¿UN MODELO DE MUSEO DIOCESANO?
El sábado pasado acudí invitado a
una visita guiada por el nuevo Museo Diocesano de Zaragoza. Se ve que se ha
echado el resto ya que te topas con unas instalaciones preparadas con mimo y
unas obras magníficas que satisfacen al más pintado. Como afirma el arzobispo
en la pequeña “Guía para recorrer sus salas” que te ofrecen gratuitamente en la
sala de espera, ha sido posible gracias a la colaboración de las comunidades
parroquiales y, según sus palabras, “permitirá seguir abogando por una cultura
cristiana que nace del encuentro diario del Evangelio con nuestra sociedad”. Se
trata de un largo recorrido entendido como “camino de la belleza”, una manera
de “recuperar la memoria de tantas vidas dedicadas a honrar a Dios a través del
arte, de servir a los más necesitados, de contribuir al desarrollo de los
pueblos”. Hay obras de 34 pueblos de
Tras pasar por delante, o mejor,
por debajo, de una infografía sobre aluminio blanco realizada por sor Isabel
Guerra, nos adentramos en las diferentes salas. En la segunda de éstas se nos
presenta un audiovisual que se mueve por techo y paredes, recreando el momento
de la venida de
Nuestro guía, el profesor y concejal del PP
Buesa, director científico del Museo, se esmeró en ofrecernos detalladas y eruditas explicaciones de las diferentes obras
que componen el museo. Desfilaron ante nuestros ojos, entre otras, el arcón
funerario de San Braulio, las imágenes de María con el Niño por medio de las
cuales nuestro guía nos comentó pedagógicamente la evolución de la postura del Infante,
desde la de sentado en la especie de trono que forma su Madre, hasta su
movilidad subiéndose por el brazo de ella e incluso llegando a acariciar sus
cabellos. Observamos los capiteles que decoraban las columnas de una portada
abocinada estructurada en cinco arquivoltas, ventanas talladas en yeso del
palacio mudéjar, decoraciones con elementos vegetales, magníficos artesonados,
retablos, pinturas del gótico, imágenes de Cristo, del Niño Jesús, de la vida
de
La visita fue larga, casi tres
horas, y muy detalladamente explicada por el señor Buesa. En un momento dado se
permitió soltarnos una especie de arenga exhortándonos a hacer el inventario de
todas las obras de arte presentes en nuestras parroquias y, lo que resultó más
sorprendente, reclamando que
Y con ello entramos en el problema y en los interrogantes que me ha suscitado esta visita. ¿Se pisa tierra cuando se pretenden grandezas como las de marcar la dirección artística en nuestra sociedad actual? ¿No se dan cuenta de que ni por recursos ni por ubicación social estamos llamados ni podemos jugar ese papel directivo? ¿Y por qué tendríamos que jugarlo? ¿Nos corresponde evangélicamente? ¿No es el arte, como todas las demás instituciones sociales, completamente autónomo de cualquier tutela eclesiástica?
Me dio la impresión de que el
museo está marcado de alguna forma por delirios de grandeza. Terminar la visita
al mismo en el salón del trono, un salón inmenso y cuyo vacío sólo es
interrumpido por un trono dorado, impropio de nuestro tiempo, que se confeccionó
con motivo de una visita del papa Juan Pablo II, produce una sensación de
poder, de poder antiguo y perdido que parece ser que se pretende recuperar. Y
eso no es de recibo. Al final, contemplando la sala te embarga una sensación de
vacío, de fatuidad, con los obispos en las nubes o por encima del mundanal
ruido, poderosos y en pose. Y da pena y distancia. Es más, todo el museo tiene
un aire conservador, lo cual, me diréis, es normal tratándose de un museo. Pero
a lo que me refiero es a que se trata de un aire “ideológico”, que seguramente
obedece al carácter ideológicamente conservador de al menos algunos de sus
promotores. Y esto más allá de las innovaciones técnicas que se hayan podido
introducir. No sales con la idea de “servicio”, de una Iglesia que se pone a
disposición de los pobres y marginados, sino más bien con todo lo contrario. Parecen
decirnos: aquí estamos nosotros,
Me parece muy bien que se expongan obras artísticas como las que contemplamos en la visita para que todo el mundo pueda gozar admirándolas, sobre todo si se les acompaña con una buena explicación, como la que nosotros tuvimos. Pero creo que se debería hacer con otro talante, con humildad más que con otra actitud, con medios dignos pero sin intentar epatar. No para que la cultura actual sea cristiana, sino para que en la actual cultura haya una contribución, humilde pero sincera y dialogante, de una Iglesia coherente con el Evangelio y que quiere caminar codo con codo con todos los ciudadanos.
Pepe Nerín
12.4.2011