Religión
Digital, 23.07.09
Creo
que hay que comenzar leyendo los números 75 y 78. Son fundamentales para
situarse en la interpretación teológico-antropológica. Pues de esto se trata,
ante todo, de una presentación de la cuestión social como cuestión
antropológica. Una antropología integral, y por ende religioso-cristiana,
es el quicio del desarrollo personal y social auténtico. Éste es el motivo
central de la encíclica, y el hilo conductor que sostiene todos los argumentos
y respuestas. Las respuestas son sociales, morales, culturales y espirituales,
pero todas ellas, todas, se articulan alrededor de un concepto de persona
referido a Dios.
Este
conocimiento de quién es el ser humano, en su identidad más radical, a la luz
de la razón y de la fe, es el único capaz de salvarlo, como individuo y como
humanidad, de un desarrollo falso y plagado de abusos. Sólo en referencia a
su origen en Dios, el ser humano se descubre como hijo del don y realizado
en la donación; sólo en Dios, la conciencia innata que nos hace reconocer la
verdad del ser en cada uno, en los otros y en toda la realidad creada, adquiere
raíces que la nutren por siempre. Las culturas, los sistemas sociales, las
leyes, las asociaciones y las familias, que no atiendan a esta matriz moral,
espiritual y religiosa de la condición humana, no pueden conseguir un
desarrollo digno del ser humano. Nuestro tiempo, el de al globalización y
crisis general, es un ejemplo meridiano de esto. Ésta es la tesis de la
encíclica, y a partir de aquí, o con esto en su seno, se va desarrollando todo,
como en un remolino, que lo va atrayendo todo a su alrededor.
- Se
podría decir que la encíclica es como un remolino que lo va absorbiendo todo
en su movimiento, en torno siempre, a ese vector antropológico y teológico que
es el concepto cristiano de persona. Evidentemente, la encíclica asume que
cualquiera que haga un planteamiento correcto y equilibrado de la fe y la
razón, como vías de conocimiento humano, va a dar con una síntesis
antropológica de la misma naturaleza a la que aquí se postula. Por el
contrario, quien no consiga una síntesis análoga, merece respeto, por supuesto,
pero no tiene ninguna oportunidad de llegar a buen puerto, “el de la persona y
la humanidad como familia común”, ni en el terreno de los derechos humanos, ni
en el de la economía o la política, ni en el de la técnica, ni en de la
espiritualidad.
- Lo
más original creo que es el capítulo de la técnica como ideología, nn 68-77. Lo considero muy interesante en relación a la
cultura, la economía y la vida social, el pensamiento, los derechos humanos, la
bioética; muy interesante; por supuesto, en la clave de la ley natural según
vengo explicando. Pero hace pensar a cualquiera. No todos lo compartirán, claro
está; ni siquiera en
En el
número 75, cuando se critica la percepción de los derechos humanos que tiene el
mundo moderno, todo se atribuye a un error de fondo en cuanto a la persona,
pero no se dice que, mucho antes de que viniera la modernidad y sus ideologías,
la indiferencia moral hacia las víctimas del sistema, el olvido de los pobres,
ya estaba ahí; luego sería necesario profundizar más, y unido a que todo tiene
un componente antropológico y metafísico, habría que destacar mucho más qué
estructuras sociales hacen casi imposible que la caridad camine en la verdad.
Sin duda, este recurso antropológico tan acertado, llevado a su límite, hace
que la encíclica cometa a menudo este error de bulto que yo lo calificaría
“idealismo moral” en el que concurren como una daga los peligros de derivar en
ideología teológica. Debemos pensar esto con mucha libertad y honradez.
- Muy
interesantes las aportaciones sobre el gobierno político de la globalización,
por supuesto, democrática, y bajo el principio de subsidiaridad y solidaridad;
y sobre el desarrollo respetuoso de la ecología ambiental, humana y social,
además de universal e intergeneracional.
- El
mercado, de facto, en su lógica propia, debiera merecer una crítica mucho más
severa (n 36), como institución menos aséptica en cuanto tal; no sólo
refleja vicios de las personas en su funcionamiento depredador. Habría que
ahondar más en esta cuestión. De hecho, en la literatura social, la que brinda
elementos de juicio a la moral, está mucho más desarrollada la problemática del
despilfarro de recursos, los procesos de concentración de la propiedad, las
relaciones de dependencia entre pueblos y economías, el control de los mercados
más importantes de materias primas y recursos varios, la manipulación
artificial de las mismos, la casi imposibilidad de la democracia de los
ciudadanos cerca de ellos, una vez alcanzado un nivel de poder intratable, de
cómo los mercados más rentables son los más inhumanos, etc. Sin duda, la misma
institución, como de hecho se da, y en relación al concepto persona con un
trabajo decente, y que puede vivir dignamente, merece una crítica más severa y
concreta del mercado.
- A
mi juicio, la encíclica es demasiado larga. Recoge tantos aspectos e
introduce tantos matices, que difícilmente puedes ver algo tratado en
profundidad, salvo en cuanto a la antropología teológica que la sustenta.
También la concreción en cuanto al gobierno democrático, subsidiario y
solidario, del mundo y sus procesos de globalización (ONU). (He estado tentado
de compararla con un hipermercado; hay de todo y para todos los gustos. No
debería hacer esta comparación).
- Es
curioso que no se plantee la cuestión del “decrecimiento” como forma de cambiar
los estilos de vida (n 21 y 51), o como la manera objetivamente más justa
de posibilitar ese cambio en los estilos de vida. Se sigue creyendo en el
crecimiento “humano” con cierta ingenuidad. La confianza en el cambio de
valores en las personas y en la cultura, hace que no se atienda tanto, o muy
poco, a si no tenemos que vivir de otro modo, para vivir todos; y si este modo
no debería incluir el decrecimiento, para vivir como menos; y no sólo todos,
sino quienes más y por qué. El planteamiento ecológico de la encíclica lo
apunta, pero no sale del planteamiento del crecer con equilibrio y compartir.
Creo que la moral social cristina está en condiciones de decir y exigir algo más
alternativo, en clave de decrecimiento.
- La
cuestión de que las pobrezas más hondas (n 53) están en relación radical con la
soledad y la falta de amor, sí, pero suena idealista entre tanta carencia de lo
más elemental en términos “más materiales, legales o institucionales”; esto habría
que mejorarlo y darle más cuajo material e histórico a las pobrezas que el ser
humano padece. Seguramente, si las personas que están detrás de la
encíclica padecieran necesidades más tangibles y dolorosas, la formulación sería
más dialéctica. La moral social cristiana está en condiciones de ser más
crítica en cuanto al interrogante que los pobres y excluidos introducen en la
verdad de la caridad. El primer componente de la verdad que rige la caridad,
son los más pobres y débiles de la vida en cualquier sentido y sin culpa
propia, las víctimas en sentido propio. Tenemos que ser más exigentes en esto.
Es la dignidad de los que, de hecho, se ven obligados a vivir como si no la
tuvieran.
- La
crítica del mundo financiero yo la esperaba más dura y concreta; otra vez
la cuestión de la lógica interna, su opacidad, su desarrollo como estructura de
poder… Debió ser mucho más cuestionada. La reivindicación de las pautas éticas
que nunca deben saltarse en ese mundo, acertadas, pero muy “personalistas”. Por
todas partes hay una moral social cristiana, y laica, que advierte de que el
sistema financiero internacional campa a sus anchas, frente a la política
democrática y los derechos de la ciudadanía. No es que sepamos qué hacer, a
ciencia cierta, pero sí lo que no podemos consentir en valores, y en
estructuras. Sería necesario cuestionar más directamente esas estructuras del
sistema financiero internacional, y decir lo que no es moralmente de recibo.
Hay también ideas en términos de fiscalidad sobre el sistema financiero (Tasa Tobin) que hubiese estado bien decir que por ahí puede
haber un camino de socialización de capitales especulativos.
- En
casi todas las cuestiones,
- En
suma, una encíclica para seguir pensando, ante la que es difícil quedar
indiferente, con aportaciones muy importantes, pero muy lastrada por una
falta de análisis social, en directo, y una proyección “social” más
atrevida de las potencialidades del concepto cristiano de persona, y de la
tradición moral de las bienaventuranzas evangélicas, sobre las situaciones
sociales más inhumanas.
José
Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete