ROUCO TAMPOCO QUIERE IRSE

 

            Se me ocurre este título al hilo de las manifestaciones de los últimos días en los países árabes en contra de unos dirigentes que han instalado unos regímenes autoritarios y que se perpetúan en el poder desde hace más de treinta años. Hoy, día, 2 de febrero, que es cuando escribo, han logrado hacer caer al dictador tunecino y mantienen contra las cuerdas al egipcio, mientras los gobernantes de países limítrofes sienten que la marea puede arrastrarlos también a ellos y se aprestan a salvar los muebles prometiendo una serie de reformas que, la historia nos enseña, luego quedan en papel mojado.

 

            Bueno, pues en nuestra Iglesia, con estructuras anquilosadas y encima catalogadas abusivamente como de derecho divino por parte de una jerarquía bien instalada, pasa en principio algo semejante. Y ahí tenemos al presidente de la Conferencia Episcopal Española que, tras tres trienios en el cargo, se apresta a presentarse para un nuevo mandato a pesar de estar ya a punto de cumplir los 75 años reglamentarios para pedir la jubilación. No hay manera. Quiere continuar en el cargo, quiere continuar mandando, quiere ser el primero y que dure. Y el resto de los obispos se disponen a votarlo por amplia mayoría según parece. ¿Es evangélica esta actitud cuando Jesús nos previene frente a ella y envía a los últimos a quienes quieren mandar e imponerse sobre los demás?

 

            ¿Por qué actúan así? Porque el que manda puede llegar a caer en la tentación de que es imprescindible, o de que es el que realmente vale para ese cargo, o que le quedan muchas cosas por hacer, entre ellas, y éste es el caso, seguir condicionando la vida de la Iglesia española y, muy en concreto, el nombramiento de los obispos en línea marcadamente conservadora y dóciles a los de arriba. Ningún aperturismo porque se creen en posesión de la verdad. Ningún giro mínimamente no ya hacia la izquierda sino incluso hacia el centro, hasta el punto de que los obispos españoles en conjunto parecen los más conservadores de toda Europa y casi dejan al papa como progresista por atreverse a decir cosas, combatir pecados internos como el de la pederastia o escribir afirmaciones sobre cuestiones que a ellos les parecen inconcebibles y que rápidamente tratan de matizar para que no cunda el ejemplo.

 

            Y así seguimos con unas estructuras preconciliares, con unas ideas carpetovetónicas en moral y costumbres así como con un desánimo total que surge de ver que todo este montaje cada vez se aleja más de la realidad y que nos estamos quedando a cuadro y con banderitas. No hay manera de que acepten diálogos con la “oposición” y cada vez dan un paso más en la dirección del precipicio. ¡Y llevan así casi 40 años! Pero como lo suyo es eterno… Aparte de que no hay manera de que asuman que no tienen todos por qué pensar lo mismo. Hace poco escribí una carta abierta a un obispo en la que tachaba de “talibán” a uno de sus colegas. Pues bien, el prelado, muy buena persona por cierto, me escribió agradeciéndome la misiva pero matizando que lo de “talibán” no le parecía bien. En definitiva, que se sumergen en un colectivo y prietas las filas, aceptando por supuesto (al menos no dicen lo contrario) las ideas más conservadoras de los más ultras. Esto es corporativismo y así no vamos a ningún lado. ¡Y eso antes de empezar!

 

            Los rebeldes árabes (es decir, casi toda la población) pueden dar un vuelco histórico al panorama de una zona mundial tan conflictiva como la suya. Sus manifestaciones han logrado desalojar a sus gobernantes. Y eso sin propuestas revolucionarias o radicales sino exigiendo lo mínimo, lo que los países europeos y democráticos garantizan: nueva constitución, libertad de expresión, elecciones libres, expulsión de los dictadores. Todo el mundo civilizado lo está reconociendo así estos días. Y curiosamente la iniciativa no la han llevado hasta ahora los grupo islamistas sino que más bien parecen desbordados por esta avalancha humana, lo cual resulta saludable ya que lo peor es que la religión trate de apoderarse de la política, sea la religión musulmana o la cristiana, que hay ejemplos de todo.

 

            Lo que los árabes están logrando, ¿no podríamos lograrlo también en nuestra Iglesia? Pero estamos muy lejos de ello ya que ya se han encargado de que no nos organizáramos, de acallar cualquier crítica, de expulsar al mínimo disidente, de combatir hasta el exterminio libros como el de Pagola que tanto bien han hecho a tantos creyentes y cuyo valor ha sido reconocido incluso por el cardenal ministro de cultura del Vaticano. Pero a estos ultras les da igual y siguen hasta machacar al que se ha atrevido a seguir caminos nuevos para redescubrir al Cristo del Evangelio.

 

            Pero llegará un día en que este abuso antidemocrático de los jerarcas dominantes tendrá que terminar. Esperemos que no tarde mucho. Rezamos para que sea realidad. Pero, al mismo tiempo, es imprescindible que ejerzamos nuestro derecho a la libertad de expresión en nuestra Iglesia sin condenas ni juicios peores que los de la Gestapo, tal como denunció el perseguido moralista B. Häring hace unos cuantos años. Si perdemos el miedo a hablar, si lo hacemos no sólo individual sino también colectivamente digan lo que digan los dictadores de turno, habrá esperanza de un cambio fundamental de estructuras que haga resplandecer a una Iglesia en línea con el Evangelio. ¡Que Dios lo quiera y que nosotros contribuyamos activamente a ello!

 

Pepe Nerín

2.2.2011