SE ESTÁN CARGANDO

ALGO FUNDAMENTAL

Hace unos años, creo que tres, en las últimas elecciones de arciprestes, me sorprendió el coadjutor de mi parroquia diciéndome que venía de la reunión de curas del arciprestazgo y que me habían elegido como su representante en el Consejo del Presbiterio. A continuación me explicó que en primera votación había salido otro de los sacerdotes pero que renunció inmediatamente al cargo. Viéndose bloqueados, y no presentándose ningún candidato, optaron por elegirme a mí, a pesar de que no me hallaba presente. Mi sorpresa procedía también del hecho de que, por unas u otras razones, yo no me he caracterizado en Zaragoza por mi asidua asistencia a este tipo de reuniones.

            Mi primer paso fue dirigirme a hablar con el vicario de mi zona para comentarle los motivos por los cuales yo tampoco podía aceptar tal encomienda. Le expliqué que no me parecía de recibo elegir a una persona en su ausencia, sin darle la oportunidad de explicar públicamente si estaba o no de acuerdo. Pero, sobre todo, le comenté algo que viene repitiéndose desde hace muchos años: que, como regla general, los curas no tienen ganas de asumir esta responsabilidad ya que, por una parte, piensan que el citado Consejo no sirve apenas para nada y que, por otra parte, el elegido no siente el respaldo de sus compañeros ya que lo eligen normalmente para cubrir el expediente. No es de extrañar que estas votaciones resulten penosas. Todo ello se lo comenté al Vicario, añadiendo que, por supuesto, todos los sacerdotes del arciprestazgo somos, en principio, posibles candidatos al cargo y que yo mismo, a pesar de mis reticencias, estaría dispuesto a reconsiderar mi posición si entre todos hiciéramos un esfuerzo de reflexión y nos planteáramos en serio la validez práctica del Consejo, su funcionamiento, la relación curas-arcipreste, el papel del elegido y cuantos aspectos están relacionados con este organismo. Si debatimos en serio, le dije, si aportamos nuestras ideas para un buen funcionamiento del mismo, si nos comprometemos a apoyar al elegido, entonces no debería haber inconveniente para que cualquiera de los curas del arciprestazgo asumiéramos la elección que nos hacen los restantes.

            He de señalar que no vi del todo convencido al Vicario. A él, sobre todo, parecía interesarle que eligiéramos a una persona, que le diéramos el nombre para así presentarlo en el Obispado completando la lista. Conseguí que convocara una nueva reunión de curas, pero me llevé la mala sorpresa de que el Vicario empezó insistiendo en que le diéramos un nombre, en que eligiéramos a alguien, porque los plazos para presentarlo se estaban acabando. Invitó a que nos presentáramos candidatos, pero ninguno dio un paso al frente, lo cual provocó el enfado del buen señor y el bloqueo consiguiente. Ni debate ni historias. Al final optó por la solución menos onerosa: pedirle al arcipreste saliente que renovara en el cargo, a lo cual éste aceptó sin más comentarios.

            No sé cómo se han desarrollado las actuales elecciones al Consejo del Presbiterio en mi arciprestazgo ya que, por motivos de salud, no acudí a la reunión en que se votaba. De otros arciprestazgos, no obstante, me han comentado que la tónica ha seguido siendo la misma que en anteriores elecciones: escaqueo de los curas y normalmente reelección de los que ya lo eran. Me da la impresión de que no hemos avanzado apenas y que, por supuesto, sigue sin haber un auténtico debate sobre el significado y funcionamiento del Consejo del Presbiterio. Un organismo que, como dice su nombre, está formado por personas cuya misión es “aconsejar” al obispo en el desempeño de sus funciones pastorales, especialmente en lo relativo a los presbíteros, pero que en la práctica muchas veces se convierte en un órgano en el que los curas reciben consejos del prelado y no al revés. La última sorpresa ha sido enterarme de que como secretario del mismo se ha elegido al actual Vicario General, dándole de esta forma un tono todavía más oficialista, más controlado por los actuales órganos de gobierno de la Diócesis.

            Los diversos Consejos (Pastoral, Presbiteral, etc.) surgen de la intención del Concilio Vaticano II de organizar la Iglesia de una forma más corresponsable, de comunión corresponsable. Los sacerdotes somos llamados oficialmente “colaboradores” del obispo y, por tanto, es natural que ejerzamos como tales, que le expresemos con plena libertad nuestras opiniones, que le aconsejemos, pues de lo contrario nos convertimos en meros peones reemplazables y recolocables sin más. En la práctica, en los Consejos actualmente existentes, todo parece depender de la voluntad del obispo, que puede dar más o menos cancha. No parece que nuestro actual prelado esté muy interesado en que estos Consejos funcionen y, de hecho, las convocatorias de sus reuniones se van espaciando. Tampoco parece tener mucho interés en la representatividad de unos curas por otros; tal como expresó en su ponencia en las Jornadas de Teología de Aragón, en la Iglesia no hay delegación de abajo arriba sino tan sólo de arriba abajo: los curas somos delegados suyos y no de nuestros compañeros y no digamos ya del pueblo fiel. Por eso lo lógico es que pueda sentir este Consejo, como los restantes, como un organismo en el que comunicar sus decisiones para que los curas a su vez las transmitan a otros. Tampoco le veo muy interesado en los debates, a poner blanco sobre negro las cuestiones, a analizar los pros y los contras, a asumir las críticas necesarias: eso le llevaría a ir asumiendo un concepto de Iglesia con el que no parece precisamente comulgar.

            Y, sin embargo, es preciso agarrar el toro por los cuernos, le guste o no a quien corresponda y hacerlo con valentía, sin miedos a que quien sea pueda enfadarse. ¡Pues peor para él! El desengaño de los curas con respecto a este funcionamiento pseudocomunitario y pseudocorresponsable es manifiesto. Cada vez se espera menos de los de arriba, cada vez se tienen menos ganas de intentar una renovación necesaria y saludable, cada vez se pasa más de lo que no atañe a nuestro pequeño círculo, lamentándose al mismo tiempo de que las cosas globales funcionen tan mal. Cada vez se cree menos en los documentos que puedan surgir de estos organismos. Yo diría que, a consecuencia de todo esto, cada vez somos menos Iglesia ya que este concepto define a lo que debería ser una auténtica asamblea de creyentes en Jesucristo, movidos por su Espíritu que nos hace buscar y expresar la voluntad del Padre. Los primeros cristianos lo tenían muy claro y potenciaban las asambleas para tomar decisiones en común. Hoy en día se nos está sustrayendo a los curas y a los creyentes laicos esta posibilidad: ¡ay de quienes de esta forma se están cargando la Iglesia-asamblea de creyentes!

Pepe Nerín

15.2.2010