VISITA A LOS ENFERMOS
(Dionisio Borobio: "Más fuertes que el dolor")
La visita constituye un integrante esencial de la pastoral de enfermos y una forma privilegiada de realizar la misión y de cumplir el precepto de la caridad encomendados por Jesucristo. "Estaba enfermo y vinisteis a visitarme" (Mt 25,36). Compete no a un sector de la Iglesia sino a toda la Iglesia, a cada uno de los miembros de la comunidad cristiana. Por eso nos recomienda la misma Iglesia: "Todos los cristianos, participando en la solicitud y amor de Cristo y de la Iglesia hacia los que sufren, deben preocuparse con gran esmero de los enfermos y, según cada caso, visitarlos, confortarlos en el Señor y ayudarlos fraternalmente en sus necesidades" (Ritual, nº 87).
Debemos sentir esta responsabilidad no sólo cuando se trata de un enfermo pariente, amigo o conocido, sino también cuando se trata de otras personas a las que nos es posible aportar alivio, consuelo, servicio, atención, amor...
La visita a los enfermos no puede reducirse a un encuentro esporádico, al cumplimiento de una formalidad, al "deseo de ganar méritos para el cielo", al gesto paternalista de una falsa caridad... No hay verdadera visita al enfermo cuando realizamos este gesto pensando más en nosotros que en el enfermo.
La visita a los enfermos cobra su auténtico sentido cuando la entendemos:
- como una continuación y realización de la misión que Cristo ha encomendado a la Iglesia;
- como el signo de la presencia liberadora de Cristo, que a través de las personas continúa luchando contra la enfermedad y ofreciendo a los que sufren una palabra de consuelo y esperanza, un servicio de caridad;
- como el gesto de la solidaridad de la Iglesia que, a través de sus miembros concretos, muestra su solicitud por el mundo del enfermo, y su lucha por la salud y la salvación plenas;
- como el encuentro que compromete a la comunidad en una acción permanente por una atención más justa y humana a los enfermos;
- como el comienzo de una acción litúrgica que prepara a la celebración del sacramento, sosteniendo y alimentando la fe, invitando a la oración, manteniendo la esperanza con la caridad.
No. No hace falta tener presentes todas estas ideas para que nuestra visita a los enfermos sea lo que tiene que ser. Basta comprender su sentido para no deformarlo con actitudes falsas. Por lo demás, la visita no puede realizarse según esquemas fijos o programas establecidos. Cada enfermo es una situación y un mundo a tener en cuenta. Toda visita debe tender a ser un encuentro personal sencillo y sincero, aunque a veces se quede en un saludo, una sonrisa, un gesto, un silencio...
Consejos a quien visita a un enfermo:
- Cuando visites a un enfermo o a un disminuído físico no te dejes obsesionar por su enfermedad o por su incapacidad física. procura prescindir de ella.
- El disminuído físico sostiene una gran lucha por vencer la situación en que le ha puesto su incapacidad. Por favor, no le recuerdes su enfermedad, porque entonces le harás volver al principio.
- Es necesaria la sencillez y una gran delicadeza. No olvides que el dolor agudiza la sensibilidad.
- Cuando la ocasión se presente (y se presentará, ciertamente, si tú quieres al enfermo) él te contará "su historia". No es necesario preguntar, sino saber escuchar.
- No le compadezcas nunca. No le testimonies lástima jamás. Es posible que sea él quien te compadezca. Limítate a mostrarle que te entregas a él sin reservas.
- Lo mejor que tú puedes aportar a un enfermo es ayudarle a encontrarse a sí mismo. Edificar sobre mentiras es construir sobre arena. No lo hagas nunca; las consecuencias serían peores. Aunque el enfermo haya perdido mucho, siempre le quedará "algo". Sobre ese "algo", con fe y esperanza, se ha de edificar.
- A veces, será necesario darle alguna cosa, pero siempre será necesario darte a tí mismo.
- Es posible que el dolor una a Dios más que la alegría. Limítate a sugerírselo, pero no con palabras o sentimentalismos, sino con tu ejemplo.
- Para comprender al enfermo es necesario ponerse en su lugar. Esto es una cosa muy difícil. Si tú no intentas hacerlo, es inútil discutir y razonar con él.
- Decir que Dios le ama mucho es muy bonito y, ciertamente, es verdad. Pero no es el amor de Dios lo que tú tienes que probarle sino el tuyo; y esto no se prueba con palabras.
- Dios no cambia, no es una veleta. Dios es fiel y no se muda. Será más o menos percibido, según las circunstancias que atraviesa el enfermo; por consiguiente, intenta ayudarle humanamente y Dios se manifestará a su tiempo.
- Ama al enfermo tanto como puedas, pero no solamente por Dios; ámalo por él mismo. Las personas que se ocupan de los enfermos solamente por Dios y lo hacen con falta de cariño en su conducta y trato inducen a pensar que los enfermos son para ellas sólo instrumentos y medios para la propia santificación.
- Llénate de Dios; pero, a continuación, acércate al enfermo como si sólo él existiera. De esta manera, aun sin pretenderlo, difundirás sobre él el influjo de Dios.
- Sé optimista en todo momento. Siempre alegre. Aún en los momentos más agudos del dolor, pues siempre habrá una ranura para dejar pasar la esperanza y un surco para sembrar la alegría.
- Alguno pregunta: "¿Qué puedo decirle yo al enfermo?" ¡Pero si es muy fácil! Yo le contesto: "Sonríe, por favor". ¿Puede existir un "puente" más seguro que el esbozo de una sonrisa?
- Cuando él te tome por confidente de "sus problemas", interésate por ellos, trata de comprenderlos y hacerlos tuyos. Entonces él, con su fina percepción, sentirá que en tí ha encontrado "eco". Puede ser que te encuentres impotente para quitarle la carga de sus hombros, pero te aseguro que habrás aligerado considerablemente su corazón.