Urbi et Orbi. Un programa de reforma del papado

Xaver Pikaza, Religión Digital, 11.9.2011

Se dice en la tradición que el Papa suele hablar para su diócesis de Roma (Urbi) y para el mundo entero (Orbi). Siguiendo una temática que viene siendo discutida hace ya tiempo, también quisiera indicar algunos rasgos de lo que pudiera ser el papa, obispo católico de Roma, para su ciudad y para el mundo, en el siglo XXI.

Vengo tratando de ese tema con cierta frecuencia, no sólo en este blog sino en diversos libros, como Sistema, libertad, Iglesia y Presente y futuro de los papas (Trotta, Madrid 2001 y 2006). He presentado días atrás las opiniones de teólogos y amigos. Quiero hoy brevemente presentar la mía, con el respeto y las limitaciones que un tema como éste implica

No se trata de un programa cerrado, sino de un decálogo de indicaciones básicas para seguir en el Camino, tras veinte siglos de cristianismo. Porque creo que es importante el ministerio de unidad del Papado para la Iglesia (urbi) y para el mundo (orbi) propongo este decálogo de reforma. Buen fin de semana a todos.

1. Gracias a Dios

Gracias a Dios, el papado ha surgido como institución, partiendo de intuiciones y datos del Nuevo Testamento, especialmente del evangelio de Mateo, y de la misma dinámica de la Iglesia cristiana, desde la perspectiva del Imperio Romano, en la Historia de Occidente. Creo, en principio, que ese despliegue del papado responde no sólo a la casualidad de la historia y a la lucha normal por el poder que se establece en todas las instituciones, sino al impulso de unidad y solidaridad del evangelio.
Por eso pienso que el Papado es una institución positiva, aunque debe purificarse, elevarse y adaptarse a la realidad cristiana y al mundo actual, según los motivos que voy citando en lo que sigue.

2. Abandonar el poder político, volver al siglo VIII

A mediados del siglo VIII, Pipino el Breve (padre de Carlomagno), a quien el Papa coronó emperador de Roma el año 800, creó unos “Estados Vaticanos”, que existen hasta hoy, para garantizar la autonomía política, social y religiosa de los papas, en un mundo enfrentado (oriente y occidente) y amenazado por duras presiones militares de ostrogodos, lombardos y señores levantiscos del entorno de Roma.

Pasados casi 1300 años, el Estado Vaticano ha perdido su sentido. Pienso que el Papa debe abandonar, sin contrapartidas políticas, su poder soberano de Jefe de Estado, para situar su autoridad moral y religiosa en un plano de evangelio. No se trata de abandonar la autoridad, sino de dejar un tipo de autoridad vinculada al poder político, para ser autoridad no sólo moral, sino religiosa y, sobre todo, evangélica.

La experiencia de los trece siglos de poder político tiene que servir para aprender y superar los errores antiguos, para expresar e irradiar un tipo de humanidad superior, en la línea de Jesús, que es búsqueda de humanidad (el Hijo del Hombre), experiencia de Reino. Es ya tiempo de iniciar en este campo una gran mutación.

3. Unidad en la diversidad, más allá del siglo XI

El Papa ha sido ante todo, a lo largo de los primeros siglos, el Obispo de la Gloriosa Roma, sede que conserva el recuerdo de Pedro y de Pablo, centro de referencia entre las diversas sedes cristianas. En el siglo XI, por exigencias históricas, saliendo de una durísima crisis de muerte, y reformándose a sí mismo, a través de la Reforma Gregoriana, el Papa quiso imponer un tipo de unidad a las iglesias. Aquella reforma fue positiva en su tiempo, pero hoy debe realizarse de otra forma.

En la actualidad, el obispo de Roma debe recuperar su impulso apostólico de comunión, dejando a las iglesias en libertar para buscar su camino cristiano, potenciando la comunión entre todas; en ese contexto es preciso superar las presiones y tensiones que llevaron al cisma cristiano entre oriente y occidente.

La unidad de la Iglesia occidental se logró en el siglo XI a base de derecho, de pleno poder del Papa, de imposición religiosa. Fue un camino bueno, para occidente, pero el papado perdió su comunión con oriente… La nueva unidad que buscamos, en línea de evangelio, debe ser unión en la diversidad, recuperando la función de Pedro en el principio de la Iglesia. No se trata de negar nada bueno, sino de elevar de nivel, de encontrar formas de comunión para todos los hombres y los pueblos, en humanidad evangélica. Se trata, por tanto, de inventar un papado distinto.

4. Dejar el Vaticano, retomar el siglo XVI

Uno de los “signos” y ocasiones de la Reforma Protestante fue el hecho de que los Papas quisieran construir los admirables complejos de la Basílica y los Palacios del Vaticano, que tardaron más de dos siglos en completarse… Un signo actual sería dejar esos palacios, no porque allí se viva mejor o peor, sino porque representan una historia que ha de ser recreada. Ellos deberían pasar a un organismo internacional, como la Unesco, con fines culturales, de memoria histórica. Allí quedarían libros y archivos, toda una memoria de casi mil años de papado que hoy debe ser distinto.

En ese contexto es necesario retomar los buenos impulsos de la Reforma Protestante, pero en clave de unidad y comunión, retornando todos a la raíz del Cristianismo, la “Justificación” por la fe y el amor, por la unidad de las iglesias y la libertad de conciencia de cada creyente.

Por eso, los palacios vaticanos (con la misma Basílica) deben convertirse en “museo cristiano” y de la humanidad. El Louvre es museo, Versalles es museo… Museo ha de ser el Vaticano, al servicio de la experiencia religiosa y cristiana a lo largo de la historia, quizá bajo autoridad de la Unesco. El Papa ya no necesita esos “palacios” (donde, por otra parte, se vive peor en muchas sencillas y modernas).

5. Obispo de Roma

El Papa debería ser de nuevo, radicalmente, Obispo de Roma, ejemplo y lugar de referencia para las iglesias, como autoridad moral, dejando que las diversas iglesias sean lo que ellas quieren y pueden ser, pero en comunión, como red de comunidades. La inmensa mayoría de los “poderes” papales, centralizados en Roma, son hoy innecesarios, pues hemos entrado en la “cultura de la red” mediática y humana, sin un mando unificado, como antes hacía falta. En esta nueva red de iglesia, el obispo de Roma puede y debe ser muy importante, pero como hermanos entre hermanos, no como padre y maestro de otras iglesias.

En ese contexto, la Curia Vaticana debe “adelgazarse”, hasta desaparecer… Ciertamente, los “papeles” del Vaticano han de permanecer, ser guardados, estudiados etc. Pero el Vaticano ya no debe hacer más “papeles” para el conjunto de las iglesias, sino que sean las mismas iglesias las que cultivan su camino, coordinadas entre sí de una forma nueva. Para ello estamos en una era nueva de “redes” informáticas, de comunicación y de búsqueda común, que responden mejor al evangelio que el centralismo actual de Roma.

La gran tarea del Papa en este momento consiste en aprender a ser obispo de Roma, cosa que ha olvidado hace siglos. Sin el contacto directo de la gente de las plazas y los barrios de Roma no se puede ser obispo ni papa. Ese contacto no es una anécdota, es la verdad de base de la vida cristiana. Y ejemplo de cristiano ha de ser el Papa.

6. Dejar que las iglesias sean

Que sean ellas, que exploren, caminen, con el potencial del evangelio… Porque lo que unifica a las iglesias no es el Papa, ni el Código, sino Jesucristo, hecho presente como Pan (eucaristía) y como Palabra (capacidad de escuchar la voz de Díos). Así debemos pasar de la Unidad Sagrada de tipo unitario a la Comunión o Sinfonía de Iglesia. Éste (siglo XXI) ha de ser el momento de la confianza en las nuevas y antiguas iglesias. Testigo y promotor de esa confianza ha de ser el Obispo de Roma, por su importancia en la historia de las iglesias. Ciertamente, esto significa que la institución de los cardenales debe desaparecer, en su forma actual.

Que el obispo de Roma sea buen obispo, que en él tengan y pongan su confianza y hacia él miren otras iglesias, en un camino compartido de humanidad, en línea de evangelio. Por eso, al Obispo de Roma ha de elegirle la Iglesia de Roma, aunque en comunión con las iglesias.

Éste ha de ser un “salto en el camino de la confianza”. Éste fue el salto que dieron Pedro y Pablo cuando vinieron a Roma… que era centro del mundo de su tiempo. Un salto hacia el futuro de la transformación humana, en línea de evangelio, ha de ser el gesto supremo de los papas.

7. Esperar el carisma profético

La gran Reforma de la Iglesia, en línea de evangelio no se puede programar… Ella no viene por imposición ni por decreto, por documento ni por código, sino por espíritu profético. Por eso, la transformación cristiana de las iglesias ha de ser obra de la misma creatividad profética de la Iglesias. Estamos en un momento privilegiado, por varios elementos:

(a)    Acceso de la mujer, con su palabra y creatividad cristiana, en todos los planos de la vida eclesial, desde los ministerios hasta la teología

(b)   Acceso de otras culturas… Éste es el momento de la creación de un cristianismo asiático y africano, americano y oriental.

(c) Acceso a la modernidad integral…, no en línea de pura adaptación, sino de transformación. No se trata de que los papas se hagan modernos…, sino de que entrando de verdad en la modernidad la transformen desde el espíritu de Cristo.

Pero no se puede decir de antemano lo que ha de ser la reforma de las iglesias…, sino que ella ha de surgir desde el mismo potencial del evangelio, como impulso de vida, como experiencia de oración, como apertura hacia el misterio de la humanidad, en comunión con las diversas grandes religiones.

8. Apertura al misterio de la vida humana, por Cristo

La iglesia cristiana quiere ser el testimonio de una apertura al misterio de Dios, por Cristo. Ése es el momento apropiado para dejar que las iglesias y las personas cristiana se dejan de nuevo emocionar por la Palabra y la Vida de Jesús, en su condición de Revelador del Padre y de Fuente del Espíritu. La Iglesia no es un fin en sí misma, es testimonio del Reino de Dios, es decir, de la Nueva Humanidad.

Eso significa que las instituciones deben quedar en la sombra, y de un modo especial el Papado, para que emerja la Nueva Humanidad, es decir, el Reino de Dios, cuyos signos marcó Jesús con la entrega de su vida. Por eso lo que importa no es la “reforma canónica” del Vaticano o del Papa, sino la reforma orante de los cristianos (en la línea de Teresa de Jesús) o la reforma de la vida, en clave de confianza y entrega (como Francisco de Asís). Volver a Cristo, y por Cristo al Dios de la vida, ése es el principio de toda reforma.

No hay reforma del papado sin reforma de las iglesias. Por eso, el Obispo de Roma, con otros obispos, con otros líderes cristianos, ha de mantenerse ojo avizor, escuchando las señales de los tiempos, el soplo de las transformaciones evangélicas que empiezan, pero desde la base, desde la raíz de la humanidad, para así aprender, para así moverse luego.

9. Un tiempo de transición, no de abandono

He dicho que al Papa debe retirarse, a posturas anteriores al siglo XVI (sin Vaticano), al siglo XI (sin centralismo), al siglo VIII (sin Estados Pontificios…). Pero esa retirada no puede un simple abandono. Quemar todos los papeles, dejar todas las funciones… y abandonar a los mil millones de católicos y a los seis mil millones de creyentes del mundo, para que queden a la intemperie… Nada de eso.

El Papado tiene una responsabilidad histórica inmensa. No puede “abandonar” sin más (pues ello traería en un sentido el caos…), sino que debe ir moderando y modelando los momentos de la transición, que (a mi entender) ya han empezado. No se trata de “dejar” para que todo se pierda, sino de ir dejando para que ocupen otros, de otra manera, en un camino que sea para todos, con otras formas de unidad y comunión, más cercanas al evangelio.

Éste puede ser el último servicio del Papado en esta “antigua era” en que todavía nos hallamos: Poner su inmenso potencial de “unidad” al servicio de la reforma de la Iglesia. En ese sentido, el hecho de que el Papa tengo un inmenso poder puede ser una providencia de Dios, si es que lo pone al servicio de la libertad de los cristianos y de las iglesias, sin miedo a la libertad, sin miedo a la presencia de Cristo en las comunidades cristianas y en el mundo.

(10) Un futuro en manos de Dios, es decir, de la Nueva Humanidad

Conforme al principio de la Encarnación, Dios se revela en lo humano (Concilio de Calcedonia, 451). Este camino de recreación del Papado no es no para negación de la unidad, sino para creación de una Unidad de Comunión. Estos pueden ser algunos de sus rasgos:

  1. Debe ser un tiempo “conciliar”, es decir, de conciliación
  2. Debe ser un camino de “alianzas”, es decir, de comunión en la vida, en el pan y en el vino, es decir, en la eucaristía
  3. Debe ser un camino de evangelización de los pobres, de los últimos del mundo, no desde las grandes culturas triunfadoras, sino desde el sufrimiento del mundo

d. Debe ser un tiempo de “cruz”, de saber sufrir, no por masoquismo, sino por creación pascual

e. Debe ser un tiempo de creación profética, en manos del Espíritu de Dios....