VALE YA DE BATALLAS,

POR FAVOR

 

            Me comentaba ayer un amigo joven que los creyentes deberíamos hacer más presión en la cuestión del aborto, potenciando las campañas y cuanto hiciera falta. Le contesté que a mí no me entusiasman estas batallas ideológicas pues creo que en las batallas, como en las guerras, hay muertos y heridos, amén de que te obligan a formar un frente único contra el supuesto “adversario” o “enemigo” (que no tiene por qué serlo para mí), con un pensamiento único y uniformado en el que desaparece todo tipo de matices. Me miró con una cierta perplejidad, como si no estuviera preparado para una opinión contraria a la suya, y a la oficial eclesiástica, más aún cuando le dije que a lo largo de la historia de la Iglesia no ha habido una opinión unánime a propósito de “fechar” el comienzo de la vida, es decir, cuando un feto se “convierte” en una persona humana, como no la hay hoy entre los científicos,  pensadores e incluso moralistas. S. Agustín y Sto. Tomás de Aquino afirmaban que no se podía hablar de ello antes de los 40 días de gestación, y no estamos refiriéndonos a dos santos cualesquiera del santoral sino a dos personalidades que han marcado la reflexión teológica en la Historia de la Iglesia.

 

            Pero no es de este controvertido punto de la “fecha” sobre el que quiero hablar sino sobre el estilo combativo que se nos trata de imponer desde las altas instancias eclesiales. Y, curiosamente, siempre en relación a cuestiones sexuales y familiares. A mi amigo le tuve que recordar que ni el aborto ni el sexo forman parte del credo de la Iglesia, no se incluyen dentro del “núcleo duro” de nuestras creencias. Y si en las procesiones de Semana Santa él insistía en la necesidad de hacer campaña antiabortista, ¿por qué no se hace, y con más razón evangélica, campaña a favor del “bienaventurados los pobres” o del “Dios misericordioso” que no quiere condenar sino salvar? Mejor que ni lo uno ni lo otro, porque acabaríamos convirtiendo la Semana Santa en una campaña de unos contra otros, precisamente lo contrario de lo que Jesús pretendió con su pasión, muerte y resurrección.

 

            No quiero formar parte de estas huestes guerreras. Que no me envíen propaganda porque no la utilizaré. No quiero dedicarme a condenar a las mujeres que sufren situaciones dramáticas muchas veces en soledad. Y estoy a favor de la vida, ¡por supuesto!, como todo el mundo. Y considero el aborto una tragedia, un fracaso, más que un derecho. Pero no quiero que a nadie envíen a la cárcel (pues de eso se trata, de despenalizar) por mis ideas al respecto.

 

            Los dirigentes eclesiales están dando una imagen terrible de personas que se dedican a condenar, aferrándose a principios inamovibles más que al bienestar de los humanos. Les parece mal el uso de preservativos, por ejemplo para evitar la propagación del SIDA, pero sus soluciones no parecen ser muy realistas al aconsejar la abstinencia sexual. Les parece mal el caso del niño cuyo cordón umbilical ha curado a su hermano, apelando para ello al desperdicio de embriones, como si éstos fueran más importantes que la curación de un niño enfermo y la felicidad de una familia. Les parecen mal cuantas investigaciones se realizan sobre células para mejorar el tratamiento de enfermedades. Da la impresión de que se oponen a todo cuanto pueda favorecer la vida humana de los enfermos vivos. ¿Por qué no escuchan otras voces incluso dentro de nuestra misma Iglesia?  

 

            ¿Qué los obispos están en contra del aborto? Pues que lo digan, están en su derecho. Luego serán los legisladores los que tendrán en cuenta su opinión o no. Que el legislar es cosa de ellos y no de los obispos o eclesiásticos. Pero que no movilicen a las masas con las campañas a las que nos van acostumbrando. No estoy de acuerdo con la cara alegre y sonriente de la ministra del ramo al anunciar las conclusiones de la comisión de expertos, conclusiones que se reflejarán en el proyecto de ley sobre ampliación de las posibilidades de abortar. El aborto no es para alegrarse. Pero tampoco estoy de acuerdo con la cara y talante del portavoz de los obispos que parece que nos mira a todos por encima del hombro desde una suficiencia insufrible, al parecer tan contento de haberse conocido. Este monseñor no podría ser portavoz del mismo Jesucristo que quitaba importancia a las debilidades humanas, a los pecados de los pobres, mientras les miraba con compasión dedicándoles palabras de ánimo para levantarlos de su situación.

 

            Razones de mucho peso llevan a muchas mujeres a la dramática decisión de abortar. No soy yo quien las va a condenar. Respeto profundamente a la persona que sufre, sea cual sea la causa. Otra cosa es trivializar el recurso al aborto, como también supongo que algunas (las menos) harán. En cuanto a la cuestión de plazos, sigamos investigando y reflexionando sobre esta controvertida cuestión antes de llamar impúdicamente “asesino” a quien toma decisiones que considera ajustadas al bien de la comunidad apoyándose en razones con fundamento. Y cuando no gustan las leyes que se promulgan, es cuestión de razonar alternativas y tratar de debatirlas huyendo de la visceralidad, logrando o no convencer a la mayoría para cambiarlas. Que estamos en una democracia y ésta debe continuar y perfeccionarse, no suplantarse por la imposición de minorías muy respetables pero minorías.

 

            Y, por favor, que los obispos vayan al grano de lo que los hombres y mujeres de hoy necesitamos: un estilo de vida convincente en el espíritu de las bienaventuranzas de Jesús; un ser testigos del Dios Padre misericordioso que quiere que todo el mundo se salve, es decir, que sea feliz aquí y en la eternidad que nos ha preparado; un amor desinteresado y eficaz hacia todos, especialmente hacia los empobrecidos y los que peor lo pasan; un avivar la esperanza frente a tantas desesperanzas y desengaños; un ayudar a encontrar un sentido de la vida, humano y trascendente, en medio de la desorientación que a tantos embarga; un fomentar la alegría entre tantas tristezas y desgracias; un esfuerzo, en definitiva, en anunciar el Reino de Dios en la tierra, tal como hacía Jesús, acompañándolo de sus mismos signos: que los ciegos puedan ver, los cojos andar, los que están encarcelados salir de sus prisiones, los enfermos curarse… Ay, queridos obispos, me parece que con tanta campaña estáis descuidando algo lo esencial que, estoy seguro, os gustaría potenciar.

 

Pepe Nerín

25.3.2009