VIVA LO POLÍTICAMENTE INCORRECTO

 

Vivimos tiempos en que nos palpamos la ropa antes de hablar, sobre todo cuando nuestras palabras pueden alcanzar una dimensión que transciende el mero coloquio entre amigos. Aunque este hecho suele adjudicarse a los juicios políticos, en la Iglesia ha alcanzado niveles bastante insoportables, sobre todo porque hay previamente un caldo de cultivo formado a base de diversos componentes tales como el culto a la personalidad, el deseo de hacer carrera eclesiástica, el corporativismo que lleva a enrocarse, el palabrerismo descomprometido que llega a no decir nada y otros aditamentos similares.

 

Precisamente en unos tiempos en que necesitaríamos como Iglesia clarificarnos para poder clarificar, en que deberíamos llamar al pan pan y al vino vino, siempre, eso sí, de los límites que pueda marcarnos el respeto al otro. Pero un respeto no como el que se ha difundido desde hace tiempo que evita la confrontación e incluso el diálogo para no meterse en complicaciones y que, en consecuencia, lleva a la indiferencia desapasionada. El personal suele decir que lo que más valora es el respeto. A lo sumo se llega al “Respeto tus ideas, pero…”, frase que en ocasiones se escucha y que lleva incluido un “pero” que representa el tope máximo al que nos atrevemos a llegar.

 

Bueno, pues yo no respeto todas las ideas. Trato de respetar a todas las personas porque tienen una dignidad intrínseca que no la puedo negar ni me la puedo cargar. Pero las ideas son otra cosa. Las ideas fascistas o nazis me parecen deleznables y no tengo por qué respetarlas sino que las rechazo y combato dialécticamente. Y considero del todo punto necesario un diálogo sincero, auténtico y profundo sobre los diversos problemas y situaciones difíciles en las que nos vamos encontrando. No le tengo miedo al conflicto, entendido éste como mantener una confrontación de ideas diversas defendidas con pasión entre dos o más personas. Me parece la mar de sano el que nos atrevamos a tener ideas propias, por más que no vayan en la misma dirección que las de la mayoría. Me parece indigno tener que asumir las ideas de otros cuando no me convencen en absoluto y tan sólo por el hecho de que el otro tenga un estatus superior al mío. Me parece ridículo repetir como un papagayo lo que otros han decidido que es lo más apropiado para mi propio pensamiento. No puedo renunciar a la noble tarea de pensar con mi propia cabeza.

 

Por eso, de vez en cuando no me queda más remedio que adentrarme en los terrenos de la heterodoxia, es decir, del pensamiento no correcto, como se dice ahora, es decir, del pensamiento que no coincide con la línea oficial. Me alineo con Chesterton y su célebre frase: “Cuando entro en una iglesia se me pide que me quite el sombrero, no la cabeza”. No hay más infalibilidad, en nuestro ámbito, que la de la Iglesia en su conjunto sustentada por el Espíritu Santo. Incluso el Papa, cuando habla solemnemente como tal (en contadísimas ocasiones a lo largo de los siglos) lo hace tan sólo como “portavoz” de esa Iglesia, lo cual le obliga a analizar muy profundamente la fe de la misma, y no con una simple consulta a algunos obispos amigos. No hay más dogmas que los que se deducen del Evangelio, y son muy pocos y fundamentales, por lo cual nos sobra incluso la palabra “dogma” tan cargada de negatividad restrictiva y repelentemente imperiosa.

 

Cuántos “heterodoxos” en su tiempo han sido reivindicados, decenios o incluso siglos más tarde como auténticos profetas y guías espirituales. Cuantos “ortodoxos” de hoy en día no son más que “la voz de su amo” que repiten una y otra vez como si de un antiguo catecismo se tratara. Por eso voy a ser “políticamente incorrecto”, pese a quien pese, y decir claramente lo que pienso:

 

- Que me repele y avergüenza tanto servilismo hacia el Romano Pontífice. Los hay que no saben pronunciar una conferencia, una homilía o cualquier escrito sin citar tal o cual expresión del Santo Padre, como si con ello se dignificara y aumentara la credibilidad de su propio discurso. Los hay y muchos que cuando el papa escribe un libro se apresuran a reseñarlo diciendo que es maravilloso, sea cual sea su contenido. ¿Os imagináis a un obispo criticando algún escrito del papa? Inimaginable. He tenido que corregir a algún alumno, no obstante con cariño, que en sus trabajos de Sociología recurría constantemente a los textos pontificios, confundiendo esta ciencia con la teología o con la Doctrina Social de la Iglesia. Pero mi querido alumno no ha hecho más que imitar a nuestros queridísimos obispos que practican esta costumbre a todas horas, dando la impresión de que son incapaces de tener pensamiento propio, o que deben su cargo al que les ha nombrado, o que tienen miedo a que los “denuncien” esos cristianos más papistas que el papa.

 

- Que rechazo la falta de valor para llamar a las cosas por su nombre. Vivimos en la época de los “eufemismos”, de no querer coger el toro por los cuernos, de camuflar la realidad, de blanquear los sepulcros. Con esta actitud no hay manera de analizar en profundidad, de debatir desde diversas posturas, de llegar a conclusiones válidas porque al final no se sabe de qué estamos hablando.

 

- Que me indignan las actitudes “carreristas”, demasiado frecuentes entre los eclesiásticos, incluso entre jóvenes. Tratando de imitar a los de arriba para ser aceptados más fácilmente en sus círculos y conseguir la tan anhelada promoción, acaban por convertirse en unos ridículos clones perdiendo completamente su propia originalidad.

 

- Que me dan mucha pena los que creen que no se desvían ni un ápice de las normas de la más pura ortodoxia al celebrar la eucaristía y los demás sacramentos, cuando en realidad se desvían y mucho del auténtico espíritu (y Espíritu) de la celebración cristiana que gira en torno a un Dios que no se deja atrapar por nada ni por nadie, ni por jerarcas ni por normas, que nos lleva hacia lo desconocido sorprendiéndonos cuando tratamos de encerrarlo en nuestros esquemas tan pequeñitos.

 

- Que ojalá que abunden los “heterodoxos”, los que fieles al Dios único y verdadero, traten de abrir caminos nuevos en este mundo tan cambiante y sorprendente, y no les importe ser considerados como extravagantes o perder sus posibilidades de promoción.

 

Sólo apoyándonos en estos heterodoxos, en estos profetas de la presencia de Dios en las nuevas realidades, sólo aprendiendo de ellos para lograr ser capaces de tener pensamiento propio, profundamente reflexionado a la luz de la fe, podrá esta Iglesia nuestra salir del marasmo y de la pésima imagen que tiene ante los ciudadanos y que queda reflejada en cada encuesta que se realiza. Sólo si somos capaces de decir NO a los que nos dirigen seremos dignos de credibilidad cuando digamos SÍ.

 

Pepe Nerín

31.3.2011