SI DIOS NO LO REMEDIA
Pues
sí: si Dios no lo remedia, y dudo que quiera hacerlo suplantando lo que
nosotros debemos realizar, en pocos años puede darse un vuelco fundamental en
la composición del clero de
La
situación preocupa cada vez más y por diversos motivos. El fundamental es la
llamada “carencia de vocaciones” al sacerdocio. Con todo, no estará de más ser algo
más precisos en este punto. No hay falta de “llamadas” o vocaciones. Dios sigue
llamando igual que lo ha hecho siempre, no necesitamos “despertarlo” a base de
maratones vocacionales; lo único que ocurre es que llama al seguimiento de su
Hijo, a colaborar en la construcción del Reino, a amar a los demás. Luego
vendrá lo de la “vocación” específica al sacerdocio, que no es una especialísima llamada de Dios (la cual “legitimaría” y
privilegiaría el actual status sacerdotal, algo que nuestros dirigentes ven
imprescindible) sino más bien una llamada de
Pero, ¿es verdad que no hay vocaciones en nuestras comunidades? Yo creo que hay que desmentir este tópico porque es falso. Muchos seglares, religiosos y religiosas, respondiendo a la llamada de Dios al seguimiento, han ido asumiendo diversas responsabilidades en nuestras parroquias, grupos y movimientos, incluidas labores de dirección, organizativas, de apoyo espiritual, etc. Han ido demostrando su madurez y su buen hacer, en muchos casos mejorando claramente la labor de los curas. Han probado con su vida y sus obras que están más que maduros para asumir el ministerio sacerdotal. Lo único que ocurre es que muchos no cumplen las “condiciones” coyunturales que actualmente se exigen para ser cura: están casados, o son mujeres, o no les apetece romper con su entorno vital para pasar seis años encerrados en un seminario. Pero estas “condiciones” son eso: coyunturales, es decir, que la misma Iglesia las puede modificar.
Hace tiempo que me pregunto por qué se “buscan” vocaciones principalmente entre los jóvenes. La palabra “presbítero” es sinónima de “anciano”, senior, maduro. Lo lógico sería que los que acceden a este ministerio tuvieran un recorrido vital de largo recorrido, una experiencia vital que les facultara en el trato con los demás, una madurez que sólo dan los años y las experiencias vitales. Me parece, por consiguiente, que habría que potenciar el acceso al sacerdocio a personas que, como mínimo, hubieran cumplido ya al menos los 35 años, si no más. Y que los jóvenes “seminaristas” hicieran el recorrido vital que todo adulto debe realizar, incluido el trabajo laboral, incluso el matrimonio, antes de que, llegados los años, pudieran ser ordenados sacerdotes. Mientras tanto, su puesto podría encajar mejor con el de “diáconos”, ministerio que habría que potenciar.
Otro gran motivo de preocupación es la llegada de numerosos seminaristas y sacerdotes foráneos que, en muchos casos sin asumir nuestra particular idiosincrasia y nuestra historia diocesana, se han hecho cargo de la dirección de nuestras comunidades imponiendo un estilo que chirría con nuestras costumbres. Junto a personas meritorias las hay, y no pocas, que parece que consideren su parroquia como su cortijo en el que pueden hacer y deshacer a su antojo, como si el párroco fuera un señor feudal y no tuviera que dar cuentas a nadie. Muchos han metido mano en la caja y han dilapidado en poco tiempo las reservas económicas, sin contar para ello con la junta económica. Muchos han introducido unos estilos pastorales conflictivos o han descuidado sus deberes como párrocos abandonando sus parroquias a su suerte cuando ellos, por su cuenta y sin comentarlo con nadie, han decidido hacer viajes al exterior. ¿No hay nadie que les haya hecho saber que la parroquia es una comunidad y que se impone un diálogo pastoral con los seglares para afrontar los problemas y tomar decisiones? Permitid que me cite en este punto: cuando le comunico a mi vicario de zona la necesidad de nombrar a otro cura para hacerse cargo de mi parroquia porque yo voy a estar de baja por mi enfermedad, lo que más me interesa decirle es que, por favor, nombren a uno que entienda que se trata de una parroquia adulta, compuesta por personas adultas que funcionan normalmente sin necesidad de que el cura les vaya marcando, controlando o tomando decisiones por ellas. No hay que llegar como un elefante a una cacharrería.
Bienvenidos sean cuantos, venidos de fuera, quieran incorporarse a la acción pastoral de nuestra Diócesis. Necesitamos cuantas más ayudas mejor. Pero sabiendo el terreno en el que se van a mover, asumiendo una historia diocesana propia, sumergiéndose en una pastoral que no ha empezado con ellos. En cualquier caso, no obstante, se tiene que tratar de un complemento a la labor pastoral que se realiza y no de la única solución que se cree tener a mano por parte de nuestros obispos para suplir la ausencia de vocaciones oriundas. Póngase mucho más empeño en ir reconociendo la madurez de tantos agentes de pastoral que desde años vienen trabajando en nuestras parroquias, ofreciéndoles nuevas responsabilidades incluida la del sacerdocio, sin pretender clericalizarlos para que formen, como hasta ahora, una casta aparte. Y, mientras tanto, ¿hay algún inconveniente para nombrar como párrocos a seglares, religiosos o religiosas, aunque no sean sacerdotes? Porque no creo que sea absurdo que la dirección de las parroquias la lleven los seglares, centrándose los curas en labores más específicas de espiritualidad y celebraciones. Es algo que desde hace muchos años se ha venido realizando, por ejemplo, en los Movimientos de Acción Católica y a gusto de todos.
Finalmente, convendría analizar y profundizar en las experiencias de las llamadas “unidades pastorales”, es decir, en los equipos mixtos formados por curas, religiosos y seglares que se encargan de impulsar la acción pastoral en parroquias o en zonas pastorales. Los clubenitos estamos dispuestos a dedicar a ello nuestras reuniones de este curso para aportar a la comunidad diocesana el fruto de nuestro esfuerzo.
Pepe Nerín
16.9.2009