¡VIVA EL PUEBLO TUNECINO

Y SU REBELIÓN CONTRA LA DICTADURA!

 

Han pasado ya varios días, aunque sigue siendo la principal noticia de portada de los periódicos, desde que el pueblo tunecino se rebeló contra la dictadura que soportaba desde hacía casi un cuarto de siglo, y hasta el momento la Unión Europea todavía no ha dicho esta boca es mía, a pesar de que los acontecimientos afectan a uno de sus vecinos del sur y tal vez presagian levantamientos en los países árabes limítrofes. Desgraciadamente a Europa sólo parece interesarle su seguridad y se agarra a lo que sea para conseguirla, como ha sido el hecho de apoyar hasta el último momento al repugnante régimen de Ben Alí para que le sirviera de frontera frente al fundamentalismo islámico o como freno a la inmigración. Europa está vieja, parece agotada, ha dejado de ser ese reducto de la libertad y de la defensa de los derechos humanos, para entrar en una decadencia que se está manifestando en los últimos años más en concreto en una crisis económica que no es universal (ahí están los fuertes crecimientos de los países asiáticos comenzando por China e India o los casi tan intensos de los países sudamericanos) sino que afecta a una Unión Europea que hasta ahora ha resultado incapaz de ir más allá de un mercado común a pesar de que todos nos avisan de que si no damos nuevos pasos políticos vamos a alcanzar el grado de irrelevancia. Ya la elección del nuevo presidente y de la alta representante en política exterior, que recayeron en dos personajes menores para que no pudieran hacer sombra a los jefes de Estado o de Gobierno, nos indicaba que cada uno de los países pretende mantenerse en su pequeñez antes que ceder soberanía para constituir una unidad política superior. Cada vez más ninguneados en el exterior (véase si no nuestro mínimo papel en el Oriente Medio y eso que somos vecinos) preferimos encerrarnos en nuestra pequeñez en vez de disfrutar de la unidad en la diversidad. Cerramos la puerta a los inmigrantes que han sido el único revulsivo en los últimos años y garantía de nuestro futuro demográfico e incluso socioeconómico. No queremos ver lo que pasa más allá de nuestras narices con tal de que no nos molesten y nos dejen tranquilos con nuestras pequeñas cosas.

 

Dentro de esta Europa se encuentra también, no debemos olvidarlo, el Estado de la Ciudad del Vaticano también conocido como el de la Santa Sede. Y en él se encuentra la institución papal, el líder de, se dice, los más de mil millones de católicos que se calcula que hay en el mundo. Un líder que ha pretendido, tanto él como sus predecesores, en el pasado ejercer su liderazgo, al menos a nivel moral, como faro orientador y guía moral que sirva para orientarse no sólo a los católicos sino a todos los habitantes de la tierra. De hecho sus orientaciones y proclamas van dirigidas, según dice, a todos en orden a mejorar esta sociedad que nos ha tocado vivir y se reclaman de la ley natural como obligatoria para todos. Pues bien, ¿dónde está el papa, dónde su liderazgo? No será por desconocimiento de la situación ya que Túnez se halla en frente de Roma y la diplomacia vaticana tiene fama de estar bien informada. ¿Por qué no habla el papa? ¿Por qué no se sale en defensa del pueblo tunecino sojuzgado durante tantos años, en defensa de sus derechos humanos tan pisoteados por el dictador y su camarilla familiar y política? ¿Por qué no proclama el valor de la democracia, de la participación del pueblo, de la toma de decisiones en común? ¡Qué ocasión tan desperdiciada para demostrar que adopta posturas claras y valientes, que está comprometido con la humanidad, especialmente con los ninguneados! ¡Qué ocasión para recuperar el prestigio perdido y para animarnos a los católicos al ver que tenemos un liderazgo que merece la pena. Pero nada de nada. ¡Qué pena! ¡Qué lejos quedan las tomas de posición de Juan XXIII en la Pacem in terris, o del Vaticano II en la Gaudium et spes! Ahora parece que se va a lo “nuestro”, a defender nuestros intereses, la defensa de nuestra Iglesia, y los demás que se apañen. Aunque, por otra parte, no resulta sorprendente ya que el Vaticano no se caracteriza precisamente por ser una democracia sino más bien un absolutismo monárquico que no ha firmado la carta de DDHH de la ONU, no está dirigido por jóvenes como las revueltas de Túnez sino por una gerontocracia que ha perdido toda vitalidad.

 

Lo siento una vez más. Me duele una vez más. Me desanima una vez más. Europa y el Vaticano. Y no hablo ya de los obispos españoles en sus pequeñitos reinos de taifas. Así nos va. ¿A quién podemos ilusionar? ¡Viva el pueblo tunecino, coño! ¡Si al menos nuestros jerarcas fueran al cine para empaparse de la película "De dioses y hombres" y tomar ejemplo de unos frailes trapenses que en el norte de África prefirieron morir antes que separarse de su pueblo!

 

Pepe Nerín

17.1.2011