Carta abierta a Benedicto XVI
(José Luis Cortés, 1.3.2011).- Estimado
Su Santidad: No tengo el gusto de conocerte personalmente, porque las veces
que has venido a España (y últimamente vienes mucho a España) yo no he acudido
a vitorearte, y cuando yo he estado en Roma nunca hemos coincidido en ninguna trattoria. Tal vez si algún día me llamas a declarar a Roma
podamos finalmente vernos las caras.
Te escribo porque acabo de leer un libro que
me ha gustado mucho, y querría recomendártelo. Ya sé que tú tienes mucho
que leer y que escribir, entre encíclicas, sermones, reprimendas y condenas.
Aun así creo que este te va a interesar. Verás: se titula "Curas casados.
Historias de fe y ternura", y ha sido publicado directamente por
MOCEOP, porque no había sitio para ellos en ninguna editorial.
Te prevengo de que no se
trata del enésimo tratado sobre si mantener o no el celibato obligatorio,
aunque también de eso se habla en el libro. A día de hoy todo el mundo sabe
ya que la ley del celibato nada tiene que ver ni con la fe ni con el evangelio,
y que es una pura cuestión de cabezonería, de rutina o de algo peor.
"El celibato obligatorio caerá como un fruto maduro -se dice en este
libro-: la gente normal ya lo ve; falta solo que lo vea la jerarquía".
El libro tampoco es "un trabajo de
investigación sociológica. Solo se ha intentado realizar un aporte de tipo
testimonial" (21). De hecho, se trata precisamente de eso: recoge las historias
y los testimonios personales, personalísimos, unos más literarios, otros más
descarnados, algunos objetivos y otros sumamente íntimos, de 23 varones y de
algunas mujeres (sus esposas) que, en un cierto momento de sus vidas,
decidieron continuar su ministerio como personas casadas, sin dejar por ello de
sentirse curas, es decir, "animadores de la fe y de las
celebraciones". Demostrar, con los hechos, que "es posible ser
cura sin ser clero" (87).
A pesar de que se aborde el tema de los curas
casados, no creas que se trata de morbosas
historias de debilidad ante las urgencias de la carne.
Como dice en el epílogo José Mª Castillo (de quien sin duda has oído hablar), son
historias que "muestran una fortaleza mucho mayor de lo que la gente se
imagina" (340). Y hasta lo hacen con cierto orgullo, porque, como ellos
mismos afirman: "No nos causa ningún trauma sentirnos marginales, sino más
bien satisfacción". Convencidos de que: "Nos incumbe como tarea
pastoral acumular ex periencias que muestren que el
presbítero casado es una riqueza para las comunidades, para la teología y para
Son testimonios duros. ¿Te imaginas, Su
Santidad, lo que significaba en los años setenta u ochenta, y aun en nuestros
días, replantearse toda la vida a cierta edad, con lo fácil que era seguir de
curas, con la vida resuelta, incluso con algún apañete
sentimental?
Porque te debo decir -por si lo has olvidado-
que, en la mayoría de los casos,
La mayoría de los que en este libro cuentan su
experiencia habían salido de familias humildes. Para ellos, el seminario menor
-a donde fueron conducidos muchas veces por curas recolectores de vocaciones-,
pese al clima oscurantista de aquellas décadas, fue un momento de grandes
alegrías y de grandes amigos. Amigos que, en algunos casos, han durado toda la
vida. Espero que tú, Su Santidad, después de tantos años de Curia no hayas
olvidado todavía lo que es un amigo.
"Al seminario se entra con babas y se
sale con barbas", le había dicho a uno el cura de su pueblo (279). Y
hay en este libro recuerdos muy hermosos de los años en que las babas se iban
cambiando en barbas: recuerdos de niños, adolescentes y jóvenes seminaristas
que se tomaron en serio su vocación sacerdotal.
A muchos de los curas de este libro, a la
mayoría, les tocó luego vivir la primavera del Concilio Vaticano II. Espero
que tú, Su Santidad, no hayas olvidado lo que fue aquel concilio, en el que,
aunque hoy nos cueste creerlo, colaboraste activamente. Por un momento, por
unos años, la buena gente nos sentimos orgullosos de nuestra madre
En ese espíritu conciliar, "eso de ser
‘segregados del pueblo' nuestros protagonistas lo entendían cada vez menos"
(160). Y la mayoría sintió que debía llevar una vida como los demás hombres y
mujeres a los que ellos les transmitían la buena noticia, ganándose el sustento
como curas obreros. Porque "no ser un profesional de la religión, ni vivir
de ella, hace que el servicio del evangelio sea más creíble, porque es
gratuito" (81), y porque "un trabajo civil que te dé independencia y
autorrealización social va limando y liberándote de la situación de poder y de
superioridad que el estatus de cura facilita en la sociedad" (126).
"El vivir diario de aquellas gentes -comenta
otro- fuertes ante las dificultades, me hizo caer en la cuenta de que mi labor
no podía consistir en alimentar más esa espiritualidad de ritos, rezos e
iglesia" (277). Comprendieron que no se trataba de dejarlo todo para
seguir a un Jesús espiritualista y abstracto, sino para encontrarlos de verdad
a todos.
Y ello a pesar de que en aquellos días (como
ahora, pero por otros motivos) no era nada fácil hacerse un lugar en la
sociedad y conseguir un trabajo: "En cuanto se enteran de que soy
cura, me niegan la incorporación" (287). En el libro se desgranan las
experiencias más variopintas de aquellos curas obreros: en el mundo rural, en
América Latina, en grandes fábricas de internacionales, implicados hasta las
cejas en los movimientos sindicales; impartiendo clases, o simplemente
aceptando lo primero que salía para tener algo que llevarse a la boca y
situarse socialmente... Son historias crudas de una fe de pan y cebolla.
Y también historias de ternura.
En este proceso de recuperación de los ideales
evangélicos y de integración en el pueblo, todos los que escriben en el libro
se preguntaron, en un cierto momento, qué sentido tenía vivir en medio de la
gente con el corazón obligatoriamente en cuarentena. Quiero decir, Su
Santidad, por qué el ministerio al que con tanto ardor se dedicaban debía ir
indisolublemente unido a la soltería. Porque, como se dice en el libro,
"El celibato es un carisma, pero bien distinto del carisma del ministerio
del presbiterado" (171). Y se insiste en que "No es el carisma del
celibato lo que está en discusión, sino la ley del celibato" (176).
En algún momento, por los caminos más variados, Dios,
celestina celestial, puso en el camino de todos ellos a una mujer. De
repente, cuentan, "el enamoramiento dejaba de ser una traición para ser
una alternativa, una maravillosa posibilidad" (145). De esto creo que tú,
Su Santidad, y tus más directos colaboradores sabéis poco.
En general, sabéis poco y mal de las mujeres
¡Con qué ganas esperamos algunos un tiempo en que las mujeres puedan desempeñar
cualquier ministerio en nuestra Iglesia, y hasta llegar a ser Papa, una papisa
a la que podamos llamar simplemente "Susan", y no Su Santidad...!
Pero me estoy desviando: volvamos al libro.
A pesar de que también en las cuestiones amorosas
y sexuales la mayoría de ellos eran unos pardillos (es tiernísimo el
testimonio de quien confiesa que hasta los 30 años no tuvo su primera
eyaculación voluntaria) el encuentro con la mujer fue decisivo en sus
historias: "Ahora entiendo mejor -comenta uno- por qué el amor conyugal
fue siempre en la literatura bíblica imagen privilegiada del amor de Dios a su
pueblo, de Cristo a su Iglesia" (174). Y "¿En qué Dios estamos
pensando cuando nos imaginamos o proponemos que amando menos a un ser humano lo
amamos más a Él?" (342).
Con todo eso, con el trabajo civil entre la gente
y con el matrimonio, llegó la integración en pequeñas comunidades cristianas
marginadas, en grupos humanos donde lo de ser presbítero "casado o
soltero importaba bastante menos que esa triple pasión por Jesús, por el pueblo
y por la comunidad" (105), y donde prácticamente se podía seguir haciendo
lo mismo que en la parroquia, "pero ahora sin el sacramentalismo
abrumador" (164).
Está claro que "quien celebra no es el cura,
sino la comunidad. En la comunidad no hay clérigos y laicos, docentes y
discentes, sagrados y profanos, sino que la propia comunidad es la protagonista
de su caminar" (166). En la mayoría de los casos, todo este proceso se
hacía al margen del derecho canónico, pero con la anuencia y la bendición de la
comunidad cristiana de pertenencia: decidimos "vivir lo que creímos que
tiene que ser, sin pedir ni esperar permisos" (89), y sin "reducirse
al estado laical", expresión que ofende también a los laicos (280).
Ya ves, Su Santidad: muchos hombres, con sus
mujeres, que se colocaron voluntariamente en el margen. Se convirtieron en
hombres (y mujeres) de avanzadilla, de frontera. Pero, fíjate, en ningún
momento rompieron con
Y así siguen muchos aun, en los arrabales,
incluso en sentido literal: "En el arrabal, en las afueras, hemos
encontrado una luz cálida que nos la proporciona la libertad, nuestro amor y la
fe en Jesús. Aquí nos sentimos más cerca de lo humano" (275). "El
hecho de ver
Veo, Su Santidad, que todavía no he hablado de
los hijos y las hijas que llegaron después. No es fácil ser "hijo o
hija de cura", y de esto también se habla en el libro... Pero tengo
que ir terminando.
El libro es eso: la narración de 23 historias de
coherencia y coraje, de fe y ternura, en boca de sus protagonistas. Más un
prólogo y un epílogo sobre el MOCEOP (que "dejó de ser un movimiento
meramente reivindicativo para ser un movimiento de renovación eclesial"
(87) y cuyo tino fue "saber remover un puntal que tambaleaba toda la estructura
(...) No tanto el celibato como condición, cuanto el clericalismo mismo"
(87).
Hay también un documento final teológico para
situar el celibato ministerial, y, en las últimas de las 381 páginas, un
Glosario por el que desfilan personas y movimientos de la segunda mitad del
siglo XX que mantuvieron fresca
En fin, "Un libro de testimonios de vida
enmarcados históricamente, en una etapa de contrastes y contraposiciones"
(20). Al final de su lectura, Su Santidad querido, te queda claro que
"la ley del celibato y sus secuelas no es una cuestión de curas, sino que
nos afecta a todos" (325), porque ya "no se trata de reivindicar
un derecho para un estamento ya de por sí privilegiado, sino de luchar por un
nuevo rostro de
"La concepción del cura como funcionario
de
Nada más, Su Santidad. Yo creo que, si lees
este libro, no te vas a arrepentir. Y quizás su lectura te dé un
empujoncito y te anime a decir en algún momento (quizás en el avión, ante los
periodistas, donde ya has dicho alguna que otra barbaridad) una frasecita que
deje abierto el futuro para un urgente replanteamiento del ministerio
sacerdotal. Tal vez estos curas no lo necesiten; pero
Porque, como se dice en el libro, "lo
mismo que hay palabras y comportamientos que rompen la comunión, también hay
silencios y omisiones cómplices con el pecado" (175).
Ya vas teniendo tus añitos, Su Santidad, y a
los ancianos se les permite decir las verdades con descaro ("parresía", lo llamaban tus predecesores). También la
mayor parte de los que participan en este libro tienen ya sus años ("Me
siento padre y abuelo -dice uno de ellos- y veo a Dios Padre mucho mejor que
antes" (47); uno ya falleció, otro lucha ahora mismo contra un cáncer, la
gran mayoría están jubilados... Pero no han perdido ni un gramo de esperanza.
"Rozando la tercera edad, nosotros seguimos" (282).
Mira, Su Santidad: durante tu reinado tú ya
has dado demasiado espacio a los fanáticos, a los trepas, a los miedosos, a los
tarados... ¿Es mucho pedir que, antes de morirte, dediques un momentito a
los limpios de corazón, a los hambrientos de justicia, a los que, a pesar de
todo lo que han sufrido, todavía son capaces de comprender los signos de los
tiempos, de mirar el cielo rojo al atardecer y anunciar: "mañana hará
bueno"?
Si otro mundo es posible, como creemos
firmemente, también es posible otra Iglesia.
Un abrazo, Santidad (o "Santi",
si lo prefieres).
