YA VALE

DE ECHAR LAS CULPAS A OTRO

 

Me ha encantado el artículo de José . Castillo, que he colocado entre las novedades de mi página web (www.pepenerin.net : “El que tenga las manos limpias…”), en el que se rebela frente al fariseísmo actual y reclama quejarnos menos y colaborar más entre todos para ver si superamos la tremenda crisis en la que nos hallamos envueltos.

 

Me ha encantado por su sensatez y porque refleja los sentimientos que me embargan en estos últimos tiempos ante el cruel espectáculo nacional de apedrear al presidente del Gobierno sobre el que queremos descargar todas nuestras culpabilidades y frustraciones. Es la táctica de siempre: nos inventamos un chivo expiatorio y sobre él descargamos nuestras iras. Viejo truco (como el de desfogarse contra el árbitro en un partido de fútbol) pero que no sirve para nada. Viejo truco, del que parecen servirse muy a gusto aquéllos que intentan sustituirlo por ellos mismos aunque no hayan presentado ninguna alternativa que nos saque del atasco.

 

Me llegan correos insultantes contra Zapatero y contra el partido que lo sostiene, burlas a gogó, ataques despiadados, como si el presidente fuera el único culpable de la crisis. El principal partido de la oposición se inventa cada semana, o incluso cada día, “mantras” que repiten al unísono hasta la extenuación para hacernos creer que estamos ante el peor presidente de la historia de España y que su mantenimiento en el cargo es poco menos que una catástrofe nacional y mundial. Algún informador se ha dedicado a hacer acopio de todos los adjetivos que dedican a este leonés y nos ha presentado unas listas de epítetos descalificatorios que, parodiando a Castillo, como él parodia al Evangelio, son lanzados por aquéllos que supongo que se consideran libres de pecado.

 

Sólo hay algunas tímidas excepciones que parecen desmarcarse de esta ola de opiniones descalificatorias, entre ellas la del exministro de economía Miguel Boyer (actualmente nada sospechoso de filosocialismo, ya que se mueve muy a gusto entre la jet con su Preysler) que en un reciente artículo defiende al presidente afirmando que ha hecho en todo momento lo que los expertos le habían sugerido que hiciera; de esta forma, en 2009 los entendidos, así como los dirigentes de la UE y del Banco Central Europeo, al igual que los del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, recomendaban políticas expansivas para combatir la crisis, es decir, que los políticos aplicaran medidas de apoyo gastando abundantemente para reavivar la economía. Y Zapatero, con su Gobierno, así lo hicieron. Ahora se han girado las tornas, y los mismos expertos recomiendan duras medidas restrictivas para atajar los terribles déficits. Y Zapatero lo está haciendo. Pero también se dedican a ello los dirigentes de todos los Gobiernos europeos y mundiales, desde Obama hasta la señora Merkel, y a nadie le parece mal sino todo lo contrario. Nuestro presidente se ha limitado a seguir las decisiones de la Unión Europea, lo cual ha sido demagógicamente utilizado por sus opositores como prueba de su sumisión al exterior, en lugar de considerar que formamos parte de un club internacional en el que no cabe que cada uno vaya por su lado y en el que se llega a conclusiones entre todos de obligado cumplimiento. La culpa la tienen los socialistas, se afirma con rotundidad, pero se olvida que el hundimiento de la economía griega, el engaño de sus cifras macroeconómicas, se produjo con un Gobierno conservador; se olvida que los conservadores han ganado las elecciones en Gran Bretaña y rápidamente se han dedicado a tomar y anunciar medidas restrictivas para atajar su enorme déficit; se olvidan que la promesa de rebajar los impuestos fue inmediatamente abandonada por el Gobierno conservador alemán nada más ganar sus elecciones; se olvidan de que Sarkozy, gobernador conservador, está firmemente decidido, entre otras medidas, a subir la edad de jubilación. Son olvidos interesados porque lo que realmente parece interesar a muchos es que fracase el PSOE y suba al poder el PP. Que no nos chupamos el dedo.

 

Otra cosa es que tengamos que defender a Zapatero a capa y espada, aunque la alternativa es todavía peor. Los socialistas españoles, como los de otros países, se han convertido desde hace muchos años, en meros gestores del capitalismo, conservando lo esencial de éste y tratando de compensarlo con algunas medidas sociales (los conservadores ni eso) como la búsqueda de la igualdad entre hombres y mujeres, el reconocimiento de los derechos de las personas homosexuales, la ley de la dependencia, además de la sanidad y la educación para todos, etc., medidas que nunca impulsan los conservadores, sobre todo en España, pero que se aprovechan de ellas una vez llegados al poder y se olvidan de sus promesas de revocarlas. No son precisamente revolucionarios estos socialdemócratas y, en materia religiosa, muchas veces confunden la deseable laicidad, el no privilegiar a ninguna confesión religiosa y llevar una política independiente de éstas, con un laicismo militante que en ocasiones parece convertirse en antirreligioso. No parece tampoco que nuestros socialistas, incluido el presidente, sepan acertar cuando hacen predicciones de futuro. No parecen tener las ideas muy claras cuando tienen que rectificar con demasiada frecuencia, provocando un espectáculo decepcionante y que les resta credibilidad, hasta el punto de que Felipe González acaba de afirmar que “si rectificar es de sabios, hacerlo diariamente es de necios”. El presidente no parece estar muy interesado en rodearse de las mejores mentes de su propio partido sino que da la impresión de evitar que alguien le haga sombra (como suele ocurrir, por desgracia, en todos los partidos). Pero que tampoco los populares se nos presenten como los salvadores, como los únicos que saben hacer las cosas bien, como los únicos coherentes, cuando su juego es muy confuso, cuando tratan de no mojarse para no irritar a nadie y así no perder votos, cuando se presentan cínicamente como el partido de los obreros y defensor de los pobres, y, sobre todo, cuando están enfrascados en gravísimos escándalos económicos que intentan tapar a base de enchufar el ventilador para que la mierda nos salpique a todos o disparando contra políticos, jueces, policías y todo aquél que los ponga en evidencia.

 

Con lo que no estamos en absoluto de acuerdo es con que el precio de la crisis les salga gratis a quienes han sido los principales causantes de la misma: especuladores y banqueros. Éstos, que tantas veces se califican de patriotas, no tienen más patria que ellos mismos, se escapan de sus responsabilidades, tienen todos los medios y asesores a su alcance para evadir sus impuestos, en los momentos en que tienen dificultades reclaman ayudas públicas, mientras que, una vez superadas sus pequeñas pérdidas y renovando abusivamente sus multimillonarias ganancias, no se les ocurre compartir ni un céntimo y encima se comportan como aquél del Evangelio al que su señor le perdonó la deuda y, al salir, agarró por el cuello a uno de sus supuestos deudores y le obligó a pagarle hasta el último céntimo metiéndolo incluso en la cárcel. Así son esos quejicas, quienes, a continuación, alardean impúdicamente de sus inmorales ganancias; así son estos plutócratas (plutocracia = gobierno de los muy ricos) que se autoadjudican fuertes subidas de sueldos mientras claman para que los obreros se aprieten el cinturón, o que se autoconceden jubilaciones impresionantes mientras protestan a cada subida del salario mínimo. Al Gobierno de Zapatero hay que criticarle precisamente su timidez frente a los ricos y poderosos. Nos ha anunciado, tras muchas protestas, que va a imponer un nuevo impuesto a los muy ricos (ha dicho que al 0’01% del total de la población), pero que no es todavía el momento (¿cuándo, pues?), dando pie a que gobiernos de Comunidades Autónomas se le hayan adelantado, además de que otros países ya lo han hecho, lo cual significa que no es imposible intentarlo, que era lo que nos temíamos. Por cierto que el PP, con mala idea y demagógicamente, ha aprovechado esta intención para tratar de confundirnos y ha empezado a quejarse contra la subida de impuestos, como si esta medida afectara a todos en lugar de tan sólo a sus amigos los riquísimos: calumnia, que algo queda.

 

Tampoco parece muy claro el papel de los sindicatos, tan necesarios en una sociedad capitalista. Se han sentido muy cómodos mientras el Gobierno ha repartido dinero, como por ejemplo el cheque-bebé o los euros regalados a todos los ciudadanos sin discriminación de rentas. Pero en cuanto se ha hablado de recortes, no a los parados, no a los que no tienen trabajo, sino a los que lo tienen, como los funcionarios, han puesto el grito en el cielo, lo cual puede dar la razón a quienes piensan que defienden más a los que tienen puesto de trabajo que a los que no lo tienen. Y están dándole vueltas a lo de la huelga general, aunque parece que sin mucho convencimiento, faltándoles imaginación para otras medidas menos gravosas para el conjunto y siendo incapaces de forzar acuerdos sobre los contratos laborales con los empresarios, pese a que llevan muchísimo tiempo en reuniones y el Gobierno esperando para no tener que imponer nada que no quieran las partes. Además hay una pregunta importante: ¿por qué no se unen a nivel europeo e incluso mundial, cuando se trata de una crisis global, o es que los intereses de los trabajadores de los diversos países son tan divergentes? Con todo ello, los empresarios se frotan las manos y los sindicatos pueden acabar más derrotados que sus colegas británicos cuando se enfrentaron a Margaret Thatcher.

 

Por último, resulta muy preocupante que Zapatero haya querido mantener los logros sociales, como ha repetidamente afirmado durante los años de la crisis, pero que al final no haya podido y se haya tenido que plegar ante los ricos y poderosos multinacionales. No es sólo su fracaso sino el de todos cuantos deseamos tener unos Gobiernos democráticos y fuertes que pongan firmes a los dueños del dinero. Estamos dominados por unos cuantos multimillonarios sin escrúpulos a los que sólo interesa su negocio. Y mientras tanto, en lugar de tener bien identificados a éstos, auténticos gángsters causantes de nuestros males, nos dedicamos a pelearnos entre nosotros, a ponernos verdes y a quejarnos de nuestras pequeñeces. Porque me parece muy bien que se quejen los parados, los que se han quedado en la calle y con un horizonte muy pero que muy negro, sobre todo para los que ya han cumplido unos cuantos años. Pero que se quejen funcionarios que, por ejemplo, cobran dos, tres o más veces lo que yo cobro (y cobro 800 euros) me produce auténtica indignación. Que hay jubilaciones muy poderosas, ¿eh?, que no todas son de mera subsistencia (a las mínimas no se las va a tocar) y funcionarios que ganan a manos llenas (simultáneamente en lo público y en lo privado, muchas veces en dinero negro). Aunque demos algo cuando hay una catástrofe en un país lejano, en cuanto nos tocan el bolsillo un poquito, reaccionamos como histéricos. Hay mucho fariseísmo en todo esto. Vivimos en una sociedad llamada de “dos tercios” porque sólo una tercera parte lo pasa realmente mal, mientras que nosotros, incluido yo con mi bajo sueldo, formamos parte de esos dos tercios que no tenemos mayores problemas y nos quejamos muchas veces de vicio. ¿Por qué no intentamos situarnos en el lugar de los más pobres (p.e. desde los pobres africanos, vecinos nuestros), ver nuestra situación desde ellos, comparar nuestros ingresos con los de ellos, en lugar de estar siempre lamentándonos porque hay otros que ganan más que nosotros?

 

Ojalá esta crisis sirva para replantearnos en serio el tipo de sociedad que entre todos mantenemos, el consumo loco al que tantas veces nos entregamos, la insolidaridad que nos carcome (ande yo caliente…), nuestro echar balones fuera y no querer asumir responsabilidades ante lo que está pasando, en lugar de echarle todas las culpas facilonamente a un chivo expiatorio. Ojalá nuestros obispos y teólogos, nuestras parroquias y comunidades de cristianos, dediquen sus esfuerzos a aportar ideas evangélicas para salir de la crisis, en lugar de dedicarse tantas veces a defender intereses no siempre muy evangélicos o a preocuparse por el sexo de los ángeles. Que los muy ricos siguen haciendo sus grandísimos negocios y riéndose a nuestra costa.

 

Pepe Nerín

3.6.2010