ROSAS Y ESPINAS

 

Me entero que van a beatificar a los curas asesinados en la Guerra Civil, son más de quinientos según creo. Y no me gusta. Yo le diría a la Iglesia -o a la mitad de la mitad porque iglesia son todos los fieles y no sólo los obispos-  lo que se dice de la rosa: “No la toques ya más que así es la historia”. No se trata de olvidar los nombres de las víctimas, de los santos, que lo son para los fieles los curas asesinados por ser curas, y no les falta razón porque la tienen toda. No es eso, que los recuerden. Pero pido, por el amor de Dios, que no los saquen a la calle como banderín de enganche  para ninguna  cruzada. Que los recuerden como se recuerda en casa a los muertos, a los queridos antepasados, cuyas imágenes están sobre la cómoda, en su sitio, ocupando el lugar que les pertenece, muy adentro, en el corazón. Y también por supuesto como recuerdan -¡cómo podrían olvidarlas!- los familiares y amigos a las víctimas del terrorismo. Ojalá recordáramos todos los supervivientes a todas las víctimas inocentes de la barbarie de la Guerra Civil y de todas las guerras. Ojalá recordáramos  los que vivimos en paz a los que descansan en paz y, a veces -¡no hay derecho, es indecente!- en el olvido. No podemos disfrutar de la cosecha regada con la sangre derramada injustamente, no podemos ir al bollo y dejar a las víctimas en el hoyo. Qué menos que recordar lo mucho que ha costado a otros la libertad, el bienestar y la paz que disfrutamos. ¿Y qué otra manera hay mejor para recordarlo y para honrar la memoria de las víctimas que ponerlas a todas a un lado, contra la injusticia, y nosotros con ellas, juntos, en defensa de la justicia? Los desastres de la guerra sólo sirven como recuerdos para la paz. Eso es lo que pienso, y si no podemos vivir en paz con nuestros recuerdos lo mejor es olvidarlo. Pienso también que frente a la democracia no hay partidos, los hay dentro de ella. Y que tampoco hay partidos ni banderías, o no debería haberlos, frente a las víctimas de todas las injusticias.

 

Si es  indecente olvidar a las víctimas asesinadas, peor aún es sacar su nombre a la calle y levantar su memoria  para hacer una guerra que no es la suya. Sé de lo que hablo. Los mártires de la Guerra Civil, los caídos de un lado, cuyos nombres han estado expuestos en público durante tantos años en las plazas y en las paredes de los templos, no son todos los mártires: los hay del otro lado, cristianos incluidos,  y por supuesto muchas personas honradas que merecen el mismo reconocimiento y nunca lo tuvieron en público. Bueno, les ha llegado la hora y lo celebro. No me gusta  que se  olvide a ninguna de las víctimas. No me gusta que se toque la rosa por unos contra los otros, que unos quiten y otros agiten la memoria para sacarse una espina. Y lo que menos me gusta es que se quiera pinchar con ella las ruedas de la paz y hacer una “cruzada oscurantista” contra un  Estado laico.

 

¿De qué tienen miedo los obispos? La laicidad no es el peligro, es la oportunidad para una fe responsable. Sí lo es para la rutina, la pereza mental, la superstición y  la tranquilidad de los pastores que temen perder su rebaño. Sí lo es para cuantos están convencidos de poseer  la verdad y poder administrarla como se administra una hacienda, en vez de buscarla como se busca el bien común y se defiende... Sí lo es para toda clase de caudillos, dictadores, demagogos y oportunistas que pactan con Dios y con el diablo si es preciso para  conseguir lo que pretenden. Pero no lo es para la asamblea de los creyentes, para la iglesia de Jesús. El mayor peligro para esa iglesia son hoy los “cristianos ateos”, los teocons, los que se aprovechan  de la fe del pueblo y se llevan el gato al agua de sus intereses.  Los “ateos devotos” que quieren el voto de los cristianos y a quienes  importa un bledo la fe en el Evangelio. Ése es el lobo, y el peligro que se entiendan con los pastores.

 

Una iglesia libre no necesita pactar con el César para sobrevivir en el mundo, ni combatirlo si la deja vivir en libertad. No necesita que el Estado le eche una mano, ni vender su libertad por un plato de lentejas. Una iglesia libre da al César lo que es del César, ni más ni menos, y nunca su conciencia. Ni pone al servicio de la política lo más santo de su tradición.

 

José Bada

28.4.2007