¿Y si nos
quedamos sin sacerdotes?
J. Mª. Castillo, Religión Digital
23.01.11
La semana pasada escribí en este blog una entrada en la que
recordé cómo la Iglesia
del primer milenio tuvo un concepto de la vocación sacerdotal muy distinto del
que tenemos ahora. Hoy se piensa que la vocación es la “llamada de Dios” para que
un cristiano, con la aprobación del obispo, pueda ser ordenado sacerdote. En
los primeros diez siglos de la
Iglesia, se pensaba que la vocación es la “llamada de la
comunidad” para que un cristiano fuese ordenado sacerdote. Pero ocurre que, en
este momento, la escasez de vocaciones es un hecho tan notable que hasta los
políticos cristianodemócratas de Alemania han hecho pública una carta en la que
piden al episcopado que puedan ser ordenados de sacerdotes hombres casados.
Hasta los hombres de la política andan preocupados de lo mal que van las cosas
en la Iglesia,
entre otros motivos, por la alarmante falta de sacerdotes para atender las
necesidades espirituales de los católicos.
Así están las cosas en este momento. Los obispos - ya lo han dicho los alemanes
- no están dispuestos a suprimir la ley del celibato. Y menos aún estarían
dispuestos a tomar decisiones más radicales en cuanto se refiere al clero,
especialmente por lo que respecta a la necesidad de que en la Iglesia haya sacerdotes
para administrar los sacramentos. Yo no sé si los obispos van a ceder en este
delicado asunto. Y si ceden, cuándo lo harán. Sea lo que sea de todo esto, me
parece que ha llegado el momento de afrontar esta pregunta: ¿y si llega el día
en que nos quedemos prácticamente sin sacerdotes? ¿sería
eso el derrumbe total de la
Iglesia?
El cristianismo tiene su origen en Jesús de Nazaret. Pero Jesús no fue
sacerdote. Jesús fue un laico, que vivió y enseñó su mensaje como laico. Jesús
reunió un grupo de discípulos y nombró doce apóstoles. Pero aquel grupo estaba
compuesto por hombres y mujeres que iban con él de pueblo en pueblo (Lc 8, 1-3; Mc 15, 40-41). La
muerte de Jesús en la cruz no fue un ritual religioso, sino la ejecución civil
de un subversivo. Por eso la carta a los hebreos dice que Cristo fue sacerdote.
Pero este escrito es el más radicalmente laico de todo el Nuevo Testamento.
Porque el sacerdocio de Cristo no fue “ritual”, sino “existencial”. Es decir,
lo que Cristo ofreció, no fue un rito ceremonial en un templo, sino su
existencia entera, en el trabajo, en la vida con los demás y sobre todo en la
horrible muerte que sufrió. Para los cristianos, no hay más sacerdocio que el
de Cristo, que consiste en que cada uno viva para los demás. Ni más ni menos
que eso. El sacerdocio cristiano, tal como se vive en la Iglesia, no tiene
fundamento bíblico ninguno. Por eso en la Iglesia no tiene que haber hombres “consagrados”.
Lo que tiene que haber es hombres y mujeres “ejemplares”. El “sacerdocio santo”
y el “sacerdocio real” del que habla la 1ª carta de Pedro (1, 5. 9) es una mera
denominación “espiritual” de todos los cristianos.
Además, en todo el Nuevo Testamento jamás se habla de “sacerdotes” en la Iglesia. Es más, está
bien demostrado que los autores del Nuevo Testamento, desde san Pablo hasta el
Apocalipsis, evitan cuidadosamente aplicar la palabra o el concepto de
“sacerdote” a los que presidían en las comunidades que se iban formando. Esta
situación se mantuvo hasta el siglo III. O sea, la Iglesia vivió durante casi
doscientos años sin sacerdotes. La comunidad celebraba la eucaristía, pero
nunca se dice que la presidiera un “sacerdote”. En las comunidades cristianas
había responsables o encargados de diversas tareas, pero no se les consideraba
hombres “sagrados” o “consagrados”. En el s. III, Tertuliano informa de que
cualquier cristiano presidía la eucaristía (“De exhort.
cast. VII, 3).
¿Qué pasaría si se acabaran los sacerdotes en la Iglesia? Simplemente que la Iglesia recuperaría, en la
práctica, el modelo original que Jesús quiso. Lo que pasaría, por tanto, es que
la Iglesia
sería más auténtica. Una Iglesia más presente en el pueblo y entre los
ciudadanos. Una Iglesia sin clero, sin funcionarios, sin dignidades que dividen
y separan. Sólo así retomaríamos el camino que siguió el movimiento de Jesús:
un movimiento profético, carismático, secular. El clericalismo, los hombres
sagrados y los consagrados han alejado a la Iglesia del Evangelio y del pueblo. Así lo ve y
lo dice la gente. La Iglesia
se pensó que, teniendo un clero abundante y con prestigio, sería una Iglesia
fuerte, con influencia en la cultura y en la sociedad. Pero a los hechos me
remito. Ese modelo de Iglesia se está agotando. No podemos ignorar todo el bien
que los sacerdotes y los religiosos han hecho. Y el que siguen haciendo. Pero
tampoco podemos olvidar los escándalos y violencias que en la Iglesia se han vivido y de
los que el clero, en gran medida, ha sido responsable.
Pero lo peor no es nada de eso. Lo más negativo, que ha dado de sí el modelo
clerical de la Iglesia,
es que quienes han tenido el “poder sagrado”, se han erigido en los
responsables y, de las “comunidades de creyentes”, han hecho “súbditos
obedientes”. La Iglesia
se ha partido, se ha dividido, unos pocos mandando y los demás obedeciendo. En la Iglesia debe haber, como
en toda institución humana, personas encargadas de la gestión de los asuntos,
de la coordinación, de la enseñanza del mensaje de Jesús... Pero, una de dos: o
Jesús vivió equivocado o los que andamos equivocados somos nosotros.
Por supuesto, el final del clero no se puede improvisar. Probablemente el
cambio se va a producir, no por decisiones que vengan de Roma, sino porque la
vida y el giro que ha tomado la historia nos van a llevar a eso: a una Iglesia
compuesta por comunidades de fieles, conscientes de su responsabilidad, unidos
a sus obispos (presididos por el obispo de Roma), respetando los diversos
pueblos, naciones y culturas. Y preocupados sobre todo por hacer visible y
patente la memoria de Jesús. Ya son muchas las comunidades que, por todo el
mundo, a falta de clérigos, son los laicos los que celebran ellos solos la
eucaristía. Porque son muchos los cristianos que están persuadidos de que la
celebración de la eucaristía no es un privilegio de los sacerdotes, sino un
derecho de la comunidad. El proceso está en marcha. Y mi convicción es que
nadie lo va a detener. Termino afirmando que, si digo estas cosas, no es porque
me importe poco la Iglesia
o porque no la quiera ver ni en pintura. Todo lo contrario. Precisamente porque
le debo tanto y me importa tanto, por eso, lo que más deseo es que sea fiel a
Jesús y al Evangelio