SIGUE LA CEREMONIA
DE LA CONFUSIÓN
Hace muchos años
que pertenezco a Amnistía Internacional. Hace bastantes más que fui
bautizado. Hace tan sólo unos días que el Consejo Pontificio de Justicia y Paz
publicó una nota en la que anunciaba la “inevitable suspensión” por parte del
Vaticano de las “contribuciones
financieras” a AI por “haber tomado
partido a favor del aborto”, y su presidente el cardenal Renato Martino ha
pedido incluso a los católicos que no la ayuden con su dinero. La sección
italiana de esta prestigiosa ONG - fundada por cierto por un católico
convencido, Peter Benenson en 1961-
galardonada en 1977 con el Premio Nóbel de la Paz, ha contestado
inmediatamente que AI no recibe
ninguna ayuda financiera del Vaticano ni
de ninguna otra institución, de acuerdo con sus estatutos, para salvaguardar su
independencia, y que respecto al aborto lo único que ha hecho es manifestarse a
favor de su despenalización en determinadas circunstancias, en especial cuando
se trate de mujeres violadas como sucede por desgracia masivamente en todas las
guerras. Por supuesto que no haré ningún caso al cardenal Martino, ni al
Consejo Pontificio.
Pero como veo que sigue la ceremonia de la confusión
de la Iglesia
o dentro de ella, con el sesgo de que el humo se extienda más allá de sus
muros, confieso que me siento obligado a dar razón no tanto ya de mi esperanza cuanto de mi
desesperación y la de aquellos, cristianos o no, que la comparten frente a ese
botafumeiro medieval -y no obstante posmoderno- tan impertinente como
desagradable. Advierto por otra parte que esa noticia, o noticias como esa,
dejan de ser un escándalo y que la gente
pasa de ellas, que se vuelve sorda o quizás inmune a esa Iglesia, es decir, a
los obispos y cardenales, al Vaticano y
al mismo Papa, y por un momento pienso
que podría ahorrarme todas mis explicaciones. A lo que me inclina mi cansancio
sin duda alguna, mi inercia o mi pereza, ésa es la verdad, como lo es que
pasaría del tema para irme de vacaciones tan campante si no lo tuviera por
desgracia tan fácil en esta ocasión. Porque todo sigue igual por lo menos desde
que en 1983, el cardenal de Toledo, Marcelo González, y cinco prelados más de
la misma provincia eclesiástica, en una exhortación pastoral a los sacerdotes y
educadores en la fe, después de rechazar de plano la proyectada despenalización
del aborto en España por tratarse según ellos de “un abuso de poder que
inevitablemente confunde y daña la mente
y el corazón de los hombres”, les
animaron a exponer sin ambigüedades la
recta doctrina en la materia y a defenderla “para que la confusión que se está
fomentando no se adueñe de los espíritus”.
Así que repetiré, abreviado, lo que escribí entonces
y sigue siendo actual al parecer ahora,
como lo fue en efecto después de salir del antiguo régimen, del franquismo, y
comenzamos a respirar los aires nuevos de la libertad y de la
tolerancia. Nadie hubiera dicho hace veinticinco años - y yo menos que
nadie- que mis palabras tendrían algún
futuro; pero hoy me horroriza pensar - perdón por la boutade- que puedan ser palabras de vida eterna, al
ver que sigue sin remedio la “Ceremonia
de la Confusión”
que denunciaba bajo ese título.
La doctrina de la Iglesia al condenar el aborto -decía en aquel
tiempo- “no pertenece ya a la ética pública, o civil, sino acaso a la moral de
los católicos y en modo alguno de todos los ciudadanos”. Además una cosa es la
ética y otra el ordenamiento jurídico. De ahí la incoherencia de unos obispos
al condenar moralmente una ley que despenalizaba el aborto: “¿Cómo pueden «afirmar
sin ambigüedad de ninguna clase que la proyectada despenalización del aborto
nos parece gravemente injusta y del todo inaceptable»? ¿No infieren del juicio
moral que pronuncian sobre el aborto la condena moral de una ley que lo
despenaliza? ¿Acaso ignoran que ninguna
ley puede aspirar a reflejar en su formulación todas las exigencias éticas? ¿No
podrían haber dicho también, sin renunciar a su moral, que una ley que
despenaliza el aborto sin aprobarlo o reprobarlo moralmente responde mejor a
las exigencias de una ética pública? Es en torno a estas preguntas donde gira
la ceremonia de la confusión”
Y añadía una consideración que no quisiera dejar
caer hoy en saco roto: “Si la
Iglesia insiste en defender con la ley lo que ella entiende
que es una exigencia moral del Evangelio, tendrá que acostumbrarse a un
cristianismo mediocre” en el que los fieles terminarán confundiendo lo moral
con lo que es simplemente legal y a la inversa. Lo que vendría a ser lo mismo
que confundir a Dios con el César y a la liturgia con la política.
José Bada
17.6.2007