VIDA NUEVA

 

            Arde el fuego en el hogar. Ayer montamos el belén. Mañana “cagará el tronc” o la “tronca”, como dicen en Albelda donde le pintan cara de mujer. O la “toza”, o el “tizón” en otros pueblos donde el abuelo lo bendice: “Buen tizón, buen varón, yo te doy la bendición” haciendo una cruz en el aire,  mientras su  nieto cabalga en el tizón con una torta en la mano izquierda y una jarra de vino en la otra”. Ramón J. Sender que recordaba ese rito navideño como un “prodigio” que se multiplicaba en las casas de Alcolea de Cinca cuando vivía allí con su abuelo, lo interpretó en sus  Ensayos sobre el infringimiento cristiano” con estas palabras: “No es  raro que adquiera pronto la cruz importancia, ya que en la intersección de dos maderas [frotando dos palos] había aparecido el fuego  y éste redimido al hombre primitivo de los horrores de las tinieblas y del frío (…) Por tanto la cruz no es un producto del cristianismo sino Cristo un producto de la cruz, y los dos una hermosa alegoría de la luz por oposición a las tinieblas”. Vale.

 

            La Iglesia proclama en su liturgia que “por la cruz se llega a la luz”. Pero el nacimiento de Jesús en Belén y su carrera  hasta la exaltación en la cruz es para los cristianos un  acontecimiento histórico y un milagro sin parangón con el ciclo solar y los prodigios de  la naturaleza. Lo que los cristianos celebran muchas veces sucedió una sola vez. Dejando a un lado la Navidad cristiana y su diferencia del culto pagano, lo cierto es que cada uno de nosotros nace también  una sola vez. Y si los árboles no  nos ocultan el bosque y las estrellas el camino, reconoceremos que las Navidades que vuelven son un mito y la verdad  de la vida que nosotros nos iremos  y no volveremos más. De ahí precisamente viene la dignidad y la responsabilidad de cada uno, su importancia y el reto de su libertad. Somos un principio, no una repetición o reproducción de lo mismo. Únicos, no un caso de tantos o un ejemplar más de la misma especie. La humanidad somos nosotros, nada por encima de nosotros. Y por tanto un grupo en el que cada uno cuenta.

 

            Llueve mansamente. Y sé que ha salido el sol. No lejos de aquí, en Fraga, se dirá: “Per Nadal un pas de pardal”. Poca cosa, apenas imperceptible si hablamos del sol.  Pero si el paso es nuestro, si es tuyo y lo que comienza es una vida nueva, ese poco puede ser mucho. El mensaje de  Navidad es que el sol nace para todos y comienza a crecer cuando no podía llegar a menos. Pero ese mensaje es ambiguo. Depende de qué estamos hablando y de cómo estamos viviendo. Si hablamos una vez más de lo que pasa o nos pasa, y eso es todo lo que hacemos, lo más seguro es que suceda lo mismo una vez más. Es  previsible que suceda lo mismo para los que tienen suerte y no tienen vergüenza, para los que siempre cosechan  aunque no siembren, para los que beben y beben y vuelven a beber. Para los políticos corruptos y para la madre del cordero de la corrupción: los partidos que funcionan como empresas privadas y las empresas privadas que funcionan sólo en beneficio privado, y en ambos casos en beneficio propio de los gestores. O  de los pastores, es decir, de los ganaderos o ganadores, y no  de los pastores que van a Belén. Ni de los ciudadanos. Ni del Niño, ni de todos los niños. Nada nuevo, ningún comienzo. Y hasta las quejas serán las mismas, como  los balidos de las ovejas.

 

            El año solar no trae nada nuevo. Ni hay niño que nazca con un pan debajo del brazo. El tiempo es sólo una ocasión para hacer el pan, y el pan es el niño. Y el niño la vida que haga. Una vida para la muerte, si pasa sin hacer nada por nadie. Con su pan se lo coma. Y una vida para los demás como para sí mismo, si pasa haciendo bien. Cada uno es único, y única la vida de cada uno. El que vive para los demás gana su vida y aumenta la nuestra: la humanidad crece. El que vive sólo para sí mismo pierde su vida y arruina la nuestra: la humanidad mengua.  El individualismo egoísta es probablemente el virus más peligroso de nuestra sociedad: una mutación perversa del instinto de supervivencia de los animales, que se vuelve contra nosotros. Jesús es el hombre que se desvivió por todos. Así lo creen sus discípulos. No son muchos, pero los que conserva ese hombre todavía son más necesarios que antes.

 

José Bada

24.12.2009