TERTULIAS DE BIOÉTICA
Autor: Juan Masiá Clavel.
Editorial Trotta, Madrid, 2006. Edición original: 2005. Páginas: 246.
ALGUNAS APORTACIONES
DEL LIBRO
Si la intervención de la mano humana en la naturaleza se acomoda a ella, es prolongación de lo que la misma naturaleza está pidiendo desde dentro de sí misma. Aplicando este criterio al debate de los anticonceptivos, resulta obvio que lo artificial no equivale a lo antinatural. Aplicado al debate sobre la procreación humana asistida, se evitan dos extremos: ni oponerse a ella, como si fuera antinatural, ni limitarse a aplicar técnicas sin tener en cuenta a las personas.
Ni todo lo llamado artificial es por ello mismo rechazable, ni todo lo llamado natural es, sin más, recomendable en todos los casos; tanto lo uno como lo otro pueden ser éticamente aceptables si su uso es responsable y digno. No son rechazables, sin más, las intervenciones humanas artificiales en el curso de la naturaleza, ni tiene por qué ser antinatural todo lo artificial; al contrario, es misión encomendada al ser humano el intervenir artificialmente en la naturaleza, con tal de hacerlo responsablemente. Hoy nadie diría como hace siglos que no se modifique artificialmente el cauce natural de un río. Lo que sí diríamos es que se haga con responsabilidad y protegiendo el entorno ecológico.
Si por moralización entendemos que ayudemos y acompañemos a los chicos y chicas en su camino de crecimiento para que vayan pasando de la moral infantil a la de adultos, de la moral aprendida en la infancia (heterónoma) a la moral apropiada personalmente (autónoma), entonces estoy de acuerdo. Pero si por moralización se entiende inculcar moralismo adoctrinando (sin dejar pensar ni crecer), es decir, “moralismo” en sentido peyorativo, inculcar “desde fuera” y “desde arriba” una moral de mandatos y prohibiciones, entonces creo que está claro que no debemos hacerlo. Eso sería impedir su crecimiento razonable y responsable. Hay que evitar dos extremos: la “ética de sólo freno” y la “no-ética de sólo acelerador”. Ayudemos a manejar el volante y el cambio de marcha, sentados en el asiento del copiloto…
En muchos casos interrumpir el proceso de concebir en sus primerísimos estadios constitutivos no es solamente lícito sino hasta obligatorio. De lo contrario, la persona correría el riesgo de verse ante el dilema de asumir irresponsablemente la maternidad o recurrir a la interrupción del embarazo en el sentido estricto y moralmente negativo de la palabra aborto. La prevención de la implantación ayudaría a evitar ese dilema; la “intercepción” (que se lleva a cabo durante las dos primeras semanas) sería la alternativa razonable y responsable frente al dilema entre contracepción y aborto.
Cuando me preguntan por las relaciones sexuales fuera del matrimonio, me resulta práctico usar un texto de los obispos japoneses en el que no descienden a enumeraciones de lo permitido y lo prohibido, que no caen en una especie de “ética del semáforo” que se limita a indicar “hasta aquí se puede, desde aquí no se puede”. Dieron un criterio básico de tres preguntas que los interlocutores de la relación sexual deberían plantearse honradamente a sí mismos siguiendo los tres criterios fundamentales siguientes: a) criterio de fidelidad consigo mismo: ¿cómo actuar en el terreno de la sexualidad y el amor de modo que se respete uno a sí mismo?; b) criterio de sinceridad y autenticidad para con la pareja: ¿cómo actuar en el terreno de la sexualidad y el amor de modo que se respete a la pareja?; c) criterio de responsabilidad social: ¿cómo actuar de modo que se tome en serio la responsabilidad social para con la vida que nace como fruto del amor?
Me parece muy importante que
estos criterios estén formulados todos en forma interrogativa; recae así sobre
cada persona la responsabilidad de responderse a sí misma con sinceridad, antes
de sacar por sí misma conclusiones normativas. Cada una de estas cuestiones
debe planteársela la persona a sí misma y, tras responderla con autenticidad,
decidir responsablemente de acuerdo con su conciencia. No es papel de
Antes de bajar a los detalles
controvertidos, podemos intentar enumerar los siguientes puntos fundamentales:
a) la orientación homosexual en sí
misma no es un mal moral; b) la comprensión de la sexualidad no debe reducirse
a sus aspectos biológicos; c) ni la orientación homosexual ni la heterosexual
conllevan inevitablemente el ejercicio de la actividad sexual. El conjunto de
la personalidad no puede reducirse a la orientación y el comportamiento sexual;
d) algunos textos de
Unos exageran el moralismo y otros la permisividad. Unos se pasan de permisividad bajo capa de tolerancia; otros se pasan de rigor y de miedo bajo capa de moralidad; y unos y otros exageran. A ambos les falta serenidad y buen humor. Unas veces se cae en el extremo de creer que la técnica lo arregla todo y que todo aquello que remedia técnicamente la parte técnica de un problema humano sirve para resolver ese problema humano por completo. Otras veces se cae en el extremo opuesto: como si todo remedio técnico y artificial, por el mero hecho de serlo, fuera automáticamente malo y rechazable, como si fuera algo intrínsecamente reprobable sin excepciones. Ni lo uno ni lo otro es correcto.
Deberíamos tener una moral adulta en una Iglesia adulta, en la que no se trate a los cristianos como si fueran menores de edad permanentemente. Deberíamos tener una manera de entender la moral no sólo a base de qué es lo permitido y lo prohibido, sino de qué es lo que de veras respeta a la persona. Una moral así no estará a todas horas obsesionada con el tema del pecado como mancha, como tabú o como transgresión, sino que sabrá entender el fallo moral de un modo más profundo: como un traicionarse a sí mismo o un traicionar a la persona en sí mismo y en los demás.
El engendrar humano es tarea y es don. Nos sentimos responsables de la tarea y agradecidos por el don. Esto es lo principal en la maternidad y paternidad responsables.
San Agustín contrapone, sin integrarlas, dos definiciones de matrimonio: a) solamente para procrear, b) comunión de amistad espiritual entre cónyuges.
Sto. Tomás de Aquino en su visión del matrimonio señalaba dos aspectos: para bien de la especie, para ayuda mutua y bien de la sociedad.
Desde Sto. Tomás poco a poco se va abriendo paso una manera de entender la sexualidad más amplia, no solamente para procrear, pero se tarda mucho hasta reconocer que el disfrute del placer no se opone al ideal cristiano del matrimonio “con tal de que no se excluya la procreación”.
En el siglo XIX llega esta postura a reflejarse en libros de texto. Se
empieza a aceptar el amor mutuo como motivo de la relación sexual, con tal de
no excluir la procreación. En 1880 hay una recomendación prudente del método de
la continencia periódica por parte de
En 1930 la encíclica Casti connubii de Pío XI fue un freno en este avance y, en parte, un retroceso. Subraya la diferencia entre el fin primario del matrimonio (procrear) y el secundario (amor mutuo y para calmar la concupiscencia).
En el Concilio Vaticano II se acuña un nuevo paradigma, el de la “paternidad responsable”. Se nota un aprecio positivo del valor personal de la intimidad sexual. Lo sexual se percibe ahora como expresión de relación de amor total, con sentido procreativo, pero en general (sin necesidad de que se cumpla esta finalidad en cada acto particular). Se ha dado una transición en el paradigma de pensamiento: del paradigma que acentuaba los “actos naturales” (actus naturae, Pío XI) al que se fijaba en la “naturaleza del acto” y, finalmente, al que da prioridad a los “actos de las personas” (actus personae).
Pero luego viene la marcha atrás con las encíclicas Humanae vitae (Pablo VI, 1968) y Familiaris consortio (Juan Pablo II, 1981). Se vuelve a insistir en el acto externo, en cada acto, en lo biológico desconectado de lo personal. Además se maneja una noción estrecha de lo natural y de lo artificial.
Para ayudar a clarificar el debate ético, proponemos el siguiente repaso de datos científicos:
Tras producirse en las trompas de Falopio el encuentro del espermatozoide con el óvulo e iniciarse el proceso de fecundación, transcurren más de 20 horas en formarse el cigoto que, aproximadamente entre las 36 y 60 horas pasará a dividirse en dos y luego en 4 células, llegando hacia el tercer día al estadio llamado mórula, de 16 células, que forman un paquete, precisamente con la imagen del fruto de la zarzamora.
Entre el 4º y 7º día se va preparando la implantación en la pared de la cavidad uterina. Se le da el nombre de blastocisto a partir del 6º día. Las células prosiguen su división y llegan hasta alrededor de un centenar. Comienza entonces a distinguirse una masa celular interna (embrioblasto) de más de 20 células, que más adelante dará lugar al feto, y una capa exterior (trofoblasto) en forma como de anillo, que más tarde dará lugar a la placenta.
Hacia el 14º día ya se ha
completado la implantación o anidación del pre-embrión
en el útero materno y, a partir de la masa celular interna, se forma el disco
embrionario con unas dos mil células y un tamaño de
Aumenta el tamaño del embrión
hasta
Hay que deshacer el malentendido de usar confusa e indistintamente los términos “vida”, “vida humana y “vida humana individual y personal”. Cuando se usa con ambigüedad la expresión “comienzo de la vida” se engendran confusiones por no quedar claro de qué se está hablando.
En el caso del proceso que va desde la fecundación hasta la constitución de la nueva realidad humana, supuesto que no es posible trazar una línea que defina el momento exacto de un comienzo, parece razonable la postura prudencial que traza dos “líneas de seguridad”: ni antes de los 14 días ni después de la octava semana. Pero sabiendo que, al hacerlo así, estamos tratando puntualmente lo que no es puntual.
Una cosa es insistir en el respeto a lo relacionado con la vida y otra cosa es mantener que no sea aceptable moralmente ningún uso de pre-embriones basándose en la premisa de que hay ya una persona presente en el estadio de blastocisto.
Es un malentendido no distinguir anticoncepción, intercepción e interrupción del embarazo.
Es un malentendido no reconocer alternativa entre los dos extremos siguientes:
a) ”idolatrar” el ADN, personificando al pre-embrión;
b) ”cosificar” al pre-embrión, convirtiendo en rutinaria, o incluso comercializada, su manipulación.
Sobre el modo de aceptar y asumir la muerte. Deshacer malentendidos:
1) El malentendido de fijarse demasiado en el llamado momento de la muerte y demasiado poco en el proceso de morir. Ni el nacer ni el morir son simplemente instantes.
2) El malentendido de considerar la vida como un valor absoluto.
3) El malentendido de hacer un ídolo del dolor y un culto al sufrimiento. Aunque pueda dársele sentido, el sufrimiento no tiene por qué ser deseable.
4) El malentendido de hablar de muerte digna, en vez de decir “vida digna hasta el mismo momento antes de morir”.
5) El malentendido de creer que hay que usar todos los medios tecnológicos de que disponemos para prolongar la vida, por el solo hecho de tenerlos a mano. El malentendido de creer que se debe hacer todo lo que se puede hacer.
6) El malentendido de confundir lo que es una llamada para el creyente con algo que se puede imponer a todos.
Concibo así la muerte: más que cruzar un túnel, disiparse la niebla. Al morir
no nos vamos al cielo; simplemente nos damos cuenta de que ya estábamos en él,
sólo que no se veía por la niebla. Morir será disiparse la niebla. Prefiero
esta imagen, que es la de Juan y la de Pablo: entonces veremos a Dios cara a
cara tal como es. Esta fe nos ayuda a afrontar la muerte con esperanza. Ése es
el papel de
El documento Iura
et bona, de
a) el dolor físico es elemento inevitable de la condición humana (utilidad innegable);
b) a menudo supera su utilidad biológica y, por tanto, es natural que se desee eliminarlo a cualquier precio;
c) no es extraño que algunos cristianos deseen asumirlo, pero no es prudente imponer como norma un comportamiento heroico;
d) la prudencia humana y cristiana sugiere para la mayor parte de los enfermos el uso de las medicinas que sean adecuadas para aliviar o suprimir el dolor, aunque de ello se deriven, como efectos secundarios, entorpecimiento o menor lucidez;
e) es lícito, si no hay otro medio, el uso de analgésicos que supriman el dolor y la conciencia, incluso cuando se prevé que el uso de narcóticos abreviará la vida (dice citando la pregunta de los anestesistas a Pío XII en 1957).