SIN TECHO, SIN EMPLEO

 

 

 

Fernando Blanco Lorente

Responsable voluntario del Programa de Transeúntes de

Cáritas Diocesana de Zaragoza

 

 

La imagen que muchas personas tienen de los “sin techo” se asocia, frecuentemente, a la de los marginados que pasan el día y duermen en nuestras calles, mostrando, especialmente en esta fría época del año, el lado más crudo de su realidad. Al carecer de vivienda hacen de la calle su lugar de residencia mientras no consiguen algún establecimiento en que poder residir, aunque, en algunos pocos —pero llamativos— casos, su situación de deterioro les lleva a rechazar cualquier tipo de ayuda que se les ofrece. Entre ellos podemos encontrar a mendigos, vagabundos, refugiados o inmigrantes sin recursos, etc. El resto del colectivo de los “sin techo” engloba a transeúntes que están de paso, que van de un sitio a otro, de lugar en lugar (a veces sin salir de una misma localidad), de albergue en albergue, sin más recursos que lo que llevan encima, buscando algo (ayuda, trabajo, etc.) que les permita sobrevivir a corto plazo aunque sea en un nivel vital mínimo. Están, en consecuencia, al margen de la sociedad, inmersos en procesos de abandono, deterioro y exclusión. En definitiva: no "integrados”, que apenas participan de cosas tan elementales como ser tratados con dignidad, disponer de una vivienda, medios económicos, cultura, etc.

 

¿A qué problemas deben enfrentarse con más frecuencia estas personas? Los más comunes son los siguientes: desarraigo, carencias, marginación, soledad, ruptura personal, subculturización como forma de vida, problemas de salud (física, mental o incluso ambas), graves problemas económicos, falta de vivienda, de empleo, etc. Aunque la situación individual y la gravedad de cada caso varían considerablemente, por desgracia, la mayor parte de los “sin techo” acumulan varios de los problemas mencionados: unos conducen a otros, o son su consecuencia. Y, ¿por qué han llegado a esa situación?, nos preguntamos con frecuencia. En muchos casos se debe a causas de carácter inmediato: crisis económico/laboral (perdida de empleo, pensión insuficiente, jubilación anticipada…), crisis psicológica (adolescencia, enfermedad mental, consumo de alcohol o droga, ludopatía…), crisis en las relaciones (ruptura conyugal, violencia doméstica, disputas con padres o hermanos…) o crisis de tipo institucional (salida de la cárcel, de un psiquiátrico…). Otro tipo de causas son subyacentes o estructurales, como por ejemplo: la escasez de vivienda, el empobrecimiento familiar, los bajos niveles de protección social, la pérdida de amigos y de apoyo social, etc.

 

Las breves explicaciones anteriores, necesarias para entender el llamamiento que hacemos a la sociedad, nos permiten apreciar la diversidad de este colectivo: los problemas y necesidades de los transeúntes con un alto grado de deterioro personal (suelen ser situaciones irreversibles) no son comparables con los de otros compañeros que sufren crisis de menor gravedad y de carácter temporal. Consecuentemente, el tipo de ayuda que necesita cada uno y los recursos materiales precisos para su reinserción son muy distintos y requieren actuaciones diferenciadas. No todos los “sin techo” son iguales; no les podemos pedir a todos lo mismo; no todos alcanzarán la misma meta, aunque, dentro de sus posibilidades, todos tienen cosas positivas que aportar a la sociedad y son capaces de realizar un trabajo —adecuado a su formación y a sus características personales— con la misma seriedad y profesionalidad que cualquier otro ciudadano. Para ello, es imprescindible un acompañamiento en su proceso de inserción  y una atención personalizada. 

 

Los datos —fríos, y reducidos muchas veces a mera estadística— son, en este caso, sorprendentes y, en cierto modo, alarmantes para quienes no los conocen. Estamos hablando de cerca de 30.000 personas en España que utilizan, al cabo del año, los servicios de alojamiento que les ofrecen los cerca de 700 centros existentes, de titularidad privada en el 80% de los casos. Resulta llamativo que en torno al 25% sean jóvenes entre 16 y 24 años. También se va incrementando considerablemente el número de inmigrantes, de mujeres y de familias completas. Pero, afortunadamente, algunos datos son alentadores: de las 16.000 personas que trabajan para acogerles e intentar solucionar sus problemas, un 80% realiza su trabajo como voluntarios, lógicamente sin ninguna retribución económica. 

 

El día 17 de este mes celebramos en toda España el Día de los Sin Techo. En campañas anteriores se abordaron algunos de los problemas ya mencionados: falta de vivienda, reconocimiento de sus derechos ciudadanos, etc. En esta ocasión, insistimos en sus dificultades para encontrar empleo y abogamos por algo tan esencial como el derecho a un trabajo reconocido, bajo el lema “Tu, ¿para trabajar te escondes?, Tengo mucho que aportar”. De esta manera, continuamos en la línea de seguir desvelando los derechos inaccesibles, o que no se cumplen, para las personas sin hogar.

 

Partiendo del hecho, que ya hemos comentado anteriormente, de que este colectivo —aunque tiene abundantes características comunes— es muy variado y complejo (las condiciones, expectativas y posibilidades de cada individuo son muy diferentes), creemos necesario denunciar, una vez más, determinadas situaciones y reivindicar sus derechos como ciudadanos. Debemos recordar que estas personas no han disfrutado de la suficiente estabilidad en su medio para poder seguir un itinerario normal de acceso a un puesto de trabajo. Han carecido, igualmente, de una adecuada formación profesional o bien se hallan deshabituados a todo lo que conlleva una actividad laboral. Por ello, en esta campaña nos centramos en el derecho a la actividad, al trabajo, como un elemento básico para el desarrollo de la persona y para la inserción social, ya que la actividad cubre las necesidades de identidad, autoestima, reconocimiento social y participación. Todo ser humano, por el hecho de serlo, tiene derecho a tener cubiertas con dignidad y sin condiciones sus necesidades de subsistencia.  Pero es necesario empezar a romper la identificación exclusiva de “trabajo” con “empleo” y pensar en términos de “trabajo, como actividad u ocupación”.

 

Aunque un cierto número de personas consigue incorporarse al mundo laboral, ese objetivo resulta inalcanzable para otras que, por muy diversos motivos (edad, largos años en la calle, alcohol, enfermedad mental…), presentan serias limitaciones físicas y psíquicas para seguir el ritmo de productividad que exige el mercado. Ello no quiere decir que hayan perdido del todo su capacidad de desempeñar tareas útiles y dignas, que les hacen recuperar su autoestima y les da sentido de pertenencia a la sociedad, siempre que el ritmo de trabajo se adapte a sus características y se acompañen de esas otras actividades de apoyo. Sin embargo, hay un gran desconocimiento social de la tarea que desarrollan y un cierto menosprecio, como si los Talleres en los que, generalmente, trabajan fueran una especie de “guardería para adultos” donde se les entretiene para que no molesten. En España hay más de 300 talleres de inserción para ayudar a los “sin techo” y a otros colectivos (inmigrantes, enfermos mentales, reclusos, mujeres desfavorecidas o maltratadas, personas con adicciones…) a remontar el camino que les condujo a la exclusión. Unos son talleres ocupacionales, cuando su finalidad principal no es la productiva; otros, reciben la denominación de pre-laborales o laborales, cuando ponen  el acento en la preparación para entrar al mercado laboral. En todos los casos, se les acompaña en sus diferentes necesidades vitales (psicológicas, formativas, relacionales, etc.). Entre unos y otros, podemos calcular que unas 10.000 personas participan en Talleres a lo largo de un año. La mayoría son hombres (en torno a un 70%); el 55% tiene menos de 40 años, y en los talleres laborales, la cuarta parte son jóvenes menores de 30 años.

 

No cabe duda de que la rentabilidad económica directa de estas iniciativas es menor a la media; sin embargo, entendemos que tienen una alta rentabilidad social e, incluso, una alta rentabilidad económica indirecta por lo que supone de ahorro en gasto sanitario, policial, etc. Aun a pesar de todo esto, los Talleres carecen de un marco legal que los reconozca y que los apoye de manera especial, como sí existe para otros colectivos. De alguna forma, es una actividad tolerada, pero a-legal y oculta. Esta carencia de marco legal de reconocimiento, unida a la circunstancia de que suelen ser iniciativas privadas las que están soportando el coste de dichos Talleres, hace que la actividad se desarrolle con una alta precariedad e inestabilidad económica: los participantes carecen de contrato y, por tanto, de seguridad social. El salario se ve sustituido por una beca de baja cuantía, y no siempre es posible ni siquiera pagar esa beca. Esta es la razón por la que insistimos, especialmente en este tiempo de campaña, en que se reconozca el derecho a un ingreso básico garantizado, que cubra los mínimos vitales, y que no esté condicionado al desarrollo de una tarea productiva. Asimismo, consideramos que es esencial disponer de un marco legal que reconozca, proteja y fomente estas iniciativas, como un bien social, recogiendo las peculiaridades laborales que tienen los “sin techo”.

 

Concluimos estas reflexiones haciendo un llamamiento al Gobierno de Aragón para que contemple estas peticiones al elaborar el Plan de Inclusión Autonómico, especialmente en lo que hace referencia a las Rentas y a las Empresas de Inserción, tal y como se recoge en el Plan Nacional de Inclusión. Nuestro Plan Autonómico debería contemplar la asignación de presupuestos suficientes y la creación de una red de servicios públicos que garanticen la atención estable. También nos permitimos recordar a Empresas y Sindicatos que su papel es esencial y que es necesaria una mayor sensibilidad social respecto del mundo de la marginación, abriendo las puertas a la incorporación laboral de todos aquellos que alcancen unos mínimos, pero que también defiendan el derecho a una ocupación reconocida a quienes no alcancen esos mínimos. Por último, solicitamos a la Administración local que incorpore cláusulas sociales en las ofertas públicas de empleo, en una apuesta decidida por abrir cauces laborales a las personas en dificultad.

 

Por último, junto a las anteriores peticiones de reconocimiento y atención, constatamos la necesidad de una labor de prevención. Hay que atender a esas personas que tienen bastantes posibilidades de caer en el transeuntismo o “sintechismo” por falta de medios económicos, laborales, problemas de desestructuración familiar, falta de relaciones e incluso patologías psicológicas. Y “atenderlas” significa acercarse a ellas para tratar de cambiar los factores de riesgo. Pero esto hay que hacerlo conjuntamente con personas de los diferentes recursos (Servicios Sociales de Base, agentes escolares, educadores de calle, etc.). No nos cabe ninguna duda de que el acercamiento a esas personas y un mayor conocimiento de sus problemas y necesidades contribuirá a que la sociedad, en general, cambie la “imagen” que tiene de los colectivos sin techo y los acepte como ciudadanos de pleno derecho.