SE QUEDARON SIN VOZ

Y SIN PALABRAS


Este pasado 16 de febrero nos reunimos un montón de curas de la Diócesis y algunos familiares para celebrar las bodas de oro de la ordenación sacerdotal de un nutrido grupo de ellos precisamente en el día en que nuestro Arzobispo cumplía los 77 años. Esto último nos recuerda que ya lleva dos de "prórroga" en su ministerio episcopal.

Lo lógico era pensar que los sacerdotes iban a recibir un merecido homenaje pero se impuso otra lógica: la del absoluto protagonismo del prelado. Él fue quien nos dio la conferencia, en la cual desarrolló la identificación del cura con Cristo, y lo hizo en el tono teológico a que nos tiene acostumbrados: sumergiéndose en montones de citas, manteniendo en todo momento una ortodoxia sin tacha, pero en un tono monocorde y dedicando tan sólo una línea al comienzo para felicitar a los supuestamente homenajeados. Tras mencionar a la Virgen dio por concluida su disertación, no cumpliendo con el tiempo que para su exposición se le había concedido, por lo cual tuvimos que esperar durante tres cuartos de hora en el pasillo, de pie, charlando en corrillos a que se hiciera la una y comenzara la misa.

El arzobispo presidió la eucaristía y llegado el momento de la homilía fue de nuevo él quien nos dirigió la palabra, extendiéndose durante unos minutos en una a modo de continuación de lo expuesto en el salón de actos. Pese a subrayar la alegría que teológicamente reina en las celebraciones eucarísticas, la eucaristía poco tuvo de ella, aunque las sonrisas afloraron a los rostros cuando el delegado de liturgia surgió repentinamente de uno de los bancos del "pueblo fiel" para avisar del error que se estaba cometiendo: nada menos que el celebrante principal no había presentado el cáliz durante el ofertorio, seguramente a causa del remeneo con el incienso al que era sometido por sus dos acólitos.

Luego accedimos al comedor a través de una sacristía muy poblada y por culpa de las obras que el Ayuntamiento ha empezado a realizar en este sagrado recinto que ha hecho suyo y que va a secularizar municipalmente en breve. Ya se encargó el rector del Seminario en subrayarlo al comienzo del acto, en un tono como de que-nos-echan-los-infieles que hasta se han atrevido a probar la consistencia del techo del salón en el que nos encontrábamos colocando encima de él no sé cuántos miles de litros de agua. ¡Y había resistido! Nos oprimen pero no nos aplastan.

Llegados al comedor, el arzobispo ocupó la presidencia siendo acompañado por sacerdotes de la promoción del 55. La comida fue abundante y sabrosa, servida con devoción y obligatoriedad por los pocos seminaristas que van quedando, y adobada con una humilde faria repartida por el administrador diocesano. En ella sólo resaltaron unas jotas cantadas (aunque no muy bien entendida la letra a causa de la deficiente megafonía tradicional) por un colega encantador que intentó dar calor a la "fiesta". Terminado el acto nos retiramos todos no sin antes recoger las bolsas de propaganda del día del Seminario como se acostumbra en estos casos.

¿Y los homenajeados? No conseguí enterarme de quiénes eran todos ellos ya que en ningún momento oí mencionar públicamente sus nombres y yo había olvidado en mi casa la invitación en la que aparecía el listado. Por otra parte, no estuvo previsto que tomaran la palabra en algún instante, la cual fue monopolizada por el cumpleañero. Ni que yo sepa se les entregó ningún obsequio conmemorativo ni tampoco les vi posar en una foto colectiva ni recibir el aplauso que merecían. Ellos habían iniciado sus estudios en este Seminario de Casablanca y eran ellos los que lo cerraban ya que se nos anunció como primicia que el próximo curso las clases se impartirán ya en la nueva sede de las adoratrices junto al nuevo cinturón de tráfico.

¿Por qué tanta racanería con quienes han entregado 50 años de su vida al servicio de la Iglesia y de la sociedad como sacerdotes? ¿Qué sentido tiene que todo el protagonismo se lo lleve el Arzobispo, cuando a todas luces es menos importante un cumpleaños más que unas bodas de oro sacerdotales que sólo se celebran una vez en la vida? Y no es cuestión de cargar con las culpas al prelado, aunque no puede eximírsele de una evidente falta de sensibilidad. ¿Quién o quiénes organizaron un programa en el que se dejó mudos y pasivos a los supuestamente homenajeados?

Me parece que habría que cambiar de criterios y de una visión eclesial que hace que todo se apoye y se centre en el obispo. ¿Que hay que hacerle un homenaje al arzobispo tras sus 28 años de estancia entre nosotros? Pues hágase, pero no a costa de aprovechar para ello un día en el que los protagonistas tendrían que haber sido otros.

Creo que una vez más se ha desaprovechado una magnífica oportunidad para que unos curas con 50 años de experiencia nos dirijan su palabra, nos expresen sus sentimientos, nos relaten lo que ha sido su vida sacerdotal. ¡Qué menos! Hay mucha riqueza de vidas por ahí a la que no se presta apenas atención. El arzobispo habló de sus libros publicados por la Diócesis y que se regalan gratis en el Arzobispado. ¿No podría editarse una vez al año un librito con testimonios de estos sacerdotes como homenaje a los mismos? ¿O aparecer al menos en el Boletín Oficial, para que no sea sólo la voz de la alta jerarquía la que se proclame en él?

Una Diócesis no es sólo un obispo que atrae a todos hacia él en virtud de que sus ayudantes lo organizan así y él no se niega. Una Diócesis es más, mucho más. No es sólo una palabra sino muchas palabras. El respeto debido al Arzobispo también se lo debemos al resto de los miembros de nuestra Iglesia, y en concreto a los sacerdotes mencionados y a sus familias.


Pepe Nerín