismo, hayan sido injertados en el mismo Cristo, no merece mayor comentario sino tan sólo marcar las diferencias. El sacerdote-sacerdote es el cura y punto. Es el que está “marcado”, el que tiene una “configuración ontológica” con Jesucristo, es decir, está unido al ser de Éste, son como carne y uña, no como el resto de los fieles. No me parece justo y estas ideas conducen a separar al cura de los llamados “fieles”, a ponerlo al frente, como dirigente de la Iglesia en todos los niveles, rechazando por tanto cualquier parecido con una democracia y convirtiendo a la Iglesia en una monarquía y, además, sagrada, jerárquica (=poder sagrado). El cura no puede ser “delegado” de los fieles, ni siquiera de sus iguales compañeros curas, subrayaba el prelado; nada de ser delegado de los de abajo: lo es de los de arriba, delegado del obispo. Por eso nada más llegar a la Diócesis cambió en el Anuario el nombre de “Delegados Diocesanos” por el de “Delegados Episcopales”.

         Insistió en que las dimensiones cristológica y eclesiológica son necesarias, pero en su disertación se inclinó claramente por la primera y, además, de relación individual del cura con Cristo, y dejando en muy segundo lado la segunda. Fue unilateral, al tiempo que, curiosamente, rechazaba la supuesta unilateralidad de los teólogos a los que criticó, unilateralidad con la que ellos no estarían en absoluto de acuerdo. El problema no es ése sino el de la concepción de la Iglesia: una Iglesia piramidal, la de Trento o la del Vaticano I, o una Iglesia pueblo de Dios, comunidad corresponsable. Nada parecido a un Pueblo ni mucho menos a una comunidad corresponsable (los responsables son los sacerdotes ordenados). Nada de tener en cuenta el Cuerpo Místico o la Iglesia como Cuerpo de Cristo cuya cabeza es Él mismo. Aquí la cabeza parece ser el clero, lo cual es lógico si aceptamos esa configuración ontológica, ese ser el cura la representación viva del mismo Jesucristo. ¿Y los seglares?, no están llamados a ser otros Cristos, injertados en Él? Eso no lo considera o lo olvida nuestro prelado.

         Al cura se le asigna un papel casi exclusivamente cultual. El cura en el templo. Lo importante es el culto. El mundo queda aparte. Ya nos lo expresó cuando al comienzo de su “mandato” nos dijo que la economía diocesana debía tener las siguientes prioridades: 1º) el culto, 2º) los dedicados al culto, o sea, los curas, 3º) lo que quedara para los pobres. Y un culto sacrificial, siendo el cura el mediador. No es de extrañar que al ministerio llamado “pastoral”, es decir, a la evangelización no sólo en el culto sino también más allá de él, apenas le dedicara unos tres minutos y de corrido al final de la ponencia. Parecía dar la razón a los que opinan que a nuestro obispo le va más la restauración de los templos (en donde se le reconoce gran habilidad para obtener fondos de los poderosos) que la pastoral diocesana. Para nada habló de las comunidades cristianas, de la relación entre ellas y sus miembros sacerdotes, como no fuera para afirmar que el cura está al frente y punto, como quien preside, como Jesucristo. Y, por supuesto, no hubo mención alguna para los pobres, no citando al documento del Vaticano II, la Presbiterorum Ordinis, tantas veces citado por él, en cuyo número 6 se afirma que “a los curas, de modo particular, se les encomiendan los pobres”. Parece que los curas, según nuestro prelado, tengamos que estar por encima de la realidad, no enfangándonos en la vida de los necesitados y de sus problemas, sino atendiendo limpiamente a las almas, dándoles consejos caritativos. Lo siento, pero no estoy de acuerdo.

Pepe Nerín

10.2.2010