Sobre la prostitución de las catedrales
ILIA GALÁN, EL PAÍS 17-08-2009
Es tradición en
Una
de las grandezas de
Un
acuerdo entre
Tan inmensos edificios son lugares especialmente diseñados para el recogimiento y la meditación: cuadros, retablos, vidrieras, todos esos conjuntos orgánicos hacen las delicias para la reflexión sosegada de lugareños, visitantes o curiosos. Sin embargo, los obispos, aliados con el Estado español, entregan así las catedrales para que sean devoradas, previo pago, por los turistas, tal vez sin reparar en que así otorgan ciertos derechos que hacen del espacio sagrado un lugar profano sometido a fotografías y risas, perdiéndose su recogimiento propio. Asimismo resultan chocantes y molestos los tenderetes de recuerdos, postales, libros y objetos varios que se están multiplicando en capillas o laterales de los templos.
La
doctrina de Jesucristo no puede ser más clara en este asunto. El fundador de
Aunque todavía no hemos llegado a ver convertidas nuestras catedrales en centros comerciales que reduzcan su función religiosa a un rincón, si sustituimos las palomas para los sacrificios y el cambio de moneda por postales, souvenirs y otros objetos, nos hallamos ante una situación similar. Si además hay que pagar por entrar, se diría que podemos hallarnos con una situación similar a la relatada por Dostoievski con el cuento del Gran Inquisidor, donde la propia Iglesia volvería a matar a Cristo si volviera con forma humana. En este caso, no le dejarían entrar sin pagar.
Ante
ese pasaje vemos que no tiene sentido que
Los
obispos gestionan los bienes de
Nos hallamos sin duda ante una conversión de las iglesias en museos y así son casi más visitadas por turistas que por fieles, pero a ello ha contribuido la jerarquía, también haciendo exposiciones en ellas, como Las Edades del Hombre. De hecho, las iglesias se mantienen mejor también con su patrimonio cuando mantienen el culto. Cuando las desacralizan suelen despojarse y desnudas dejan de mostrar, curiosamente, sus intimidades, sus tesoros.
Con la crisis económica, los que están sin trabajo y los pobres no podrán aprovechar lo que fue hecho para todos, pues hasta ahora una de las grandes maravillas de nuestros santuarios era que hasta el más miserable podía entrar y disfrutar de algunas de las mejores obras de arte de la historia, de su paz, lo que no podían hacer con los palacios. A los más piadosos se les echa a un rincón, los turistas pagan, pero también hay muchos "híbridos" que entran a admirar el arte y también rezan porque tienen fe, o meditan.
Hace falta dinero para mantener esos maravillosos monumentos y controlar que no entren a robar, sí, pero que lo extraigan de lo que reciben del Estado, que no gasten si quieren en ciertas iluminaciones o en calefacción y, si no tienen dónde recaudar, que alquilen los fastuosos palacios episcopales o busquen cualquier otro sistema. En España, culturalmente cristiana, el patrimonio artístico español es mayormente religioso, pero que no nos lo secuestren. La simonía es un triste pecado.