ÉRASE UNA VEZ
Érase una vez un gobernador romano encargado de la administración de una de las provincias del Imperio. Le había sido encomendada esta misión habida cuenta de su habilidad en el cuerpo a cuerpo y teniendo en cuenta que en Roma se hallaban muy preocupados porque los indígenas de aquel territorio no se mostraban muy entusiasmados a la hora de alistarse en las milicias que en otros territorios ampliaban constantemente con sus victorias los límites de aquel Imperio sin igual. Así que el nuevo poncio, procedente del este, se dispuso a cambiar la historia de su nueva provincia aumentando las dotaciones militares con las que se suponía se dispararía su prestigio entre los círculos del poder y tal vez le serviría de lanzamiento hacia una plaza senatorial a la que, según decían las malas lenguas, aspiraba desde antaño.
Su entrada en la provincia fue como la de un elefante en una cacharrería. En poco tiempo puso la administración patas arriba y agotó a cuantos subalternos intentaron seguir su ritmo, aceleró los planes de reconstrucción de cuantos palacios aureolaban los brillos imperiales y trató con astucia de atraer hacia sí a los poderes económicos con los que financiar sus intentos de convertir a su capital provinciana en una sede admirada por doquier.
Los ciudadanos contemplaban sorprendidos las andanzas y correrías de su nuevo gobernante, comentaban entre ellos los nuevos usos y costumbres, pero no modificaron su recelo ante la milicia y siguieron dedicándose a sus cosas dando la espalda a los aires guerreros. Por todo ello, nuestro distinguido protagonista no tuvo más remedio que modificar su estrategia: “importaremos milicianos de otras provincias y acabaremos con esta sequía militar que puede llevarnos a estar a merced de nuestros enemigos”.
Y dicho y hecho. Grandes contingentes venidos de tierras lejanas fueron ocupando las plazas dejadas vacantes por los indígenas. El futuro parecía transformar a mejor un pasado digno de olvidarse. Los nuevos militares fueron sometidos a entrenamientos específicos procurando el gobernador estar en contacto directo con los recién llegados. Tal era el grado de intimidad que se iba estableciendo entre ellos que en el palacio del primer regidor se organizaban grandes cenas hasta altas horas de la madrugada en las que el gobernador se explayaba sin reparos ante las jóvenes milicias desvelando sus filias y sus fobias.
A su sombra fue surgiendo la figura de un valido cuyo poder iba en aumento por momentos. Se adjudicó altos grados militares y se convirtió en un virrey que hacía y deshacía con los recién llegados, marginando a los que tenían el encargo de instruir a los nuevos guerreros, asumiendo competencias cada vez más amplias. Y se produjo la paradoja de que el enemigo exterior dejó de interesar y la guerra se hizo presente en aquella provincia romana entre soldados aparentemente de las mismas huestes.
Llegó un momento en que la confusión se adueñó del territorio. Nadie parecía fiarse del vecino, nadie sabía quién era de los nuestros o de los otros, nadie se aclaraba en lo relativo a las armas que utilizar. Soldados valerosos fueron marginados mientras se encumbraba a mílites sin talento. Buenos militares venidos de lejos y que habían abierto sus ojos generosos a la nueva realidad fueron tachados de la lista mientras se aceptaba a los espabiladillos de turno que también los había. Tan pronto se abría la mano como se cerraba al descubrir con horror aspiraciones no muy divulgables. Hubo militares que se enriquecieron a base de esquilmar lo que les había sido confiado. Árboles de crecimiento rápido fueron tapando el bello bosque que rodeaba la ciudad y las calzadas romanas que antes unían y organizaban el territorio fueron cubriéndose de malezas o sus piedras fueron arrancadas impidiendo de este modo avanzar a los sofisticados carruajes. Ante esta situación muchos militares indígenas optaron por limitarse a sus cuarteles, otros, haciendo de tripas corazón, siguieron colaborando con el gobernador y el resto, envejecido, suspiró por la calma y el sosiego de una jubilación digna de respeto.
Llegó un momento en que nadie sabía a ciencia cierta lo que estaba ocurriendo y, además, en muchos momentos llegó a desconocerse el paradero del gobernante en quien el Imperio había depositado tantas esperanzas. Lo buscaron por todos los lugares en los que se suponía era necesaria su presencia pero nadie era capaz de dar razón de él. Fueron a encontrarle junto a los militares heridos o entre aquellos otros enfermos que necesitaban curas urgentes, pero éstos no habían recibido el consuelo de su asistencia. Indagaron por si había dejado algún escrito exponiendo sus planes de actuación, pero, por desgracia, nada de ello apareció.
Mientras tanto el pacifismo fue ganando terreno entre la población. Sentían que no necesitaban militares, muchos de los cuales, además, hablaban lenguas extrañas y mandaban cosas incomprensibles. La vida les llevaba mucho más allá de las antiguas e inservibles estructuras y se fueron alejando de aquellos palacios que cada vez se mostraban más como signos de una decadencia inevitable. Rechazaron seguir recibiendo órdenes militares y prestaron oídos a nuevos portavoces que hablaban de paz, de gozos y alegrías, de nuevos horizontes que nada tenían que ver con viejas batallitas. Y se fueron abriendo nuevas sendas, más humildes que las anteriores, por las que ciertamente no podían transitar, debido a su tamaño exagerado, los viejos carruajes imperiales pero por las que caminaban su orgullo liberado los nuevos ciudadanos. Se talaron los árboles molestos y el bosque recuperó su esplendor original.
Pero a la cabeza del Imperio volaron las noticias de la nueva felicidad de la provincia y el viejo Emperador recibió fuertes presiones para que impidiera que en lugar de militares armados hasta los dientes ocuparan sus plazas artesanos y músicos, poetas y astrónomos, extranjeros con ansias de paz y deportistas del amor universal. Y al lema de “sólo la guerra nos hace libres” las huestes imperiales se dispusieron a acabar con aquella rebelión tan peligrosa.
Pepe Nerín
7.10.2009