SANTOS POLÉMICOS

 

            La reciente beatificación del papa Juan Pablo II ha suscitado polémicas acerca de la conveniencia de la misma. Para unos, la Iglesia, es decir, el nuevo papa Benito XVI, debía haberlo declarado santo inmediatamente (“santo subito”), por aclamación popular (del “pueblo” que en la plaza de San Pedro coreaba esta consigna, que evidentemente no es todo el pueblo) sin esperar a más. Para éstos y para muchos más, entre ellos el stablishment vaticano, JPII representaba y promovía un modelo de Iglesia en el que se sustentan los actuales dirigentes eclesiales, por lo cual podía ser muy conveniente reforzarlo solemnemente y ante todo el mundo, tal como se ha hecho, de ahí la importancia de la beatificación y posterior, y se supone que próxima, canonización. ¡Qué mal va a quedar el próximo papa si no canoniza rápidamente a B16, su predecesor!. Para otros, en cambio, hay tal cantidad de manchas en su pontificado (casos de pederastia, Maciel, condenas, cerrazón, actitud dictatorial, minusvaloración de la mujer, involución, etc.) que su glorificación constituye un auténtico escándalo. Muchos se escandalizan al constatar la rapidez de este proceso mientras que se tienen en el dique seco casos tan ejemplares con los de Juan XXIII y monseñor Romero. Otros recuerdan que sólo JPII ha elevado a más santos a los altares que los proclamados a lo largo de toda la historia de la Iglesia.

 

            ¿Qué decir de todo esto? En primer lugar habría que señalar que beatificar o canonizar a alguien no es un acto de fe, no es la proclamación de un dogma. Es decir, que no obliga a los creyentes a asumir el hecho ni las virtudes ni el sitio en la gloria de la persona elevada a los altares. Es conocido el dicho “no es santo de mi devoción”, algo que popularmente (de nuevo la palabra “pueblo”) se ha dicho siempre. Por eso nos gustan más unos santos que otros, incluso algunos llegan a repelernos un tanto por sus actitudes que en nuestra época consideramos que están fuera de tono (santos que se autoflagelaban sin compasión, que se pasaban toda su vida subidos a una columna, que trataban de llevar la sotana bien pulcra como un valor importante, que hacían culto del sufrimiento y del dolor, etc.). Tampoco la beatificación supone que esa persona fue perfecta en todo lo que hizo (“hasta el santo peca al menos siete veces al día”, también dice el pueblo), e incluso hay santos que llevaron una vida disipada pero que al final dieron un paso decisivo, ofrecieron su vida por los demás y fueron mártires. Evidentemente no nos vale su vida anterior sino tan sólo la decisión final. Ni siquiera que fuera un modelo perfecto que sirva para toda la Iglesia, ya que lo que puede entenderse a nivel de costumbres en unas zonas no es tan fácilmente comprensible en otras.

 

            La Iglesia oficialmente declara que esa persona beatificada o santificada participa de la gloria de Dios Padre. Dicho con otras palabras más tradicionales, que está en el cielo, que se ha “salvado”. Me parece un tanto de atrevimiento el llegar a ese tipo de conocimiento por parte de los humanos, pero puedo aceptarlo ya que la infinita misericordia de Dios me lleva a pensar que lo del infierno está más bien de sobra, aunque bien es verdad que Dios, sumamente respetuoso, respetará también en la otra vida la decisión que cada uno de nosotros tome en ésta acerca de su destino final; pero hay tantos condicionantes, tantas ignorancias de nuestra parte, tantas decisiones que no tienen un fundamento que consideráramos válido para siempre, que prefiero creer en la bondad de Dios, lo cual sí que es ciertamente un dogma de fe.

 

            Para llegar a la declaración oficial, se establece todo un tribunal, toda una investigación sobre su vida y milagros (nunca mejor dicho). Y aquí llega un punto clave: se exige que el “venerable siervo de Dios” realice un milagro para ser beatificado y dos más para ser santificado. Y, naturalmente, que sea comprobado por los técnicos “competentes”. ¿Hay alguien competente en milagros? Esto es como forzar al candidato a beato o incluso al mismo Dios a intervenir en las leyes de la naturaleza para así manifestar su voluntad. ¿Se puede forzar a Dios a hacer un milagro? ¿Y qué es un milagro? Porque en la práctica siempre se trata de algo físico (curaciones de enfermedades oficialmente declaradas incurables por los médicos). ¿Se puede comprobar esto? ¿Alguien puede decir que es un “milagro”? En el mejor de los casos, ¿no cabría decir que se trata de algo (una curación) que en el momento actual de la ciencia es inexplicable científicamente? ¿No podría ser que en el futuro se descubriera una explicación científicamente intachable? Y ¿por qué sólo basarse o exigir milagros “físicos”? ¿No hay otros, llamémosles “milagros”, de otro tipo? Ante determinados hechos, cambios de actitudes, eventos, solemos decir “esto ha sido un milagro”. Con todo, siempre se tratará de una evaluación, de un juicio de valor, de un dar a un hecho una trascendencia que para otros será considerada indebida.

 

            Personalmente, estimo que estos procesos son bastante inconsistentes. Ya he hablado de la exigencia de milagros. Pero luego está la recogida de datos, siempre mediatizada, quiérase o no, por las actitudes o ideologías de los investigadores. Lo que yo considero mérito en una persona, no tiene por qué coincidir con lo que otro observador considera. Hay quienes están, por ejemplo, encantados, con la vida y obras del fundador del Opus Dei, y me parece muy bien. A mí, en cambio, no me convence en absoluto por sus, para mí, abundantes oscuridades. ¿Por qué ellos se han “llevado el gato al agua” y han conseguido su canonización mientras que otros protestamos en su momento contra ella y no conseguimos nada? Aquí entran ya otros factores consecuencia de la dinámica de estos procesos: tener influencia en el Vaticano, disponer de grandes sumas de dinero para gastarlas en estos procesos que suelen ser costosos, potenciar una determinada ideología que goza de las bendiciones de quienes mandan, disponer de medios de comunicación, propaganda, etc. para influir en los resultados, etc. ¿Hay igualdad de condiciones en la línea de salida? En absoluto. Está claro que logrará seguramente la canonización quien tenga detrás de sí una potente organización eclesial, mientras que otro simple mortal no tiene nada que hacer. No en vano la inmensa mayoría de los santos proclamados eran religiosos o fundadores de órdenes, congregaciones o movimientos. ¿Se está favoreciendo con este sistema a los que tienen más poder? Indudablemente.

 

            La ideología influye claramente tal como vemos en la práctica. ¿Por qué fue tan rápido el proceso de Escribá o el de JPII, mientras que otros como los anteriormente mencionados tienen que esperar y ya veremos si lo consiguen? Pues porque los primeros eran profundamente conservadores, como nuestros actuales dirigentes eclesiásticos, y los otros presentaron una alternativa distinta en la Iglesia. Y no vale ni el que hayan sido mártires, como es el caso de Romero. Aquí ni el martirio vale nada comparado con la ideología, el dinero o el poder.

 

            Lo siento, pero todos estos factores, y otros más que se podían enumerar, me inclinan a ser profundamente escéptico ante estos procesos oficiales de canonización. Confío en la bondad de ser humano, aunque soy muy consciente de sus imperfecciones e incluso de sus faltas o pecados. Pero que no traten de imponerme modelos que, personalmente, no consigo identificar en muchos de sus aspectos con el Evangelio. Prefiero creer, como he dicho antes, en la infinita misericordia y bondad de Dios. Y en estos casos estoy también a favor de los humildes. Por eso pienso que mi hermana, que murió hace medio año de cáncer y que vivió durante cuarenta años en un pueblo sin más, es tan santa como el que más y está en la gloria del Padre, en donde no hay jerarquías ni grados, aunque no pidamos su canonización ni tengamos medios para intentar siquiera comenzar el proceso. ¿Es evangélico gastar muchísimos millones en estos procesos, rodearse en su proclamación por los poderosos de la tierra, dar una imagen de poder mundial incompatible con el Cristo marginado y asesinado fuera de la ciudad santa? Admiro la santidad de muchas de las personas que me rodean, con sus fallos y errores, pero con su amor manifiesto. Entiendo que muchos tengan o tengamos a determinados “santos” como modelos a seguir en determinados de sus aspectos, pero que no nos impongan (y a través de un proceso muy criticable) modelos tan parciales como todos los demás. Porque modelos válidos para toda la Iglesia y en todos sus aspectos, tan sólo uno: el de Jesús, crucificado, muerto y resucitado.

 

Pepe Nerín

2.5.2011