Sepulcros blanqueados
UN DIOS SALVAJE
Título original: Carnage. Dirección: Roman Polanski. Países: Francia, Alemania, Polonia y España. Año:
2011. Interpretación: Jodie Foster (Penelope
Longstreet), Kate Winslet (Nancy
Cowan), Christoph Waltz (Alan
Cowan), John C. Reilly (Michael
Longstreet).
Duración: 79 min.
La
última película del reconocido y controvertido Roman Polanki es una adaptación casi literal de una conocida obra
de teatro de Yasmina Reza que lleva el mismo título.
Dos
niños de once años se pelean en un parque. Uno de ellos agrede a otro
rompiéndole con un palo un diente y dejándole con el rostro hinchado. Los
padres del agresor acuden a casa de los padres de la víctima para dar la cara y
arreglar educadamente todo lo concerniente a la rápida recuperación del
agredido. En cuanto empieza el film ambos matrimonios acaban de dejar por
escrito las disculpas y la reparación económica que se va a hacer.
El
ambiente es tan educado y cordial que, para sancionar felizmente la solución
del problema, toman juntos un pastel de manzana y pera en un ambiente relajado.
Los padres del agredido son una
concienciada humanista que ha escrito algo sobre el drama del hambre en
África y un bondadoso marido amante de la vida sin complicaciones y siempre
dispuesto a hacer las paces. Los padres del agresor son una fiel, dulce y modélica esposa de un
triunfador y competente abogado. Todo es idílico y perfectamente educado, el
salón es confortable, hay cómodos sillones, un hogar, unos preciosos tulipanes
en la mesa, libros refinados de arte, “Aún nos queda sentido del civismo”
dirán. Pero de pronto salta el conflicto por una nimiedad: el padre del chico
agredido ha dejado escapar a un hámster porque no lo soportaba en casa. Cuando
sale este tema tan menor a la luz todos los personajes empiezan poco a poco a
manifestar la mezquindad que llevan dentro.
Polanski
se maneja extraordinariamente en un escenario cerrado y con unos personajes
atormentados. Ya lo había hecho en “La muerte y la doncella”, “Repulsión” o “El
quimérico inquilino”. Aquí realiza una disección brutal y tragicómica de esas
dos modélicas parejas que, bajo una capa de buena educación y de abundancia de
dinero, esconden una falta de escrúpulos y de moral extraordinaria. El alcohol
(un exquisito whisky) actuará como la pólvora y nuestros personajes dispararán
palabras crueles y se rebajarán cada vez más para atacar al otro. Y así van
manifestando sus instintos racistas, su culto al dinero, su dificultad para la
comunicación (extraordinario el adicto al móvil), la convicción de que la
violencia es necesaria, el desprecio a la familia, la falta de ética laboral y
la ausencia de toda referencia moral.
Los
personajes vomitan (incluso literalmente) miserias en un escenario que poco a
poco se va convirtiendo en un infierno. El teléfono móvil, el bolso con
perfume, los libros de arte son lo único que da sentido a esas vidas vacías.
Con
un metraje muy corto (79 minutos) Roman Polanki ha hecho una pequeña joya. Todo el film está
transido con un humor inteligente apoyado en los diálogos y en unos
extraordinarios actores. No hay música, no hay saltos temporales (la película
discurre en tiempo real), no hace falta nada para descubrir la mezquindad de
unas vidas que, disfrazadas de apariencias corteses, no esconden más que vacío.
La
película entretiene y hasta divierte, pero además hace pensar. Estamos viviendo
en un mundo en que, bajo formas educadas y sonrientes, se esconden personas de
muy baja catadura moral. Nuestros cuatro protagonistas nos remiten a actitudes
que vemos en personajes públicos: sirvan como ejemplos presidentes de gobiernos
democráticos en juergas y orgías con prostitutas, miembros de monarquías
sospechosos de usos fraudulentos de dinero público, representantes electos de
partidos políticos imputados en causas escandalosas o banqueros eminentes en
escándalos sexuales.
A
Polanski se le ha acusado de un pesimismo existencial
al mirar la condición humana. En “Un dios
salvaje” no creo que haya pesimismo, me parece que más bien encontramos una
crítica despiadada a una vida inmoral maquillada de buena educación. No nos
extraña lo que dice uno de nuestros personajes: “¿Cómo seguir viviendo sin el
más mínimo concepto moral del mundo?”. Cuando se vive así, los niños (que son
reflejo de los adultos) se convierten en despiadados y cada día que pasa (como
dicen varios personajes) se convierte en el más triste de nuestra vida. No cabe
duda, nuestros personajes son sepulcros blanqueados, están bien lejos del Dios
del amor y la misericordia; están lejos incluso del prójimo más cercano, sólo
creen en ellos mismos. Rendir culto a ese dios salvaje del propio ego lleva a
la falta de sentido y a la soledad, la misma que experimenta el hámster abandonado
que aparece en el plano final.
JOSAN MONTULL
Salesiano
6.12.2011