EL NEGOCIO DE LA ESPIRITUALIDAD (2ª parte)
(Artículo de Juan-José Tamayo aparecido en El País el 15 de marzo de 2001)
Junto al mercantilismo de la espiritualidad asistimos hoy al renacimiento de la mística como tema de estudio y como experiencia religiosa.
En los estudios sobre el fenómeno místico se ha producido un cambio de escenario. Hoy no es sólo ni principalmente la teología la que se ocupa de dicho fenómeno. Son también las diferentes ciencias humanas y de la religión las que investigan sobre él en sus aspectos antropológico-sociales y le conceden especial importancia en nuestra cultura. Ha cambiado también la perspectiva de los estudios, que deja de ser confesional y apologética y se torna crítica y laica. Ambos cambios dan como resultado una modificación sustancial en la concepción de la mística y en la imagen de los místicos.
La mística ha sido presentada como un fenómeno antiintelectual y antirracional que se mueve en la esfera puramente emocional. Sin embargo, los más recientes estudios interdisciplinares parecen desmentirlo y las experiencias religiosas profundas muestran que la mística compagina sin especial dificultad el intelecto y la afectividad, la razón y la sensibilidad, la experiencia y la reflexión, la facultad de pensar y la de amar.
Si otrora se ponía el acento en el carácter ahistórico, desencarnado, puramente celeste y angelical de la mística, hoy se subraya su dimensión histórica. La mística tiene mucho de sueño y se mueve en el mundo de la imaginación, es verdad, pero el sueño y la imaginación están cargados de utopía. Y, como dice Walter Benjamin, la utopía "forma parte de la historia", se ubica en el corazón mismo de la historia, mas no para acomodarse a los ritmos que impone el orden establecido sino para subvertirlo desde sus cimientos; no para quedarse a ras de suelo sino para ir a la profundidad.
A la mística se la ha acusado de huir de la realidad como de la quema y de recluirse en la soledad y la pasividad de la contemplación por miedo a mancharse las manos en la acción. . Pero eso es desmentido por los propios místicos y místicas, como la carmelita descalza Cristina Kauffmann, para quien la mística "es el dinamismo interno de toda actividad solidaria y creativa del cristiano. Crea personas de incansable entrega a los demás, de capacidad de transformación de las relaciones interpersonales".
Los místicos y las místicas aparecen, a los ojos de la gente, como personas excéntricas, pacatas, conformistas, integradas en el sistema. Sin embargo, su vida se encarga de falsar esa imagen. En realidad, se comportan con gran libertad de espíritu y acusado sentido crítico. Son personas desinstaladas, reformadoras y con capacidad de desestabilizar el sistema, tanto religioso como político. Por eso resultan la mayoría de las veces tan incómodos para el poder que no puede controlarlos. Son sospechosos de heterodoxia, de rebeldía y de dudosa moralidad. Por eso, con frecuencia son sometidos a todo tipo de controles de ortodoxia por parte de los inquisidores, de fidelidad institucional por parte de los jerarcas, de integridad moral por parte de los cancerberos de la moralidad. Y no cabe extrañarse porque así ha sido siempre. Baste recordar a dos de los más relevantes místicos del cristianismo: san Juan de la Cruz, encarcelado por los enemigos de la reforma carmelitana, y al maestro Eckhart, cuyas doctrinas fueron condenadas después de su muerte.
La experiencia mística es objeto de revalorización fuera del ámbito religioso. El filósofo Henri Bergson la considera la esencia de la religión. Para el psicólogo William James, la raiz y el centro de la religión personal se encuentran en los estados de conciencia místicos. El científico Albert Einstein, nada sospechoso de apologista de la religión, ve en la mística la más bella emoción del ser humano y la fuerza de toda ciencia y arte verdaderos, y llega a afirmar: "Para quien esta experiencia resulte extraña, es como si estuviera muerto".