SIN TECHO, SIN EMPLEO
Responsable
voluntario del Programa de Transeúntes de
Cáritas
Diocesana de Zaragoza
La imagen que muchas personas tienen de los “sin
techo” se asocia, frecuentemente, a la de los marginados que pasan el día y
duermen en nuestras calles, mostrando, especialmente en esta fría época del
año, el lado más crudo de su realidad. Al carecer de vivienda hacen de la calle
su lugar de residencia mientras no consiguen algún establecimiento en que poder
residir, aunque, en algunos pocos —pero llamativos— casos, su situación de
deterioro les lleva a rechazar cualquier tipo de ayuda que se les ofrece. Entre
ellos podemos encontrar a mendigos, vagabundos, refugiados o inmigrantes sin
recursos, etc. El resto del colectivo de los “sin techo” engloba a transeúntes
que están de paso, que van de un sitio a otro, de lugar en lugar (a veces sin
salir de una misma localidad), de albergue en albergue, sin más recursos que lo
que llevan encima, buscando algo (ayuda, trabajo, etc.) que les permita
sobrevivir a corto plazo aunque sea en un nivel vital mínimo. Están, en
consecuencia, al margen de la sociedad, inmersos en procesos de abandono,
deterioro y exclusión. En definitiva: no "integrados”, que apenas participan
de cosas tan elementales como ser tratados con dignidad, disponer de una
vivienda, medios económicos, cultura, etc.
¿A qué problemas deben enfrentarse con más
frecuencia estas personas? Los más comunes son los siguientes: desarraigo,
carencias, marginación, soledad, ruptura personal, subculturización como forma
de vida, problemas de salud (física, mental o incluso ambas), graves problemas
económicos, falta de vivienda, de empleo, etc. Aunque la situación individual y
la gravedad de cada caso varían considerablemente, por desgracia, la mayor
parte de los “sin techo” acumulan varios de los problemas mencionados: unos
conducen a otros, o son su consecuencia. Y, ¿por qué han llegado a esa
situación?, nos preguntamos con frecuencia. En muchos casos se debe a causas de
carácter inmediato: crisis económico/laboral (perdida de empleo, pensión
insuficiente, jubilación anticipada…), crisis psicológica (adolescencia,
enfermedad mental, consumo de alcohol o droga, ludopatía…), crisis en las
relaciones (ruptura conyugal, violencia doméstica, disputas con padres o
hermanos…) o crisis de tipo institucional (salida de la cárcel, de un
psiquiátrico…). Otro tipo de causas son subyacentes o estructurales, como por
ejemplo: la escasez de vivienda, el empobrecimiento familiar, los bajos niveles
de protección social, la pérdida de amigos y de apoyo social, etc.
Las breves explicaciones anteriores, necesarias para
entender el llamamiento que hacemos a la sociedad, nos permiten apreciar la
diversidad de este colectivo: los problemas y necesidades de los transeúntes
con un alto grado de deterioro personal (suelen ser situaciones irreversibles)
no son comparables con los de otros compañeros que sufren crisis de menor
gravedad y de carácter temporal. Consecuentemente, el tipo de ayuda que
necesita cada uno y los recursos materiales precisos para su reinserción son
muy distintos y requieren actuaciones diferenciadas. No todos los “sin techo”
son iguales; no les podemos pedir a todos lo mismo; no todos alcanzarán la
misma meta, aunque, dentro de sus posibilidades, todos tienen cosas positivas
que aportar a la sociedad y son capaces de realizar un trabajo —adecuado a su
formación y a sus características personales— con la misma seriedad y
profesionalidad que cualquier otro ciudadano. Para ello, es imprescindible un
acompañamiento en su proceso de inserción
y una atención personalizada.
Los datos —fríos, y reducidos muchas veces a mera
estadística— son, en este caso, sorprendentes y, en cierto modo, alarmantes
para quienes no los conocen. Estamos hablando de cerca de 30.000 personas en
España que utilizan, al cabo del año, los servicios de alojamiento que les
ofrecen los cerca de 700 centros existentes, de titularidad privada en el 80%
de los casos. Resulta llamativo que en torno al 25% sean jóvenes entre 16 y 24
años. También se va incrementando considerablemente el número de inmigrantes,
de mujeres y de familias completas. Pero, afortunadamente, algunos datos son
alentadores: de las 16.000 personas que trabajan para acogerles e intentar
solucionar sus problemas, un 80% realiza su trabajo como voluntarios,
lógicamente sin ninguna retribución económica.
El día 17 de este mes celebramos en toda España el
Día de los Sin Techo. En campañas anteriores se abordaron algunos de los
problemas ya mencionados: falta de vivienda, reconocimiento de sus derechos
ciudadanos, etc. En esta ocasión, insistimos en sus dificultades para encontrar
empleo y abogamos por algo tan esencial como el derecho a un trabajo
reconocido, bajo el lema “Tu, ¿para trabajar te escondes?, Tengo mucho que
aportar”. De esta manera, continuamos en la línea de seguir desvelando los
derechos inaccesibles, o que no se cumplen, para las personas sin hogar.
Partiendo del hecho, que ya hemos comentado
anteriormente, de que este colectivo —aunque tiene abundantes características
comunes— es muy variado y complejo (las condiciones, expectativas y
posibilidades de cada individuo son muy diferentes), creemos necesario
denunciar, una vez más, determinadas situaciones y reivindicar sus derechos
como ciudadanos. Debemos recordar que estas personas no han disfrutado de la
suficiente estabilidad en su medio para poder seguir un itinerario normal de
acceso a un puesto de trabajo. Han carecido, igualmente, de una adecuada
formación profesional o bien se hallan deshabituados a todo lo que conlleva una
actividad laboral. Por ello, en esta campaña nos centramos en el derecho a la
actividad, al trabajo, como un elemento básico para el desarrollo de la persona
y para la inserción social, ya que la actividad cubre las necesidades de
identidad, autoestima, reconocimiento social y participación. Todo ser humano,
por el hecho de serlo, tiene derecho a tener cubiertas con dignidad y sin
condiciones sus necesidades de subsistencia.
Pero es necesario empezar a romper la identificación exclusiva de
“trabajo” con “empleo” y pensar en términos de “trabajo, como actividad u
ocupación”.
Aunque un cierto número de personas consigue
incorporarse al mundo laboral, ese objetivo resulta inalcanzable para otras
que, por muy diversos motivos (edad, largos años en la calle, alcohol,
enfermedad mental…), presentan serias limitaciones físicas y psíquicas para
seguir el ritmo de productividad que exige el mercado. Ello no quiere decir que
hayan perdido del todo su capacidad de desempeñar tareas útiles y dignas, que
les hacen recuperar su autoestima y les da sentido de pertenencia a la
sociedad, siempre que el ritmo de trabajo se adapte a sus características y se
acompañen de esas otras actividades de apoyo. Sin embargo, hay un gran
desconocimiento social de la tarea que desarrollan y un cierto menosprecio,
como si los Talleres en los que, generalmente, trabajan fueran una especie de
“guardería para adultos” donde se les entretiene para que no molesten. En
España hay más de 300 talleres de inserción para ayudar a los “sin techo” y a
otros colectivos (inmigrantes, enfermos mentales, reclusos, mujeres
desfavorecidas o maltratadas, personas con adicciones…) a remontar el camino
que les condujo a la exclusión. Unos son talleres ocupacionales, cuando su
finalidad principal no es la productiva; otros, reciben la denominación de
pre-laborales o laborales, cuando ponen
el acento en la preparación para entrar al mercado laboral. En todos los
casos, se les acompaña en sus diferentes necesidades vitales (psicológicas,
formativas, relacionales, etc.). Entre unos y otros, podemos calcular que unas
10.000 personas participan en Talleres a lo largo de un año. La mayoría son
hombres (en torno a un 70%); el 55% tiene menos de 40 años, y en los talleres
laborales, la cuarta parte son jóvenes menores de 30 años.
No cabe duda de que la rentabilidad económica
directa de estas iniciativas es menor a la media; sin embargo, entendemos que
tienen una alta rentabilidad social e, incluso, una alta rentabilidad económica
indirecta por lo que supone de ahorro en gasto sanitario, policial, etc. Aun a
pesar de todo esto, los Talleres carecen de un marco legal que los reconozca y
que los apoye de manera especial, como sí existe para otros colectivos. De alguna
forma, es una actividad tolerada, pero a-legal y oculta. Esta carencia de marco
legal de reconocimiento, unida a la circunstancia de que suelen ser iniciativas
privadas las que están soportando el coste de dichos Talleres, hace que la
actividad se desarrolle con una alta precariedad e inestabilidad económica: los
participantes carecen de contrato y, por tanto, de seguridad social. El salario
se ve sustituido por una beca de baja cuantía, y no siempre es posible ni
siquiera pagar esa beca. Esta es la razón por la que insistimos, especialmente
en este tiempo de campaña, en que se reconozca el derecho a un ingreso básico
garantizado, que cubra los mínimos vitales, y que no esté condicionado al
desarrollo de una tarea productiva. Asimismo, consideramos que es esencial
disponer de un marco legal que reconozca, proteja y fomente estas iniciativas,
como un bien social, recogiendo las peculiaridades laborales que tienen los
“sin techo”.
Concluimos estas reflexiones haciendo un llamamiento
al Gobierno de Aragón para que contemple estas peticiones al elaborar el Plan
de Inclusión Autonómico, especialmente en lo que hace referencia a las Rentas y
a las Empresas de Inserción, tal y como se recoge en el Plan Nacional de
Inclusión. Nuestro Plan Autonómico debería contemplar la asignación de
presupuestos suficientes y la creación de una red de servicios públicos que
garanticen la atención estable. También nos permitimos recordar a Empresas y
Sindicatos que su papel es esencial y que es necesaria una mayor sensibilidad
social respecto del mundo de la marginación, abriendo las puertas a la
incorporación laboral de todos aquellos que alcancen unos mínimos, pero que
también defiendan el derecho a una ocupación reconocida a quienes no alcancen
esos mínimos. Por último, solicitamos a la Administración local que incorpore
cláusulas sociales en las ofertas públicas de empleo, en una apuesta decidida
por abrir cauces laborales a las personas en dificultad.
Por último, junto a las anteriores peticiones de
reconocimiento y atención, constatamos la necesidad de una labor de prevención.
Hay que atender a esas personas que tienen bastantes posibilidades de caer en
el transeuntismo o “sintechismo” por falta de medios
económicos, laborales, problemas de desestructuración familiar, falta de relaciones
e incluso patologías psicológicas. Y “atenderlas” significa acercarse a ellas
para tratar de cambiar los factores de riesgo. Pero esto hay que hacerlo
conjuntamente con personas de los diferentes recursos (Servicios Sociales de
Base, agentes escolares, educadores de calle, etc.). No nos cabe ninguna duda
de que el acercamiento a esas personas y un mayor conocimiento de sus problemas
y necesidades contribuirá a que la sociedad, en general, cambie la “imagen” que
tiene de los colectivos sin techo y los acepte como ciudadanos de pleno
derecho.