¡VIVA EUROPA!
Se cumplen por estas fechas los 50 años del Tratado de Roma, origen de la actual Unión Europea de la que España es miembro de pleno derecho desde el 1º de enero de 1986. El acontecimiento está siendo objeto de festejos y conmemoraciones en unos momentos en que atravesamos una de las crisis europeas más señaladas: la producida por la no aprobación por franceses y holandeses del texto que debería servir a modo de Constitución europea.
Perece ser que los españoles somos de los ciudadanos europeos más entusiastas con la idea de Europa. No en vano hemos sido de los más beneficiados a causa de las ayudas recibidas en fondos europeos. Ya éramos entusiastas en tiempos de Franco, cuando Europa representaba el símbolo de la libertad, la democracia y el progreso para los sufridos vasallos del dictador. Y, al parecer, lo seguimos siendo en estos tiempos en que los indicadores económicos muestran un crecimiento español constante y bastante superior al de la media de los restantes países que forman la Unión a 27.
No obstante, la economía, con ser importante, no lo es todo. Es de desear que el nuevo Tratado, que se promete para antes de dos años, refuerce el componente social (la distribución equitativa de los bienes y servicios, la lucha contra la pobreza, la igualdad de derechos sociales, etc.) y también el político, superando la actual situación confederal que deja todo o casi todo en manos de los Estados, cada uno de ellos con poder de veto. Esta situación, que produce tantas veces división y peleas de patio entre vecinos europeos, sólo favorece a las actuales potencias mundiales que imponen o tratan de imponer sus ideas y sus dictados bastante menos "santos" en la resolución de los conflictos en su propio beneficio. Necesitamos una unión política que posibilite que Europa tenga un papel destacado en el mundo en la defensa de un modelo democrático avanzado y de los derechos humanos. Necesitamos superar el provincianismo, que tantas veces nos frena, de aferrarnos a lo particular, a nuestras raíces inmediatas españolas, nacionalistas de comunidad autónoma, o de nuestra localidad de origen, y pensarnos cada vez más como ciudadanos europeos, como camino para vivir de verdad como ciudadanos del mundo en el que a todos consideremos hermanos.
Y hecho en falta una postura más clara por parte de los obispos que apoye sin remilgos este ideal europeo que acabo de mencionar. Observo una postura más bien cicatera, destacando por encima de todo el hecho de que en el Tratado mencionado no se haga referencia a las raíces cristianas de Europa. Recuerda bastante a lo ocurrido en el año 1978 cuando muchos obispos se manifestaban opuestos o, al menos, reticentes al proyecto de Constitución Española por la "terrible" ausencia de la palabra "Dios" en el texto. Siempre la misma tentación de "confesionalismo" y siempre la misma actitud de apropiarse con el paso del tiempo de algo que en su momento no se supo comprender o aceptar, como puede comprobarse en la defensa a ultranza por parte de altas instancias eclesiásticas del actual texto constitucional.
Europa nos necesita a todos y el mundo necesita a Europa. Sepamos estar a la altura de las circunstancias.
Pepe Nerín
26.3.2007