SUICIDAS

 

No salgo de mi asombro. Nuestros dirigentes, y en casi todos los ámbitos, están demostrando una tendencia hacia el suicidio colectivo que nos puede llevar a un auténtico desastre si Dios no lo remedia. Son conscientes de que tal como encaminan las cosas no vamos a ninguna parte, o peor, vamos hacia un final nada heroico precisamente. Parecen llevados por un provincianismo de la peor especie que les impide mirar más allá de su corto alcance. No sé si realizan análisis de la realidad, pero, por deficientes que éstos sean, no pueden dejar de mostrarles que siguen un camino equivocado. Y lo peor es que lo saben pero reinciden en ello.

 

Bueno, pues ya me he desfogado. Ahora paso a concretar.

 

La Unión Europea atraviesa la peor crisis de su historia. Una crisis económica pero también social e identitaria. Las economías de los respectivos países entran en recesión, incluidas las de los más potentes; las instituciones europeas no funcionan y se hacen la competencia unas a otras para dominar el poder (los Jefes de Estado y de Gobierno, la Comisión Europea, el Parlamento Europeo, el presidente europeo Sr. Rompuy y la desaparecida Super Ministra de Exteriores, esa inglesa cuyo nombre incluso hemos olvidado por no aparecer en los medios); los europeos cada vez se sienten más alejados del que pudo y todavía puede ser gran proyecto, y crece el sentimiento antieuropeo entre los mismos ciudadanos de los países miembros. Y así podríamos seguir. Todos, pero que todos, son y somos conscientes de que la única (subrayo lo de “única”) solución es la unión política, que suma y potencia, pero todos se aferran a sus parcelas nacionales, ninguno quiere ceder soberanía porque su cargo se vería devaluado. Todos son conscientes de que sin unión política Europa quedará al margen de la historia, de las grandes decisiones. Pues les es igual. Temen perder votos si no defienden a machamartillo sus minucias aldeanas. Y así nos dirigimos hacia la irrelevancia con todo lo que ello supone. Y un día se nos habla de que igual hay que abandonar el euro, otro de la Europa a dos velocidades, otro de… Casi todos ellos políticos conservadores incapaces de arriesgar nada. Pero es que los políticos de izquierda, en un momento histórico que clama por el internacionalismo solidario, se han arrugado hasta casi desaparecer y no presentan más alternativa que la de ofrecerse como recambio para imitar las políticas neoliberales de la derecha. De los sindicatos nada se sabe.

 

Hoy comienza una cumbre más sobre el cambio climático. Todos saben que este problema es incluso mucho más grave que el anterior porque nos jugamos la supervivencia física del planeta y, por ende, de toda la humanidad. Todos saben que hay que reducir las emisiones contaminantes, que hay que cambiar el modelo de desarrollo, que hay que potenciar las energías limpias, aunque al principio puedan resultar más caras. Todos saben que los recursos son limitados, que si se consuma el cambio climático los gastos van a ser muy superiores a los que tendrían si ahora mismo adoptáramos medidas eficaces y no simples parches. Pues nada. Las emisiones contaminantes, en lugar de ir disminuyendo como establecía el Tratado de Kioto, siguen aumentando. La salud empeora. Y, encima, organizan estos días una cumbre mundial a la que no asiste ningún Jefe de Estado o de Gobierno. No se creen nada de lo que hacen pero mantienen el paripé.

 

Y de la Iglesia no digamos que digamos. Desde hace muchas décadas se observa el declive y envejecimiento de la Iglesia Católica. Las órdenes contemplativas están al borde de la desaparición a causa de las avanzadísimas edades de sus miembros. No hay vocaciones ni a curas ni a religiosos. La asistencia a misa va en constante disminución y sólo acuden personas mayores generalmente. Las encuestas son unánimes: desciende poco a poco pero de forma constante el número de los que se declaran católicos, de los que creen en Dios, etc., llegando a convertirse en muy minoritarios estos sentimientos entre los jóvenes que, como sabemos, son el futuro. Pues nada. Es igual. No hay que cambiar nada. Hay que mantener unas normas disciplinarias y un tipo de organización que claramente no valen para nuestra época y que se han convertido en más relevantes que los consejos evangélicos. Perecen estar esperando que se produzca un cambio cultural y que la gente vuelva a la Iglesia como si tal cosa. ¡Qué irresponsables, Dios mío! Y qué comodones: es mucho más cómodo no inventar, no buscar nuevos caminos y mantenerse en lo de siempre, incluso condenando enérgicamente a quienes, llevados por el amor a la Iglesia y no al cargo (que no tienen), buscan a Dios más allá de las actuales estructuras. Están condenando a la Iglesia a la irrelevancia, después de que la han sumido en el descrédito con sus actitudes de fanáticos “ayatolás”. No hay más que ver a determinados obispos, tan aficionados a salir en los medios a base de titulares ultras.

 

En el caso de la Iglesia, yo creo que incluso han renunciado a analizar la realidad para evitar que ésta les dé sustos. Mejor denostar a la sociología y a las estadísticas. Desde luego, en nuestra Diócesis, tras mi dimisión como Director de la Oficina de Estadística, el cargo y la oficina han quedado suprimidos. Así se han evitado los gráficos con curvas descendentes en todos los terrenos, como para quitar el sueño, que este servidor les presentaba al final de cada año.

 

Pero los demás no tenemos por qué renunciar a profundizar en lo que pasa y a sacar las consecuencias. En varias parroquias celebramos estos años nuestras “bodas de oro”, cinco décadas de actuación y vivencias que merecen la pena ser recordadas, analizadas, rezadas, contempladas con ánimo agradecido. No para quedarnos en la nostalgia (absurdo donde los haya) sino para darnos nuevos impulsos, retomar el Espíritu, esponjar el alma y avivar la esperanza. Ahí está nuestra historia para ser analizada, asumida, profundizada; para aprender mucho de ella; para renovar proyectos, para sacar nuevas ideas de este Evangelio eternamente nuevo; para sentirnos corriente dentro de un mismo río. Si otros no lo hacen, lo haremos nosotros. Ahí está, acompañándonos, Dios Padre con su Hijo. Nosotros queremos celebrar hacia el futuro, aun sabiéndonos muy limitados. Que no nos chafen nada los escepticismos, los conservadurismos rácanos ni los que creen saberlo todo pero no tienen ni idea porque no beben el vino en las tabernas.

 

Nosotros (y yo con mi quimioterapia tampoco) no queremos que nos suiciden. Queremos vivir, sobre todo colocando a la persona por encima de la ley, al hombre antes que al sábado, a Jesús como clave.

 

Pepe Nerín

28.11.2011