¿VALE LA MISA?

 

            Cada domingo un nutrido grupo de parroquianos (no más de 500 personas) nos reunimos en misa, ya sea a las diez de la mañana, a las doce del mediodía o incluso a las ocho de la tarde del sábado. La misa se ha convertido en la práctica religiosa más característica de los católicos, mientras que otras, con el curso de los años y especialmente en las últimas décadas, han ido perdiendo relevancia, como ha sido el caso de la confesión, el rezo del Rosario, la llamada “visita” al Santísimo, el rezo del ángelus o de otras oraciones. Se habla incluso de católicos practicantes o no según acudan o dejen de acudir a misa los domingos.

 

            La asistencia a la misa dominical ha sido considerada incluso una obligación de todo católico, reforzada por los llamados mandamientos de la Iglesia que declaran que si no se asiste a ella se peca gravemente. Esta obligación ha dado lugar a casuísticas tan peregrinas como la de fijar el mínimo obligatorio en llegar al menos antes del ofertorio, cayendo con ello en el absurdo de que “vale” la misa aunque te pierdas la escucha de la Palabra de Dios que nos llega a través de las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento que se nos proclaman. Algunos personas llegan a preguntar al cura si les “vale” tal misa celebrada en sábado con motivo de una boda o de otro sacramento.

 

            Con este sistema se ha derivado al incongruente “cumplimiento dominical”, es decir, la obligación de “oir” misa todos los domingos y fiestas de guardar. De ahí que muchas personas vayan a misa no para juntarse con otros y celebrar juntos sino como obligación individual que acaba por transformarse en un acto de piedad o de devoción individual. Como es el caso de quienes van a misa un domingo o cualquier día de la semana y se dedican a rezar sus oraciones de toda la vida prescindiendo de la escucha de las lecturas, de la plegaria eucarística (el “canon”) o de lo que se cante. La verdad es que se acostumbraron a eso en aquellas misas en latín en que no se entendía nada y en las que cada uno traía su devocionario y rezaba sus oraciones. Claro que también los hay que al entrar en la iglesia hacen acopio de lecturas, como la hoja parroquial, y se pasan la misa leyendo o releyendo, predique el cura o haga lo que sea.

 

            Unido a esto encontramos el hecho de que los curas han monopolizado bastante la celebración y le han marcado su impronta a través, sobre todo, de la predicación, muchas veces desligada de la vida, con una teología rancia o pura palabrería larga y aburrida. Este último adjetivo, “aburrida”, es aplicado a la misa por muchas personas, sobre todo jóvenes, teniendo en cuenta especialmente que domingo tras domingo se repite el mismo esquema. La participación de los seglares consistente en hacer de lectores, entonar cantos, pasar la bandeja…, no logra infundir dinamismo ni novedad a un esquema demasiado manido. Y cuando en determinadas iglesias se han intentado novedades litúrgicas siempre ha habido personas que han reaccionado negativamente llegando incluso a denunciar al cura al obispo. Y es que hay personas que parecen más apegadas a la letra que al espíritu, a la obediencia estricta a las normas y rúbricas que a la creatividad tan necesaria en todo.

 

            Hay que tener en cuenta que la misa no es una devoción particular sino una celebración de muchas personas que se reúnen sobre todo el domingo porque necesitan verse (potenciando de esta forma la comunidad), hablar, comunicarse las novedades de su vida, dar gracias a Dios que está en medio de nosotros echándonos una mano, escuchar su Palabra, recordar lo fundamental de la entrega de Jesús para darnos vida, su vida, comulgar, es decir, unirnos a Jesús y a su destino comprometiéndonos a seguir sus pasos. Por eso en la parroquia de Begoña intentamos que nuestras misas sean celebraciones llenas de vida, gozosas, que nos impulsen a unirnos a Dios y, al mismo tiempo, a los demás, comprometiéndonos a echar una mano o dos a cuantos nos necesitan. Por eso es “obligatorio” participar en ellas, porque quien deja de asistir va enfriando poco a poco su dimensión comunitaria y priva a los demás de la riqueza de su aportación, aunque sólo sea con su presencia.

 

            ¡Ojalá nuestras misas se conviertan en auténticas asambleas en donde se una la fe y la vida, en las que pongamos en común lo que somos y hacemos, y en las que Dios se haga presente porque nos reunamos en su nombre!