LA VOCACIÓN



Vocación es la palabra que mejor resume todo lo que supone ser seguidor de Jesús: significa "llamada". El que llama es Dios. La vocación es una llamada de Dios para toda la vida. Además, Dios, que tiene un proyecto de vida para cada uno, llama a todos, por lo cual la vocación no es un asunto de unas pocas personas, sino de todas sin excepción.

Todos tenemos tres vocaciones. La vida es una vocación, la primera de todas. Mi vida es llamada de Dios a ser, crecer, gozar, amar. La fe es la segunda vocación, tan ligada a la primera que forma unidad con ella. No es asunto particular de cada uno sino una relación amorosa con Dios que tiene su origen en Él.

La tercera vocación es la misión propia de cada persona. Esta misión queda determinada no por la profesión sino por la acentuación de cualquiera de las tres notas siguientes: la inmanencia, la transcendencia y el sentido comunitario. La acentuación de la inmanencia caracteriza a la vida seglar; la de la transcendencia a la vida del monje y del religioso; la responsabilidad de la comunidad cristiana es el rasgo propio de la vocación sacerdotal. Seglar, monje/religioso, sacerdote, son las tres vocaciones fundamentales en las que se puede desplegar la vocación de cada uno.

Las tres vocaciones son una sola; las tres llamadas no son más que fases de la única gran llamada que me hace Dios. Por eso no hay tercera vocación sin las dos primeras.

Todas las vocaciones son de Dios, por lo cual tenemos que amarlas a todas y no limitarnos a respetarlas o quizás mirarlas con indiferencia. Todas las vocaciones, además, son de la Iglesia, son nuestras. Un clima donde no se ama a todas las vocaciones -a todas- no es favorable al nacimiento de vidas generosas, sean seglares, religiosas o sacerdotales. La Iglesia necesita toda clase de vocaciones, porque ninguna por sí sola llena o expresa totalmente el misterio de la Iglesia. Nos necesitamos mutuamente todas las vocaciones, no sólo para la misión sino también para nuestra conversión y vida cristiana.

El esquema fundamental de todas las vocaciones puede decirse que es el siguiente:

1) Dios llama a alguien para realizar una misión, 2) el ser humano responde, 3) en el trasfondo siempre está el pueblo, la misión, que es la razón última de la llamada. Por lo tanto, vocación es misión. Además, antes de realizarse el efectivo y afectivo acontecimiento de la llamada se produce siempre un encuentro. La experiencia personal de encontrarse con Dios está en el inicio de toda vocación.



La pedagogía de la vocación

Todos los cristianos (y, naturalmente, los jóvenes) debemos plantearnos personalmente la cuestión vocacional. Aquéllos que excluyen de antemano determinadas vocaciones, ¿realmente buscan y quieren la voluntad de Dios? En las cosas de Dios sólo se puede elegir bien desde la disponibilidad y la generosidad. En nuestros grupos de jóvenes debemos hablar de la vocación no sólo libremente sino respetuosamente, no sólo con distancia sino con interés, no sólo con resignación sino con cariño.

Por otra parte, como la llamada de Dios no es clara y precisa, pues está envuelta en su gran misterio, hace falta irla descubriendo con el tiempo "leyendo" los "indicios", las "señales" que nos va dando en nuestro caminar como cristianos, en la oración personal, en el servicio a los demás, en la lectura de la Palabra de Dios..., en las "necesidades" que Dios pone ante nuestros ojos... Habrá que ir practicando pacientemente el discernimiento.

El itinerario pedagógico vocacional es un viaje orientado hacia la madurez de la fe. Tal viaje se realiza por etapas en compañía de un hermano o hermana mayor en la fe y en el discipulado, que conoce el camino, la voz y los pasos de Dios, que ayuda a reconocer al Señor que llama y a discernir el camino que recorrer para llegar a Él y responderle. Quizá la primera tarea de la persona que acompaña es la de indicar la presencia del Otro y relativizar su propio papel como acompañante.

Éste debe ser "inteligente", no imponer necesariamente sus preguntas sino partir de las del mismo joven. Debe testimoniar su propia opción o, mejor, su particular elección por Dios, dar a conocer su camino vocacional. Se hace animación vocacional sólo por "contagio", por contacto directo.

Es importante y decisivo ayudar a los jóvenes a que echen fuera el equívoco de fondo: una interpretación de la vida demasiado terrena y centrada en torno al yo, que hace difícil o francamente imposible la opción vocacional, o hace sentir excesivas las exigencias de la llamada, como si el plan de Dios fuese enemigo de la necesidad de felicidad del hombre.

Y también ayudarles a conocerse a fondo. Cuántos jóvenes no han acogido la llamada vocacional no por no ser generosos, sino simplemente porque no se les ha ayudado a conocerse, a descubrir la raiz ambivalente y pagana de ciertos esquemas mentales y afectivos; y porque no se les ha ayudado a liberarse de sus miedos y seguridades, conocidos o ignorados, respecto a la vocación misma. Pero también es indispensable que el joven acepte no saber, no poder conocer hasta el fondo. La vida no está enteramente en sus manos, porque la vida es misterio y, por otra parte, el misterio es vida.

Tenemos que educar para saber leer la vida y para saber invocar. La oración se convierte en el lugar del discernimiento vocacional, de la educación para la escucha de Dios que llama, porque cualquier vocación tiene su origen en los momentos de una oración suplicante, paciente y confiada; sostenida no por la exigencia de una respuesta inmediata, sino por la certeza o la confianza de que la invocación será escuchada, y permitirá descubrir, a su tiempo, a quien invoca, su vocación.

Tiene mucha importancia llevar a cabo gestos fuertes, signos inconfundibles, propuestas grandes, proyectos de seguimiento radical. El joven necesita ser estimulado por ideales grandes, por algo que le supera y que está por encima de sus posibilidades, por algo por lo que vale la pena dar la propia vida.

La pedagogía vocacional tiene muy en cuenta el aspecto del don. Si es don, será plenamente él mismo sólo si se realiza en la perspectiva del darse. Y también el aspecto de gratitud, porque la vocación es respuesta, no iniciativa personal de cada uno: es ser escogido, no escoger.

Para que el joven pueda entender y valorar las opciones vocacionales apostólicas, y de manera especial la vocación sacerdotal o religiosa necesita:



La opción personal por Jesús, la inserción activa y responsable en la comunidad y las opciones vocacionales apostólicas son inseparables. El orientador vocacional no debe cometer el error de presentar el seguimiento radical de Jesús como algo optativo que no pertenece al cristiano común; antes bien, todo su empeño estará en ayudar al joven a descubrir el lugar para él en el Reino de Dios.

Para comprometerse no hay que esperar a tenerlo todo claro, porque siempre tendremos alguna duda, ni pensar que nunca se está capacitado para una opción total y definitiva. Por otra parte, la opción vocacional del cristiano será respuesta al cómo y dónde servir más y mejor a los pobres de este mundo, ya que el Reino de Dios tiene mucho que ver con que éstos lleguen a ser realmente los protagonistas de la historia.