UNA EXPERIENCIA

DE REVISIÓN PARROQUIAL


Durante tres semanas completas hemos estado realizando en la parroquia de Begoña (Zaragoza) una experiencia muy interesante de revisión parroquial, tratando de tomarnos el pulso de nuestros ánimos, afrontando diversas situaciones básicas y apuntando líneas de futuro y compromisos concretos. Al final nos hemos reunido en Consejo Parroquial para dar el visto bueno a los resultados de este esfuerzo.

Para ello nos hemos servido de un documento base elaborado desde la parroquia en el que enumerábamos las claves fundamentales en que, a nuestro parecer, tiene que moverse una parroquia (evangelizadora, Pueblo de Dios y en medio de la realidad de la gente) y definíamos las funciones de ésta como a) foco de vivencia cristiana, de espiritualidad y celebrativo, así como de compromiso, b) lugar de encuentro y de salir al encuentro, y c) foco cultural. En el mismo documento se analizaban plataformas tan importantes como el Consejo Parroquial, la Comisión Permanente y la Junta Económica, y se impulsaba a profundizar en el papel de laicos y curas así como en la relación con la Diócesis, con la Vicaría y con otras parroquias.

Nos hemos atrevido a reunirnos a las cinco y media de la tarde durante tres domingos seguidos, habiendo logrado una participación estable entre 25 y 30 personas, y finalmente se ha reunido el Consejo Parroquial el sábado siguiente con participación de todos los consejeros, a excepción de varios que han justificado su no asistencia por compromisos adquiridos anteriormente.

Fruto de este esfuerzo ha sido la remodelación del documento con algunos matices y, sobre todo, la aportación de una serie de pistas muy concretas para seguir trabajando después del verano en orden a configurar una planificación parroquial a corto y medio plazo. Todo ello puede leerse (incluidas las transcripciones casi literales de las reuniones) en la sección "parroquia" de esta página web. El Consejo ha decidido organizar una serie de bloques (cuestiones que afectan directamente al Consejo y a la Comisión Permanente del mismo, cuestiones relacionadas con la economía, con lo social, con la formación...) y aprobar un organigrama operativo parroquial en el mes de septiembre.

Cuando iniciamos esta experiencia manifestamos claramente que nuestros ánimos estaban un tanto bajos, como desinflados, y que necesitábamos un revulsivo comunitario para integrar en él lo personal. Una vez terminada esta primera parte del proceso (la segunda continuará tras el verano) podemos ya llegar a algunas conclusiones en relación con todo lo que hemos hecho en estas tres semanas:

- Merece la pena reunirse y, además, en plan abierto, para que participen todos los que quieran. Se trata de una gran experiencia comunitaria y, por ello mismo, democrática.

- Merece la pena coger el toro por los cuernos y hacerlo, además, desde la más completa serenidad y cortesía. En ningún momento nos hemos levantado la voz y el respeto ha sido total a la hora de escucharnos.

- Merece la pena arriesgarse y romper esquemas, empezando por los horarios de las reuniones.

- Merece la pena que estas cosas se hagan con "luz y taquígrafos", sin ningún tipo de secretismos a los que nos han acostumbrado a sufrir en nuestra Iglesia, difundiendo prácticamente en plan literal todo lo que se dice en la reunión para que otros, que no han podido acudir, puedan enterarse de todo lo hablado.

- Merece la pena que no sólo hablemos de "acción" sino también de "ser", que expresemos nuestros sentimientos y los pongamos en común, sin miedo a reconocer nuestras limitaciones, nuestras oscuridades, dudas y estados de ánimo.

- Merece la pena utilizar las nuevas tecnologías de Internet para informar y comunicarnos. El hecho de que a los dos días ya estuviera toda la información "colgada" en la página web ha dado gran agilidad al asunto y añadido interés al mismo. Eran varios los que acudían a las reuniones con el texto "bajado" de Internet y analizado.

- Merece la pena que los curas demos el callo, incluso más que los demás, a la hora de ayudar a organizar y desarrollar este tipo de trabajos parroquiales ya que para algo estamos "liberados" y cobramos un sueldo.

- Merece la pena afrontar la incierta realidad de nuestro presente y de nuestro futuro parroquial y eclesial, y hacerlo "reunidos en el nombre del Señor", sintiéndonos meros instrumentos que tratan de colaborar en la construcción de su Reino.

Merecen la pena muchas cosas y no es cuestión de cansar alargando la enumeración de las mismas. Ciertamente nos hemos reunido sin la presencia de instancias "superiores" (arcipreste, vicario, obispo), pero se ha tratado de un primer paso ya que pensamos invitarlos a la segunda fase de este proceso a realizar a partir de septiembre con el fin de que nuestra dimensión eclesial se haga más explícita.

Esta última observación me remite finalmente a la siguiente cuestión: es preciso que nos movamos en las dos dimensiones, la macro y la micro, la dimensión diocesana y la parroquial, la estructura global diocesana y la estructura particular de nuestra parroquia. Hace falta analizar, criticar y presentar propuestas de cara a la Diócesis, pero, al mismo tiempo, hemos de saber autoanalizarnos, criticarnos y revisarnos a nosotros mismos. Si pedimos un cambio diocesano hemos de estar dispuestos incluso a adelantarnos intentando cambiarnos a nosotros mismos. Hay logros que tal vez no consigamos a corto plazo en la Diócesis, pero también es verdad que esto no es excusa para no intentarlos en nuestra realidad parroquial más cercana en donde gozamos, y esperemos que por mucho tiempo, de suficiente autonomía. No podemos estar esperando al nuevo Obispo como si él nos tuviera que sacar las castañas del fuego: ni lo va a hacer ni es su misión. Arreglemos "nuestra" casa y, al mismo tiempo, ayudemos a arreglar la gran casa diocesana. Y, sobre todo, dejémonos ayudar por Dios Padre en esta tarea de seguir los pasos de su Hijo y hacerlo con su mismo Espíritu.