SOY CATÓLICO

(26.9.2008)

 

            Estoy a la espera de que me atienda el otorrino un oído que protesta por lo que le toca escuchar desde hace años, cuando me topo con un cura conocido. “Te metes poco con el obispo en tu página web”, me azuza y empieza a soltar lastre sobre el tema. Lo miro y reflexiono brevemente sobre la imagen que doy de martillo de obispos. Viene bien que a uno le toque ese papel mientras los demás observan agazapados tras el burladero. Si me hubiera dedicado a hacerle la pelota al prelado, como es mi obligación ya que es quien me da de comer, como alguno me ha espetado, no me sucederían estas cosas. Pobrecico mío, Manolo, qué cruz te ha caído conmigo. Seguramente si habláramos a calzón quitado, prescindiendo de jerarquías y oropeles, podríamos incluso reirnos juntos, dialogar y querernos como buenos amigos. Y lo mismo les pasaría a otros.

 

            Pero no, no se trata de un editorial para ponerle verde. Me pongo a escribir porque el otro día me sorprendió-preocupó algún titular de periódico de izquierdas en el que se mencionaba-criticaba el nombramiento del nuevo presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo a causa de que se trata de un “católico”. Como si fuera una rara avis en nuestra sociedad española eso de ser católico (las encuestas afirman una y otra vez que la gran mayoría de españoles se declaran así). No hace tantos años que lo raro era no serlo e incluso llegó a tachárseles de antiespañoles por ello. Ahora parece que para algunos de mis amigos de la izquierda, con gran influencia en los medios de comunicación, se es sospechoso por asumir una fe de dos mil años de existencia. Me da la impresión de que a algunos en ocasiones se les va la olla, y no sólo a los de la derecha.

 

            Se afirma que ser católico invalida para ser “neutral” en toda una serie de cuestiones, especialmente relacionadas con la moral social. Me preocupa-apena este tema. Ciertamente muchas batallas eclesiásticas dan pie a pensar de esta manera, pero ello no da derecho a eliminar de un plumazo de determinadas esferas a quien se confiese católico (la inmensa mayoría) y además lo practique, como el juez en cuestión. El hecho de que la elección haya sido propuesta por el presidente del Gobierno, persona no especialmente inclinada a cobijarse entre sotanas, y aceptada por unanimidad por los miembros del Consejo, debería hacer pensar que este juez no es precisamente un fanático fundamentalista sino alguien con prestigio entre derechas e izquierdas. En cualquier caso, sométase a control parlamentario a través de una encuesta, como se hace en los Estados Unidos. Pero a él y a todos los demás, sobre quienes no se lanzan sospechas por el hecho de que algunos, supongo, sean agnósticos o ateos con pleno derecho a serlo.

 

            Está visto que el fanatismo nos acecha por cualquier esquina. O nos asalta con anónimos, como el que recibí ayer, uno más, poniéndome de chupa de dómine por hacer el “mamarracho” en misa. Le doy vueltas al asunto y me descubro plenamente ortodoxo en mis eucaristías, a no ser que le haya escandalizado a esa persona cuyo nombre oculta el hecho de que en la homilía me baje al “patio de butacas” y dialogue con los asistentes (celebrantes como yo) el Evangelio del día, añadiendo alguna dinámica para que participen y se interesen los pocos chavales allí presentes. O tal vez le indigne el hecho de que haga mío el ritmo de las canciones y lo exteriorice sin más. Hermano, te digo como Jesús al que le abofeteó: ¿por qué me golpeas? ¿Por qué los únicos argumentos de algunos consisten en insultar? ¿Qué les duele por dentro?

 

Pepe Nerín